¿Qué se siente ser un intelectual conservador en un país donde ser conservador se ha vuelto sinónimo de decir disparates contra el aborto o la “dictadura gay”?
–Yo entiendo que es inevitable ordenar a la gente en ciertos mapas conceptuales, pero el adjetivo “conservador” a mí no me dice mucho de lo que pienso. Hay muchas cosas que me interesa más cambiar que conservar, y tampoco tengo nostalgia de algún mundo anterior que haya sido maravilloso. Ahora, para no eludir tu pregunta, es verdad que algunas personas han defendido posiciones que yo suscribo con argumentos a veces delirantes. Pero creo que eso ha sido parte de la histeria general que ha copado ciertos debates, y no he visto que los conservadores tengan ahí el monopolio de los malos argumentos.

¿Crees que en el Congreso hubo argumentos tan burdos a favor del proyecto de aborto como los que hubo en contra?
–Yo escuché argumentos poco sofisticados de lado y lado, sí.

¿Quién podría ser el símil del diputado Urrutia en el otro lado?
–Alguna vez Girardi dijo que un feto no es más que una fusión de proteínas y ADN. Es realmente absurdo, porque tú y yo también somos eso, igual que el feto. La discusión es desde cuándo ese ser biológico adquiere dignidad de persona.

Borges, una vez que lo estaban atacando por definirse conservador, dijo “tranquilos, conservador quiere decir escéptico nomás”. ¿Tu parte de conservador es puro escepticismo o crees en algo más?
–Tiene dos patas la respuesta. Efectivamente, yo rescato ese escepticismo que afirma algo parecido a lo que te diría Montaigne: “Mire, cuando usted abre la llave de su ducha en la mañana, sale agua caliente. Que toda la sociedad se ordene para que eso sea posible, tiene algo de milagroso: no toque mucho el mecanismo, es muy probable que salga perdiendo”. Ese escepticismo me parece un buen punto de partida, pero sólo hasta que deriva en el conformismo de decir “mejor no toquemos nada”. Y para no quedarnos en la teoría, creo que algo de eso ocurrió en el Chile de la transición. Mucha gente se sintió cómoda con lo que había y se hizo poco por mejorarlo. Y a causa de ese aburguesamiento, por llamarlo así, hubo injusticias flagrantes que no se tocaron ni se miraron.

¿Por ejemplo?
–El sistema de Isapres, que tiene problemas de justicia evidentes, ¡pero evidentes! Tú puedes estar a favor de la salud privada, pero no puedes defender que las mujeres carguen con todo el costo de la maternidad. ¿Y en 35 años a nadie se le ocurrió revisar eso? Ahí hubo mucho conformismo. Y esto a causa de una idea peregrina y equivocada, creo yo, de que el crecimiento económico resuelve por sí solo las tensiones sociales. Pero resulta que el crecimiento produjo nuevas tensiones que no se enfrentan con puro crecimiento, y ahí el arsenal intelectual de la política chilena se quedó muy, muy dormido. Por eso la situación que surge el año 2011 pilló a muchos sectores sin categorías intelectuales para enfrentarla. Como que no la entienden, nomás. Yo creo que hay muchos problemas que simplemente no ven.

¿Y por dónde crees que debería partir el trabajo intelectual que no han hecho?
–Por tratar de tener un buen diagnóstico sobre las tensiones que la modernización produjo en Chile, porque ese es el punto donde no tenemos acuerdo. Hay distintas visiones, algunas más bien complacientes, como la de Carlos Peña: “Mire, no se estrese, Chile se modernizó, lea a Weber, esto pasa en todo el mundo”. Y no lo digo en tono peyorativo, creo que la formulación de Peña es muy sofisticada. Y está la crítica radical de izquierda a las injusticias de este nuevo capitalismo, aunque con una nostalgia un poco absurda del Chile precapitalista, el mismo que la izquierda quiso partir en dos porque era tan injusto que se necesitaba una revolución. Pero yo sí comparto que la modernización produjo en Chile grados muy elevados de individualización, que generan problemas políticos y de cohesión social más o menos graves.

Pero eso es lo que la izquierda le contesta a Peña. ¿Cómo se le contesta desde la derecha?
–Se le contesta que ese proceso de modernización que él mira como algo tan inevitable, como un movimiento irresistible frente al cual es vano hacer cualquier cosa –Peña en ese sentido es un progresista puro–, no es totalmente ingobernable, y que ha traído consigo costos sociales y pérdidas culturales que debemos tener en cuenta a la hora de gobernarlo. Pero con esto no me refiero a un crecimiento del Estado, que sería la respuesta de la izquierda, o a un “régimen de lo público”, que para mí es una estatización encubierta, sino a una recuperación de los tejidos sociales originales. Creo que muchos problemas de Chile pasan por ahí. Por ejemplo, el libro de Rodrigo Fluxá sobre Daniel Zamudio y sus asesinos me parece extraordinario, porque muestra la vida de cinco personas que vivían en una marginalidad brutal, sin ningún acceso a educación de calidad, bombardeados por la publicidad de bienes a los que nunca podrían acceder, con cuadros familiares muy disfuncionales. Y como el Estado suele ser muy torpe para hacerse cargo de eso –los cinco, creo, pasaron por organismos estatales–, creo que integrar a esas personas pasa por recuperar tejidos sociales. Y esto te obliga a hacerte preguntas incluso sobre el sistema económico, un poco heterodoxas desde el sector al que pertenezco.

¿Qué tipo de preguntas?
–Si los malls abren todos los domingos de 10 a 10, significa que muchas mujeres que tienen hijos están dedicando su escaso tiempo familiar a atendernos a nosotros porque queremos comprar zapatos el domingo. ¿Somos conscientes del precio que pueden estar pagando esos niños por nuestra comodidad? Creo que nos hemos resistido a conectar esas realidades.

Cuando dices “tejidos originales”, te refieres a la familia.
–A los espacios de sociabilidad humana, donde nos encontramos con otros y nos integramos en comunidades. El más importante es la familia, pero no el único. Lo que pasa es que uno dice “familia” y la gente piensa “ah, este tipo quiere restablecer la familia patriarcal”. ¡Si las familias en Chile han sido monoparentales desde la Colonia! La mamá sola, o cuyo marido aparece y desaparece, es una historia muy vieja, ¿no? Bueno, ¿estamos preocupados de esa mamá que pasa cuatro horas al día en el Transantiago, que llega raja a su casa, que no tiene acceso a una salud digna, que trabaja los domingos y su día libre es el martes, cuando el niño va al colegio? Yo siento que eso lo tenemos tan perdido de vista…

¿Y qué otros tejidos sociales crees que deberíamos recuperar?
–Aquí entra todo el cuento de la ciudad, ¿no? Cómo se construyen los barrios, las áreas verdes, los espacios públicos. Yo crecí en un barrio –en Viña– con muchos lugares de encuentro, en la plaza, en el almacén, y creo que la pérdida de esos espacios tiene efectos súper pesados. Cuando el Líder reemplaza al almacén, hay algo que se pierde. Hay gente que te dice “ándate a vivir a San Vicente de Tagua Tagua, entonces”. No, yo no pido que volvamos al almacén, pero sí que seamos conscientes de que ahí se perdió algo, para ver cómo lo compensamos.

Si hay un sector poco receptivo a ese discurso, es la derecha.
–Es que la derecha de los últimos treinta años creyó que el progreso económico era una panacea total, y eso le impidió ver los problemas que las categorías económicas no podían ver. Bueno, Aron decía que Hayek era algo así como un marxista invertido…

Pero no es sólo un problema ideológico, es la forma de vida que han elegido. La clase dirigente de la derecha es la que vive en barrios donde no te cruzas con nadie.
–Sí, yo creo que ese es un problema de nuestras clases altas, que se han retirado de los espacios públicos y al parecer han perdido la conciencia de que la integración social es necesaria. No es casualidad que la élite entienda cada vez menos a la sociedad que pretende gobernar.

Pero incluso sus propios barrios, donde sólo viven ellos, están hechos para que no haya gente caminando por la calle.
–Efectivamente. Yo no sé si es una cosa ideológica o funcional, pero lo constato y es una cosa extraña. O sea, muy cerca de aquí [San Carlos de Apoquindo] hay barrios que no tienen veredas, o cuyas veredas sólo están hechas para que se estacionen los autos.

Sebastián Edwards cuenta que habló de esta segregación excesiva en un seminario de Libertad y Desarrollo, pero nadie lo pescó. Y que la Lucía Santa Cruz lo retó, le dijo que eso era la libertad del mercado operando.
–Claro, como si vivir completamente segregados no tuviera efectos políticos. Cuando tú eres inconsciente de eso, tienes un problema, porque ese sentimiento de que la élite vive en otro país genera una tensión brutal.

Aunque también es triste que la única manera de sensibilizar a la derecha sobre esto sea con la amenaza de un estallido social.
–Es medio terrible, estoy de acuerdo, porque supone que ese sector sólo actúa por miedo a que la horda se le venga encima. El orden de la hacienda tenía muchos defectos y bien muerto está, pero uno podría decir que al patrón de la hacienda le importaban más los de abajo que a las élites actuales, porque al menos sentía que tenía deberes respecto del cuerpo social. Los podía cumplir o no, pero asumía que estar arriba le significaba una cierta responsabilidad sobre lo que pasaba abajo. Y creo que de tanto insistir en la idea del mérito individual, las élites chilenas no sólo se han distanciado, sino que se han desvinculado moralmente del resto de la comunidad. Las fortunas antiguas hacían filantropía con la ciudad, eso ya es muy raro de ver. Porque si es mérito, yo me lo gané, no le debo nada a la sociedad. Y sabemos que eso no es cierto, no es sólo mérito. Esa idea te lleva a un individualismo que a mí me parece francamente peligroso. O sea, muy equivocado filosóficamente y muy peligroso políticamente.

No crees entonces que a la derecha le nazca de adentro querer solucionar estos problemas sociales, más allá de verse obligada por motivos políticos o electorales.
–Soy muy escéptico respecto de esa idea. Hay excepciones, pero creo que en general predomina un discurso más bien simplista, u oportunista, electoralista, antes que una preocupación genuina por estas cosas. Aunque te insisto: no creo que la derecha tenga mala fe, sino que por los lentes con que ha mirado la realidad en los últimos 30, casi 40 años, hay problemas sociales del Chile actual que, simplemente, todavía no entiende.

¿No será que le cuesta mirar al pueblo porque todavía le tiene ese miedo portaliano a la bestia indomable?
–Sería muy absurdo, porque esas fórmulas portalianas ya no tienen cabida. Si quiere gobernar hoy, tiene que lograr conocerlo, para plantearle una oferta política un poco más sofisticada que hace ocho años. Piñera llegó al gobierno y dijo “ya, excelencia, 24/7, cuidar el gasto fiscal”. Pero llegó el 2011 y para eso nadie tenía respuesta, ¡porque nadie se había hecho la pregunta! Y si ahora vuelve a ganar, ¿qué va a pasar en mayo de 2018, cuando los estudiantes o los No+AFP salgan a la calle? ¿Les vamos a ofrecer un GANE de nuevo, o va a haber un discurso que le permita a la derecha proyectarse en el tiempo?

Hasta ahora no han dicho nada que permita imaginar una respuesta muy distinta.
–Yo estoy preocupado de lo que pueda pasar… Hay conciencia de que algo falló, porque si no sería de locos, pero no se ha ido mucho más allá para entender en qué fallamos y cómo podríamos hacerlo para no fallar de nuevo. Como que tienen un primer peldañito, pero faltan como ocho más, digamos.

A propósito de esto, en algún foro hablaste sobre un almuerzo que tuviste con empresarios después de las municipales.
–Sí… Ellos desbordaban optimismo porque asumían que esa derrota electoral de la Nueva Mayoría equivalía a un triunfo cultural y político de la derecha. Y claro, yo sentí que desfallecía. Hoy la izquierda anda políticamente mal, pero no estoy seguro de que culturalmente ande mal. Y por supuesto, la derecha siempre mira en menos los planos culturales.

Y cuando militabas en la UDI, ¿tenían cabida estos debates sobre la cuestión social?
–Cuando los quisimos tener, no. O en espacios muy limitados. La UDI es un partido muy disciplinado y que forma cuadros políticos, lo que en Chile hoy día es un gran mérito. Pero es un partido con una doctrina anquilosada.

¿Por qué?
–Porque tiene un fundador que ocupa un lugar tan, tan relevante, que en el fondo lo que dijo Jaime es el dogma. Y como lo que dijo Jaime tampoco es muy claro, sino una especie de tradición oral, ahí uno quedaba enredado en una cosa medio gelatinosa. Ahora, yo no me fui de la UDI sólo por eso. Me fui también porque la UDI cambió a partir del lavinismo y porque decidí dedicarme a la vida académica.

Gonzalo Rojas se quejó de que en “Nos fuimos quedando en silencio” sometiste a Jaime a un reduccionismo inexcusable. ¿Para ti Guzmán es un referente a superar o tomas cosas de él?
–Yo considero que Jaime Guzmán fue un político excepcional, con visos de genialidad, pero filosóficamente débil. Teniendo muchos enemigos dentro de la dictadura, él supo establecer alianzas –con ciertos grupos militares, grupos conservadores y tecnócratas economistas– y articular un mono político que convenció a Pinochet. En eso fue brillante. Pero mi desacuerdo con Gonzalo y con la gente que sigue a Guzmán es que esa articulación del año 78 no puede seguir siendo la de 2017. O sea, es delirante, ¿no? Y en el plano intelectual, mi opinión es que ese mono está pegado con alambritos, de una manera realmente artesanal. No veo ahí una filosofía política. Y me parece absurdo seguir pensando que algo tiene sustento filosófico porque Jaime Guzmán lo dijo alguna vez, sabiendo que él fue corporativista, después fue prosindicalista –tiene unos textos casi socialistas durante la UP, cuando los gremios estaban botando al gobierno–, se convirtió en liberal económico, fue Fiducia en su juventud, a veces creyó en la democracia y otras veces casi nada… o sea, las tuvo todas. Entonces, ¿a qué Guzmán sigue usted?

IZQUIERDA INDIVIDUALISTA

Hasta aquí vas a caerle muy bien al lector de izquierda, pero tu crítica al individualismo también es lapidaria con los discursos de la diversidad que la izquierda ha hecho suyos.
–Lapidaria no, pero sí me deja perplejo que buena parte de la izquierda haya asumido un discurso tan individualista. Porque la exaltación total de la diversidad y del deseo individual, sin tomar en cuenta consideraciones sociales, es mucho más funcional al imaginario neoliberal que al sueño de la emancipación colectiva. Yo creo que esas confusiones tienen su origen intelectual en Foucault, o en cierto Foucault. En su texto sobre biopolítica, por ejemplo, él rescata la emancipación individual respecto de los órdenes sociales que ve en el neoliberalismo.

¿Mayo del 68 te parece un exceso de individualismo, por ejemplo?
–También es otras cosas, pero sí, me parece una explosión de individualismo hedonista. Kundera decía que la Primavera de Praga fue una revolución de verdad, porque había sentido de la realidad, pero que Mayo del 68 fue una revuelta de líricos buena onda que terminaron siendo funcionales al sistema. Porque aspirar a satisfacer nuestros deseos de manera inmediata, emanciparnos de toda mediación, es el ethos del mercado. “¡Quiero mi cuarto de libra con queso ahora!”, ¿te acuerdas de ese video?

Sí.
–En ese sentido, creo que el mercado ha hecho cuajar un ethos mal preparado para las frustraciones de la política, donde yo nunca voy a obtener todo lo que quiero ni con la rapidez que quiero.

Pero las libertades individuales de Mayo del 68, ¿no nacieron justamente de esa política que igualó la autoridad de los individuos?
–Sí, es la muerte de las viejas jerarquías, y por buenas razones. Pero si vamos a reemplazar esas jerarquías por un individualismo más o menos hedonista, yo quedo un poco insatisfecho.

¿En qué casos los discursos de la diversidad podrían entrar en contradicción con los proyectos colectivos?
–Por ejemplo, cuando en las discusiones de género se argumenta que en la definición de mi identidad sólo puede valer lo que yo sienta, obviando toda realidad social o política. Creo que las discusiones intelectuales del futuro, de izquierda como de derecha, van a pasar por ahí: si creemos que el hombre debe liberarse de todas las ataduras que le impone la realidad, o la naturaleza, o la política, o si creemos que la libertad humana se juega en una dialéctica con esos condicionamientos y determinaciones, y que por lo tanto también hay dones que simplemente recibimos.

Pero ahí estás mezclando los límites que impone la vida en comunidad con conceptos como “naturaleza” o “dones”. Detrasito viene Dios…
–No, yo no he nombrado a Dios. Con esos conceptos quiero decir que hay cosas que no elegimos, sino que las recibimos. El concepto de don, por ejemplo, lo trabaja mucho Marcel Mauss, un antropólogo al que la izquierda debería leer. Yo no elegí a mis papás, no elegí donde nací, si soy feo o lindo, hay infinitas cosas que no elegí. Y creo que mi libertad no se juega en una liberación total respecto de eso. Lo mismo vale para las instituciones, y aquí volvemos a Foucault con su filosofía de la sospecha: el discurso de que las instituciones son intrínsecamente opresivas, y que en toda relación social hay una opresión oculta. Bueno, puede ser, pero en las relaciones sociales también hay una liberación. ¡No son puras ataduras, eso no es verdad! El problema de toda esa cháchara es que nos ha quitado la capacidad de aceptar una cuestión elemental: que toda institución humana tiene una cuota de ambigüedad. El caso más patente es la familia, que puede ser de una opresión brutal, pero también es imprescindible para que la individualidad se despliegue.

Lo que me confunde de tus argumentos es que vas eligiendo a discreción cuándo la cultura debe atenerse a la naturaleza, como en el caso de la identidad de género, y cuándo tiene permiso para dominarla con sus instituciones.
–Entiendo el punto, pero ahí te tengo que latear con una respuesta filosófica. El concepto de naturaleza que tenemos usualmente en la cabeza es el rousseauniano: la naturaleza es lo que está ahí dado, lo que emerge espontáneamente, ¿no? Pero yo adhiero a un concepto de naturaleza más griego que moderno, por decirlo así: que lo natural es lo que permite el mejor despliegue de lo humano. Aristóteles te diría que tu casa es “natural” porque se adapta a las exigencias de tu humanidad: hay una cama para dormir, un baño, etc. Es una concepción teleológica: la naturaleza responde a finalidades. O sea, ¿cuál es la naturaleza de la semilla de la chirimoya? Para Rousseau, su contenido material. Para Aristóteles, transformarse en un chirimoyo. Pero claro, el hombre es harto más complicado que el chirimoyo, porque somos libres, y por lo tanto la cultura es una mediación inevitable de la naturaleza. Y tú dices que a veces yo niego esa mediación, “si tu cuerpo es ese, eso te tienes que bancar”. Lo que yo creo es que una correcta mediación cultural tiene que asumir ese dato natural y actuar no en ruptura, sino en continuidad con él.

Tu idea es que en nuestra naturaleza hay un objetivo predeterminado.
–Mi idea es que hay plenitudes humanas –diversas, no un modelo único– a las que nosotros deberíamos aspirar.

¿Y una de esas plenitudes podría ser la de un hedonista pacífico y civilizado?
–Sería muy interesante discutirlo. Pero para decirlo en corto, me parece una plenitud amputada. Amputada de la dimensión espiritual de lo humano.

RANKING DELIRANTE

¿Por qué te opones al matrimonio homosexual?
–Porque me parece que el matrimonio es una institución que la sociedad reconoce y busca proteger como espacio para recibir a sus nuevos integrantes. Obviamente el matrimonio también es afecto, reducirlo sólo a la procreación sería absurdo; pero si lo desconectamos de ella completamente, ya no se explica por qué la ley habría de ponerle tanta atención, ni por qué habría de conservar, por ejemplo, un carácter exclusivamente dual. Entonces, si se quiere reformular la institución, habría que partir por proponer una nueva definición coherente del matrimonio, y hasta ahora no la he escuchado.

¿Qué te pareció que el Movilh te incluyera en su “ranking de la homofobia”?
–No le di mucha importancia. Ahora, ¿me gusta que mis niños me vean ahí? No, no es grato. Por escribir una columna con la cual el Movilh está en desacuerdo, me ponen en un ranking donde en el número uno hay un asesino, un tipo que anda matando a homosexuales en la calle. Me parece delirante, nomás. Pero sí me llama la atención que los medios lo difundan como una noticia taquillera sin hacerse ninguna pregunta. Podrían decir “a ver, acá hay un asesino al lado de un profesor, es como extraño”.

En mayo salió en la prensa una campaña de alumnos gays de la U. de los Andes contra la homofobia de sus compañeros y profesores. ¿Cómo lo viviste desde adentro?
–Es que lamentablemente, lo que salió fue un video con gente a rostro cubierto. Y si la persona no se quiere exponer, no tiene por qué, pero si hubiera casos así uno quisiera que haya denuncias internas –porque hay mecanismos para eso– para atender esos problemas y tomar medidas. Porque después hubo acá una actividad que fue a rostro descubierto, y cuando se les preguntó qué les había pasado, dijeron que no, que en realidad había sido en otros lugares, no en la universidad. Y que a lo mejor, alguna vez, un profesor hizo un comentario, pero todo mucho menos dramático de lo que aparecía en el video, ¿no? Eso fue un poco frustrante, porque creo que la universidad está muy lejos de promover o de ser complaciente con situaciones como las que se estaban denunciando.

También es una de las universidades que más se ha destacado por el empeño de algunos de sus académicos en instalar la noción de “ideología de género”. ¿Para ti es una ideología?
–Yo nunca he hablado de “ideología de género”, hablo de “teorías de género” y en plural, porque entre esas teorías hay muchas gradientes. Pero si bien no uso la palabra “ideología”, sí me permito señalar que son teorías, no verdades demostradas e incuestionables, como de pronto quisieran decretar algunos de sus impulsores. Que nuestra identidad sexual esté desvinculada de nuestro cuerpo es una tesis discutible, no una verdad revelada.

¿Por qué te molesta que algunas personas separen su identidad sexual de su sexualidad biológica?
–No es que eso me moleste, pero creo que la antropología que desvincula ambas dimensiones no se toma en serio la corporalidad humana, como si fuéramos espíritus no encarnados. Hay un libro que se llama “La teoría de género o el mundo soñado de los ángeles”, ¿no? Obviamente, las asignaciones sexuales también son culturales, no se me ocurriría limitarlas a lo biológico. La pregunta es si son sólo culturales. Lo que hablábamos antes: si yo me tengo que emancipar de mi propio cuerpo o buscar mi libertad a partir de lo que mi cuerpo es. Yo no tengo respuestas súper hechas ni claras, en todo caso.

¿Pero por qué emanciparme de mi cuerpo sería desdeñar lo social y lo político? Si mañana me declaro mujer, mi vida social y política puede ser la misma, ¿o no?
–Yo diría que no necesariamente, y ahí la pregunta es si la sexualidad es algo que sólo me compete a mí o si me pone en relación con otro. Cuando en el Registro Civil inscribes a alguien como hombre o mujer, ¿por qué al Estado le interesa registrarte así? Porque esa división sexual tiene efectos sociales, dado que la sociedad entera está fundada en ella. ¿Por qué? Entre otras cosas, porque esa división es lo que permite la generación de nuevos individuos.

¿Desconfías de la idea de que hay niños naturalmente transgéneros, que a los cuatro años descubren que son del género opuesto al biológico?
–Soy muy escéptico respecto de tomar como definitivo, sobre una cuestión tan radical, algo que siente un niño de esa edad. Creo que habría que esperar para ver si eso persiste en el tiempo o si es una confusión pasajera, o una exploración del propio cuerpo, cosa muy natural en la niñez.

SENTIMIENTOS POPULARES

Dijiste en una columna que la nueva moral que defiende la izquierda supone un profundo desprecio por la cultura popular. ¿Por qué?
–Me refiero al discurso más hipster de la izquierda, más cool. Digamos, es raro que Ossandón, el patrón de fundo, el supuesto machista y xenófobo, el de apellido cuico, el de familia de millonarios, tenga más llegada en el pueblo que los dos candidatos del Frente Amplio juntos. Chuta, ahí hay un problema serio, ¿no?

Pero decir “desprecio por lo popular” supone algo más.
–Sí, para allá iba. Yo siento que les molesta una cultura popular que es menos cosmopolita que ellos. Una cultura arraigada a ciertas tradiciones, con algunos resabios de machismo, con temores respecto de la inmigración. Y este problema lo tiene la izquierda en todo el mundo: no le logra hablar al pueblo. ¿Por qué? A mi juicio, porque se vio seducida por un imaginario de desarraigo cultural. Eso la aleja mucho del pueblo que, por definición, no es cosmopolita, y que por algo en muchos países se ha pasado de la izquierda a la extrema derecha.

Y aunque no seas de extrema derecha, ¿te simpatizan esos fenómenos como resistencia al liberalismo cosmopolita?
–No. Lo que me preocupa es que si no hay sectores moderados que se hagan cargo de los sentimientos populares, esos miedos van a tener manifestaciones patológicas, que son las extremas derechas. Entonces me preocupa que nadie quiera asumir, por ejemplo, que la inmigración en Chile es una oportunidad, pero que también mucha gente la ve como una amenaza, con algunas razones infundadas y otras plausibles. Si le imponemos a esa gente el discurso de que la inmigración es maravillosa, dicho desde nuestros barrios, donde el único efecto tangible es que llegan nanas más baratas –ya decía Marx que la inmigración es el ejército de reserva del capitalismo–, veremos surgir un discurso de extrema derecha frente a uno políticamente correcto. Y ese es el peor escenario. Entonces, pensemos cómo hacemos para que la inmigración sea una oportunidad y no produzca miedos ni desequilibrios culturales muy violentos.

¿Y la respuesta sería pedirles visa a los haitianos?
–Es que la primera pregunta es otra: cuántos inmigrantes podemos acoger en condiciones dignas en Chile. ¿Cuántos soportan los servicios de salud y educación? Y una pregunta más dramática, que la conozco de cerca, es la de vivienda. Hay inmigrantes viviendo en condiciones indignas de hacinamiento.

Es complejo plantear esas preguntas…
–Es súper delicado. Pero si no las formulamos, este problema nos va a explotar en la cara, pero así violentamente. Te podría contar historias bien concretas de barrios populares que han cambiado bruscamente y la gente, nos guste o no, se siente invadida. Ojo, yo no soy contrario a la inmigración, la valoro mucho, pero pensemos el problema, lo hemos pensado muy poco.

¿El proyecto que anunció el gobierno te parece tímido?
–No estoy seguro de que se tome en serio estas preguntas. De hecho, el plazo que se dio para discutirlo prueba que no hay voluntad de tener una discusión con alguna altura.

Volviendo a la nueva izquierda, la pelea entre viejos concertacionistas y jóvenes frenteamplistas ha puesto en evidencia que los jóvenes de los 90 fueron casi un eslabón perdido en la política chilena.
–Y es un fenómeno muy, muy extraño. La generación que hoy tiene entre 45 y 60 años nunca tuvo el coraje, o el talento, o las ganas, de pasar a la primera línea. Lagos Weber va para los 60 años, ¡y todavía no puede tener su minuto! Piñera era candidato presidencial el año 92, cuando yo iba en segundo medio. Hoy tengo 39 años, estoy casado, con niños, ¡y sigue siendo Piñera el candidato! ¡Y el otro era Lagos! Porque los demás vienen de los medios, no de la política. ¿Qué pasó con los políticos? No sé si es una generación atrofiada por la transición, que nunca quiso matar a sus padres, o una generación fome, que se fue al mundo privado a ganar plata. Pero ahí hay un problema sociológico. Incluso literariamente, ¿qué novelas hay de la transición? De la dictadura hay pa tirar a la chuña, ¿pero dónde está la novela o el personaje de la transición? Mellado puede tener algo de eso, pero claramente algo está faltando. Te lo voy a decir provocativamente: creo que era súper choro hacer el Clinic, pero ya, ¿y?

¿Qué quieres decir?
–Que ese mundo que cuajó en el Clinic no tuvo correspondencia política. Y no digo que eso sea culpa del Clinic, digo que el Clinic no puede ser el único legado de una generación.

Y pensando en la derecha, ¿te entusiasmó Felipe Kast como proyecto de renovación?
–Con lo que representa Felipe tengo sentimientos muy encontrados. Admiro harto el trabajo que han hecho por fundar un partido y una generación política, además soy cercano a varios de ellos. Pero creo que hasta ahora han centrado su discurso en temas que sólo le importan a la élite.

O sea, no te gustó su defensa del matrimonio homosexual.
–No, ni siquiera pasa por ahí. Él tiene todo su derecho a defender esa posición. Lo que creo es que el volumen que le puso a esos temas le impidió comunicar su lado social. Y si él quiere ser presidente de Chile, y no jefe de un grupo influyente pero pequeño, creo que esa veta es la que tiene que explotar, mucho más que la veta cool que le agrada a Twitter.