Ana Baig nació en Uruguay hace 48 años, creció en Venezuela y llegó hace dos décadas a Vilanova, una pequeña ciudad catalana con chalets blancos a orillas del Mediterráneo. Habla con la misma soltura un castellano cantarín y caribeño, su lengua materna, y un catalán adquirido con la alegría y el esfuerzo del inmigrante que llega a buen puerto.

Nunca estuvo entre los partidarios de la independencia de Cataluña. Pero ahora, como a muchos de sus conciudadanos, consiguieron hartarla.
Durante décadas desde la instauración de la democracia en los setenta el independentismo en Cataluña era cosa de un 15 por ciento de la población, la gran mayoría “catalanes de toda la vida”. En los últimos cinco años, a rebufo de la crisis económica, la falta de atención del gobierno central, la corrupción galopante del Partido Popular y un discurso identitario de un partido hegemónico en Cataluña también sumido en su corrupción y las mismas medidas de ajuste, apelaba al “Madrid nos roba”.

Es cierto, como alegan los defensores de la unidad de España, que desde pequeños a los catalanes les enseñan que son mejores, más cultos y trabajadores que sus vecinos de Andalucía y Extremadura, y al mismo tiempo víctimas del centralismo madrileño. Pero también que hay una identidad propia de allí, y un sentimiento genuino de orgullo herido y una incomprensión y desprecio en muchos rincones de España hacia esta sociedad que siempre fue singular.

En las calles de Barcelona, durante los 18 años que viví allí, me encontraba con gentes que, como rezan las categorías de las encuestas de “opción identitaria”, se sentían sólo catalanes, más catalanes que españoles, de los dos igual, más españoles que catalanes o sólo españoles. Las respuestas estaban muy divididas. Es como si en cada baldosa uno pudiera estar parado en un país distinto según con quien hablaba. Y eso era lo normal, no provocaba violencias ni maltratos. Si había alguna cara fruncida – no más que eso – era a los que tras años de vivir allí se negaban a entender el catalán como el idioma del lugar.

Pero en los últimos años tomaron el poder en España y en Cataluña dos gobiernos que vieron en el choque de trenes su forma cuasi suicida de perpetuarse en el poder. El partido de la burguesía catalana, formado y liderado durante 23 años por Jordi Pujol, hoy investigado junto con toda su familia por corrupción, se alió con los independentistas de siempre (Esquerra Republicana) y con los radicales antisistema de la CUP, en una alianza con un solo punto: llegar a la independencia. Sin sus votos, el actual presidente de la Generalitat (gobierno catalán) Carles Puigdemont no duraría un minuto en el cargo.

Por su parte, el PP de Mariano Rajoy, envuelto en la mayor trama de corrupción de Europa y causante de recortes enormes en salud, educación y ayudas públicas, se mantiene como partido más votado apelando al patriotismo español, como garante de la unidad del reino ante el desafío independentista.
Podrían intentar encontrarse a mitad de camino, negociar, dialogar… pero en el fondo a ninguno de los dos le interesaba. Durante los últimos meses, esto se convirtió en un choque de trenes anunciado: Puigdemont anunciaba que el 1 de octubre habría un referéndum por la independencia, sea aceptado por el gobierno central (o sea, constitucional) o no. Y Rajoy que no habría referéndum porque ellos, con mayoría parlamentaria, no lo aceptaban. Y punto.

Desde 2012, cada 11 de septiembre, el día de la reivindicación nacionalista catalana en recuerdo de la pérdida de los fueros, instituciones propias y uso oficial del idioma con la llegada al trono de los Borbones en 1714, una multitud que pasaba el millón salía a las calles a clamar por la independencia. Una mayoría de diputados, aunque no representan a la mayoría de los votantes por el valor superior del voto en las zonas rurales que en las grandes ciudades, votó a favor de hacer el referéndum. Podía haber sido como una consulta el 9 de noviembre de 2014, que por no ser aceptada como legal por el gobierno central tuvo el carácter de simbólica. Pero esta vez, se la declaraba oficial y vinculante en contra de lo que decía el Tribunal Constitucional.

En los días previos el ambiente se caldeó. Los dos gobiernos jugaron a no buscar entenderse: la votación en el parlamento catalán aprobando el referéndum no cumplió siquiera con sus propias normas, como tener una mayoría cualificada. Por su parte, el gobierno español envío a la policía nacional y la Guardia Civil como si fueran un ejército de ocupación, y la televisión mostró imágenes de las fuerzas de orden saliendo de sus cuarteles con ciudadanos despidiéndolos como si fueran a un partido de fútbol contra un equipo rival, al grito guerrero de “¡A por ellos!”. La pesadilla de los catalanes hecha realidad.

El domingo 1 de octubre todo estalló por los aires. Los ciudadanos, se calcula que unos dos millones, salieron ejercer lo que consideraban su derecho: decidir si querían seguir en España o fundar un nuevo estado. Como habían decidido libremente los escoceses y los de Quebec: en ambos casos ganó el no a la independencia y la vida siguió.

La policía nacional y la temida Guardia Civil, de nefasto recuerdo durante el franquismo, apalearon sin misericordia a ciudadanos indefensos. Las imágenes dieron la vuelta al mundo. Se reprimió a ciudadanos que querían votar como si fueran delincuentes furiosos. La indignación hizo que muchos que no pensaban votar ni estaban por la independencia salieran de sus casas. La violencia desató el sentimiento de querer separarse en una magnitud que no existía antes.

Varios periodistas veteranos llegaron a la conclusión de que o bien Rajoy era muy imbécil para hacer de un problema pequeño uno irresoluble, o había apelado a la represión violenta para cortar los últimos puentes de diálogo y erigirse en salvador de la patria.

Durante los últimos años buena parte de la opinión pública mundial consideró el dilema catalán en la misma bolsa de otros movimientos de provincias ricas por separarse de las pobres, por sentirse superiores y quedarse sus impuestos para sí mismos, como la Liga Norte en Italia o los opositores a Evo Morales en Santa Cruz de la Sierra en Bolivia.

Con la represión del domingo, ahora los ven como un pueblo tenaz que lucha por sus derechos, como las comunidades indígenas en Latinoamérica. De egoístas a víctimas en un día.

Ante la cruel y desproporcionada represión policial a una manifestación ilegal pero totalmente pacífica, los contrarios a la independencia, que ya sufrían críticas y ataques verbales, los vieron recrudecer. Esto también lo están sufriendo los anti-independentistas. La exquisita cineasta Isabel Coixet lo cuenta en una dolida crónica publicada este martes en El País: “Escribo esto con la cara encendida. No de vergüenza, sino de rabia. Dos individuos con banderas esteladas atadas al cuello me han increpado gritándome en la puerta de mi casa llamándome “fascista”…”¡debería darte vergüenza!”

El martes a la noche salió el Rey Felipe VI en cadena nacional a echar más gasolina al fuego. Sin considerar para nada a los más de 800 heridos que él también supuestamente representa ni el anhelo de votar y expresarse de ciudadanos comunes, el monarca atacó dura y exclusivamente al gobierno catalán: “Esas autoridades han menospreciado los afectos y los sentimientos de solidaridad que han unido y unirán al conjunto de los españoles; y con su conducta irresponsable incluso pueden poner en riesgo la estabilidad económica y social de Cataluña y de toda España.”

El discurso duró seis minutos. Menos de la mitad que sus típicas felicitaciones de Navidad.

Ana Baig había ido con sus hijas a votar. Su hija mayor tiene 18 años y era su primera experiencia democrática. “Quería ver el panorama desde la acera de enfrente, era una postal para la historia, para mi historia y la de mis hijas, quería que vieran y sintieran la emoción y la pertenencia a una sociedad tan maravillosa que supo organizarse con pulcritud y ‘seny’ para defender su derecho a opinar sobre su propio futuro”.

Y entonces le llegaron las noticias de la represión en Barcelona.

Algo muy precioso, la confianza mutua, el querer seguir juntos, se quebró este domingo. Muchos catalanes han compartido en redes sociales, como Ana, esa sensación colectiva de mujer golpeada al que su maltratador, del que no quería separarse, le dice te quiero conmigo mientras le pega. Es el sueño hecho realidad de los independentistas, con los que nunca comulgué. Y el crimen político de un gobierno, el de Rajoy, que está rompiendo España para presentarse como salvador cuando en realidad es el bombero pirómano.

*Director Diplomado de Escritura
Narrativa de No Ficción U. Alberto Hurtado.