“A mí me hacían bullying”, confiesa en diálogo con La Tercera el psiquiatra y dramaturgo, Marco Antonio de la Parra, quien narra así los momentos que marcaron su adolescencia cuando “era el gay del curso y el tonto del barrio”, dice.

El hombre que por estos días estrena la obra “Crimen”, basada en la novela de Fiodor Dostoievski “Crimen y castigo”, recuerda que todo parte en la infancia, cuando -dice textualmente- tiene lugar su “lamentable pasión por la lectura”. “Empecé a leer solo muy chico, entonces mis padres deciden meterme antes en el colegio, con cinco años a lo que hoy sería primero básico. Era el menor y muy nerd. Mis compañeros tenían casi dos años más y sabían más cosas de la vida. Pero era un colegio chiquito, frente al hospital J.J. Aguirre donde trabajaba mi padre, mixto y bien personalizado. Desde ahí pasé a los nueve años al Instituto Nacional”.

En aquel lugar es que -narra- se inicia lo que define como una pesadilla. “En ese lugar, que es como una máquina de bestias, dado que yo no decía garabatos ni sabía pegar puñetes, se decidió que yo era gay, lo que además no siéndolo, se convirtió en un enredo para mí”.

Junto con la llegada al Nacional, se produce el cambio de casa, con todo lo que ello implica para un niño. “Ahí se produjo otro fenómeno bien doloroso, porque en el barrio nuevo yo también era el más chico y era torpe, sobre todo con las niñas. Entonces era el gay del curso y el tonto del barrio. Es bien triste tener tus dos espacios principales bloqueados durante la adolescencia. Vivía entre golpes, peladillas y burlas permanentes”.

Marco Antonio de la Parra rememora un momento de brutalidad absoluta en el colegio cuando subiendo la escalera se pone a llorar antes de llegar a la sala. “¿Qué me va a pasar hoy?”, era lo que pensaba. Me acuerdo de ser completamente escupido por el curso. Podía ser eso o que te hicieran simulacros sexuales, que te llevaran al baño a pegarte para que dijeras garabatos… Pensar que años después me censurarían (la obra) Lo duro, lo cocido y lo podrido alegando que decía muchos garabatos. La vida es tan rara”.

Como se avergonzaba de hablar de esas vejaciones delante de sus padres, dice que su refugio eran los libros, la biblioteca. “El mundo de los libros me protegía y me pasaba leyendo. En cambio, mi relación con los deportes era complicada porque esa era una zona peligrosa, ahí venían las molestias en los camarines, el tonteo en la cancha”.

Después relata un pelea en el Santa Lucía, la que dice fue como un “triunfo” escolar, y el inicio del periodo universitario, en que todo cambia.

Aun así, afirma que “sólo muchos años de análisis y tiempo logran borrar esta experiencia, porque la huella es mucho más perenne y duradera de lo que uno supondría. Una vez, uno de los peores matones del barrio llegó a venderme seguros a mi consulta. “¿Tú crees que te voy a comprar un seguro?”, le contesté: “Me jodiste toda la adolescencia”. Me pidió disculpas pero too late, baby. El bullying deja una secuela como la del abuso. Uno queda con sensación de pánico a los grupos, a los enfrentamientos y además afectó muy seriamente mi capacidad de ser confrontacional y de expresar la rabia. Me costó años aprender a golpear la mesa. Siento que al final desarrollé otras habilidades para intentar mandar pero mi manejo de la autoridad es débil. Es algo que a veces he lamentado cuando he estado en cargos de autoridad. Cuando tengo que ser duro aparece algo de ese niño aterrado que subía la escalera del colegio preguntándose “¿qué me toca hoy día?”. Eso, por otra parte, me ha permitido ayudar como siquiatra a gente que también tiene secuelas de bullying”.