Ciertos conservadores confunden eso que les gusta, prefieren o consideran bueno, con aquello que la ley debe autorizar. Algunos van más allá y consideran que sus preferencias debieran ser obligatorias. Creen saber mejor que todo el resto lo que es virtuoso y conveniente para cada cual. Para alcanzar la verdadera felicidad –que solo ellos saben en que consiste- es mejor sacar del menú de opciones posibles algunas alternativas que generan confusión. En sus cabezas, si una cosa es permitida, el mensaje es que se trata de algo deseable. No soportan la idea de que otro pueda escoger para sí lo que para ellos resulta abominable. Monseñor Emilio Tagle Covarrubias, por ejemplo, intentó prohibir los bikinis en Viña del Mar mientras fue obispo, pero fracasó. Y Monseñor Medina, su sucesor, no pudiéndosela contra las tangas, consiguió que fueran retiradas todas las publicaciones pornográficas de su diócesis. Mi socio Pablo Dittborn terminó en los tribunales, porque en ese tiempo traía la revista Interview. Conste que este tipo de mentalidades censuradoras han existido tanto en la derecha como en la izquierda. En Cuba, hasta hace pocos años, estaba prohibida la práctica de la religión católica.
A mí no me interesa lo que cada cual haga con su culo. Y si es mayor de edad y quiere casarse con alguien de su mismo sexo, con un animal salvaje o con una planta carnívora, que lo haga. En los últimos dos casos lo único que me complica es saber cómo la bestia o el vegetal podrían manifestar su voluntad sin interferencias. Quizás sea pura ignorancia mía, porque animalistas y veganos parecen haber descubierto el modo. Al menos eso se desprende de la relación emocional que han conseguido establecer con estos seres vivos. Yo viví la experiencia de casarme con una mujer y no se me ocurriría intentarlo con otro sexo u especie, aunque tal vez hubiera sido más apacible decidirme por un crustáceo.
Tema distinto son los niños a quienes por una convicción ideológica –o religiosa, que es casi lo mismo- algunos pretenden impedirles desarrollar sus particularidades. Ahora que su reconocimiento ha sustituido la negación y el estudio científico de sus realidades sicológicas ha reemplazado los prejuicios morales, hemos podido por fin conocer el caso de esos menores transgénero que hasta hace poco vivían escondiendo o sacrificando a costa de sus propias vidas esta condición inconfesable. ¿Cuántos de ellos habrán muerto de impotencia en el camino? “Los niños tienen pene. Las niñas tienen vulva. Que no te engañen” llevaba escrito mientras circulaba por Madrid el Bus de la Libertad que ahora deambula por nuestras calles con otra leyenda, pero con el mismo mensaje. Esos niños a los que hoy podemos verles el rostro sin estigmatizarlos con una vergüenza que les obligue a cubrirlo, saben que no es cierto. Y sus padres también lo saben. Debiera llamarse El Bus de la Ignorancia. Y la ignorancia cuando se impone puede llegar a ser muy cruel.
Pero otra cosa también es la reacción que ha causado en algunos este Bus de la Ignorancia. En lugar de ponerlo en su sitio a punta de menosprecio, algunos han considerado intolerable su presencia, han gritado que no puede soportársele, lo han agarrado a peñascazos, han insultado con pasión desmedida a sus partidarios, y al cabo de un par de jornadas en que lo trataron como si fuera un tanque bombardeando homosexuales, le dieron una presencia que no se merecía. Pero esto no es todo. Más allá del error táctico, sus antagonistas mostraron una intolerancia para nada admirable. Una estridencia más vanidosa que convincente, que parecía buscar el realce de sus combatientes por sobre la derrota del enemigo. Nada nuevo en el Chile que estamos viviendo, donde el volumen de los juicios ha reemplazado su hondura y la altisonancia de una causa parece darle más valor que la imperturbable convicción.