La izquierda en la que algunos creemos, no tiene las cosas claras. Entiende que la verdad se halla dispersa y que ningún arrogante puede obligar a otro a vivir como él prefiere. Por el contrario, intenta proveer las condiciones para que cada cual pueda elegir entre la mayor cantidad posible de alternativas existenciales. Esa izquierda cree en la palabra “democracia” más que en un sistema socioeconómico determinado. “Democracia”, en su sentido profundo, implica el reconocimiento cabal de todos los miembros de una comunidad a la hora de determinar su destino común. Por eso entiende que antes de llevar a cabo cualquier proyecto debe convertirse en mayoría, y sacrificar el “todo o nada” con tal de dar pasos significativos en la construcción de un mundo gobernado por la política y no por el
dinero. Prefiere una comunidad de ciudadanos a una de consumidores, y debe estar muy atenta al otro, si no quiere replicar la lógica patronal que combate. La arrogancia, la soberbia y el paternalismo son tan enemigos suyos como la concentración de la riqueza y el poder, porque si se opone a la concentración de la riqueza y del poder, es para evitar que reinen la arrogancia, la soberbia y el paternalismo. La tarea de esa izquierda es recordar que no vivimos solos, que somos individuo y comunidad. Que formamos parte de un ecosistema en el que no sobra nadie.
¿Cuál es el reto, entonces, de la nueva izquierda? En primer lugar, mirar de frente los fracasos de la vieja. Levantar la cabeza y condenar sus vicios autoritarios. Aceptar que el socialismo no es una alternativa en el mundo capitalista globalizado en que vivimos. Derrumbada la Unión Soviética –cuya órbita abarcó más de medio mundo- perdió todo sustento real, al menos hasta nuevo aviso. Cada cual sabrá si esto le gusta más o menos, pero negarlo es una apuesta aterradoramente voluntarista que arriesga con condenar a la miseria precisamente a quienes la izquierda aspira redimir. Esta izquierda se reconoce inmersa en el capitalismo, pero no lo adora, porque lo suyo no es fascinarse con la riqueza, sino con la humanidad.“Es sentido del momento histórico”, como dijo Fidel, el hacendado de Birán, antes de volverse reaccionario. Es ser “absolutamente moderno”, en palabras de Rimbaud. Asumir que ya no son las huestes obreras para quien y con quien ella trabaja, sino principalmente unas clases medias que exigen ser respetadas en su complejidad y diversidad. La nueva izquierda no tiene que ser nostálgica y debiera renunciar a sus símbolos folclóricos del pasado si aspira en serio a reinventarse. Y ser de izquierda, al menos como yo lo entiendo, es atreverse a reinventarse todo el tiempo. Mirar la historia sin intereses creados. Sobreponer a toda respuesta una nueva pregunta. Encontrar un dios irrepetible en cada una de las criaturas, y si una criatura se pretende más dios que las demás, patearle las canillas hasta ponerla a la misma altura. “Prefiero comer un pan de pie, que una gallina arrodillado”, dijo un día el compañero Allende.
No sé cómo se puede ser hoy de izquierda sin entender que vivimos la transformación tecnológica más grande de la historia humana, al menos en el ambito de las comunicaciones, y que no ponerle atención a ese dato arriesga pasar por alto las nuevas estructuras de relaciones que ello está generando. Nunca el que tiene menos había tenido acceso a una información tan parecida a la del que tiene más. Si antes el dueño del campo viajaba a escuchar óperas en Europa mientras el inquilino sólo podía oír el ruido de las piedras en la acequia, hoy ambos tienen el mismo teléfono celular, con todos los conciertos, libros, películas y ridiculeces del planeta. Se han abultado las riquezas, han disminuido las pobrezas, y ya no es necesariamente para subsanar el hambre que sigue teniendo sentido la izquierda. En Chile, al menos, no es el hambre su problema. Lo que no significa, por cierto, que la existencia de un solo hambriento la conmueva más que todo lo demás, pero resulta que en las calles ya nadie grita “¡pan, trabajo, justicia y libertad!”.
¿Cuál es su sentido, entonces? Relevar el interés de las mayorías por sobre los privilegios heredados. Representar a aquellos que otros miran en menos. Desarticular cualquier lógica que encapsule el poder. Abrir diálogos amplios en los que todas las voces tengan su lugar. ¿Si aspira a una igualdad de derechos, cómo podría no fascinarse con la diversidad? A esta izquierda no le interesa el hombre nuevo ni la revolución. No habita el mundo como si fuera una tragedia. No lo quiere refundar. Atrás busca la experiencia y adelante los brios. No se siente mejor ni peor que nadie, y por eso le interesa conversar con todos. Está atenta a lo avanzado para plantearse nuevas metas sin arriesgar lo conseguido. Y allí donde encuentra abusos –así el abusador se haga llamar de izquierda- están sus enemigos.