En Algo nuevo anterior (Lumen), Redolés repasa aquellos episodios irrepetibles que ha vivido en sus 64 años. Empieza recordando, por ejemplo, una noche de otoño, de 1974, cuando estaba preso en la Cárcel Pública de Valparaíso y todo pintaba para ser horrible: escuchó su nombre en la voz de un cabo y el miedo se apoderó de él, pero cuando iba camino, supuestamente a la sala de torturas, se encontró con un compañero que venía de vuelta riendo con un paquete en la mano que le dice: “¡son encomiendas de la familia!”. Un giro inesperado. O como cuando, en el año 65 o 66, vio a Don Francisco de impermeable y maletín parado en la esquina de Riquelme y Rosas. “Parece que estaba esperando taxi”, escribe en el libro. O, con menos decoro, rememora cuando se cagó, no sabemos si literalmente, a los diez años al ver perder a su equipo, la Universidad de Chile, por goleada ante Rangers. O, ya siendo adulto, lo difícil que fue aprender el inglés en su exilio en Londres. O, cuando ya siendo famoso, un quiosquero, sin reconocerlo, le ofreció un disco suyo como el de “Gonzalo Redolés, este cabro fue del Quila. ¡Si es gueenooo!”. O, más escuetamente, pero como un latigazo, el día que le dijeron que su padre había fallecido: “Era el 3 de julio de 1985. Iba caminando desde la Posta Tres a tomarme un café con un amigo El Punta a Chacabuco y Catedral cuando un enfermero salió corriendo de la posta, me llamó y me dijo: ‘Murió su papá’”. O esa mañana del 31 de agosto de 2016, cuando se disponía a dormir en su cama y había prendido un cigarro, y le vino el ataque cerebrovascular. Y pensó que moriría y le dio risa. “Más que ver pasar mi vida ante mis ojos, vi pasar películas de Nat Geo del tipo: ‘Cómo sobreviví con la mitad de mi cuerpo a un ataque cerebrovascular”.

El entusiasmo por rememorar su pasado le vino hace unos años, probablemente en el 2008, cuando pasaba por la esquina de García Reyes con Rosas. Ahí, retrocedió 50 años, cuando era niño e iba caminando a la escuela acompañado de su papá. “Él me miró y me preguntó: ¿te limpiaste las uñas? Luego sacó un palo de fósforo, le sacó la cabeza, y me dijo ‘límpiatelas'”.

Con ese recuerdo, no sabía qué hacer. No le nacía escribir un poema o un cuento. La idea de un libro de recuerdos fue tomando cuerpo tras leer, en 2012, Yo recuerdo de Georges Perec, donde el escritor francés va contando episodios flash de su historia. Ahí dijo ‘ya, basta de masturbación ideológica, debo escribirlo’. Y se sentó en el computador. “Cuando leí a Perec, me quedó la sensación de que era interesante contar, por ejemplo, cuando viste a dos amigos pinchando en una casa en la playa, escuchando un disco de Sandro, música de Soda Stereo o Virus. Y ellos se pusieron a bailar así como riéndose. Hay un recuerdo de Perec de un amigo suyo bailando con alguien”, cuenta Redolés.

Tras su paso por el hospital, recién el año pasado se puso manos a la obra. Un amigo suyo, Lazlo Leizbac, lo ayudó a digitar como loco los recuerdos que le iban apareciendo. “Son esos recuerdos que quedan en ti. Y quedan en ti, porque fue algo que no te había pasado antes. Por ejemplo, no tengo recuerdos de mi mamá diciéndome ‘come y calla’. Porque me lo decía siempre. Sí tengo recuerdos de ella dándome de comer por primera vez espárragos y diciéndome: mira, qué rico, son parecidos a las alcachofas, ponle un poquito de limón y aceite”.

Tus recuerdos de cuando estuviste preso o enfermo, ¿eran los mismos?
-Eran distintos. Mediaban entre ambos nada menos que 42 años, 8 meses y 21 días de recuerdos. En todo caso más de alguno pudo haberse repetido. Por ejemplo, la lejana tarde que vi jugar al gran arquero soviético Lev Yashin, apodado “La Araña Negra”, en el Estadio Nacional. Puede que lo haya recordado en el barco Lebu, o en el campo de detenidos de Colliguay, o en el hospital Naval, o en el Cuartel Silva Palma o en la Cárcel de Valparaíso, o en el cuartel General de Investigaciones, por nombrar algunos lugares donde estuve detenido. Y sí estoy seguro que le conté este recuerdo a Juan Delgadillo, un compañero de habitación en el hospital, que era arquero de un equipo amateur y se había quebrado al hacer una mala maniobra cuando salía a cortar la entrada de un centrodelantero.

En algunos de tus recuerdos estando preso, aparecen anécdotas como desdramatizando el horror, o eso pareciera. ¿Por qué?
-Efectivamente, el humor en medio del horror desatado por el fascismo chileno, o sea el humor en medio del infierno, nos hizo ser humanos. El humor y nuestras convicciones ideológicas nos hicieron persistir en nuestros sueños de una sociedad más justa. Lo importante es destacar que era el humor de nosotros, los afectados, el que nos salvaba. No era el humor de los torturadores, que también existía.

VIEJAZOS

Pareciera que la mayoría de las memorias de alguien suelen ser episodios grandilocuentes.
-Bolaño decía que quien escribiera memorias debiera tener un pene relativamente grande. Fue el mismo comentario que escuché cuando leí las memorias de Neruda. Pero hay memorias y memorias. Si hablas con alguien en proceso de Alzheimer o que es viejo, te hablará mucho de su infancia. Hace semanas vi una entrevista de Paul Auster por su última novela “4 3 2 1”, donde decía que recién a sus 70 años pudo ver su infancia y no antes. Qué curioso. Cuando me dieron el alta, el 27 de septiembre, regresé a mi casa y en ese retorno compartió con nosotros la abuela de mi mujer, la señora Emilia de 92 años, quien hablaba mucho de su infancia. Para mí fue tan balsámico sentirme acompañado de alguien en la misma labor del recuerdo. Nadie podrá decir que ella es una persona vanidosa o egocéntrica. Es una dueña de casa, con hijos, nietos y bisnietos, como cientos de señoras de este país con miles de recuerdos. Qué bonito sería que todo el mundo pudiera escribir algo nuevo anterior. Y, de hecho, señoras como ella, escriben oralmente sus recuerdos cuando te empiezan hablar de algún partido de fútbol que vieron o cuando fueron de auditoras a una radio donde cantaba el Pollo Fuentes.

¿A ti te vino el viejazo?
-Debo haber empezado a recordar en los primeros meses de vida. Digamos a los seis meses de edad. Una habitación de adobe en Lo Calvo, cerca de Los Andes. Olor a lentejas, y el sonido de corridos y rancheras saliendo del radiorreceptor que mi madre compró con su primer sueldo de profesora de básica. Y en ese mismo momento me llegó el viejazo del niño de cinco meses que cumple seis meses. Digamos que esto ocurrió a las 14 horas del seis de diciembre de 1953. Hoy tengo 64 años, si tuviera un viejazo cada seis meses, hoy tendría 128 viejazos de edad, y el seis de diciembre de este año a las 14 horas, cumpliría mi viejazo número 129. Amo todos mis viejazos porque me hacen ser quien soy.

¿Por qué?
-Siempre he tenido la ansiedad de recordar porque la memoria me hace ser quien soy. Por eso, en otro plano, a Chile, las clases poderosas le han tratado de implantar una no memoria, para hacer de nuestro país un no-país, sino una colonia económica y cultural del capital financiero nacional y mundial, que al final es lo mismo. Como decía Luis Emilio Recabarren: la bandera del capitalista chileno no es la tricolor, sino la libra esterlina, hoy el dólar.

Tienes muy buena memoria para recordar fechas, lugares y episodios que podrían considerarse sin importancia.
-Alguien dirá que son cuestiones de un viejo gagá. Pero, en realidad, uno tiene que escribir las cosas que a uno le importan. Si no, te transformarías en un best seller. Y se podría decir que quien escribe sus memorias, o quien escribe memorias, o quien escribe simplemente, está depositando las excreciones de su devenir.

¿Cómo así?
-El hecho de escribir, de contar lo que nos pasa, es como una función fisiológica. Es casi como orinar o defecar lo que el cuerpo desea evacuar. Es lo que sentimos miles de personas que escribimos. Hay una fuerza interior que nos hace querer sacar de nosotros ese peso que tenemos dentro. Lo extraño es que no andamos mostrándole nuestras deposiciones u orina a todo el mundo (a no ser que un médico desee examinarlas). La idea de esta ”rareza’ del exhibicionismo de nuestra caca o pichí , o sea la literatura evacuada por el escritor o la escritora, no me pertenece. Se la escuché a un expoeta joven hace varios años. Él, a su vez, la había leído de un autor español. Por otro lado, escribiendo este libro me di cuenta que mi vida había sido bastante aburrida.

¿Por qué?
-Porque hay otros tipos que secuestran aviones, eso es entretenido. Mi vida podría ser considerada aburrida si la comparo con las vidas de Ernesto Che Guevara, Fidel Castro, Chico Alejo, Lennon, Alexis Sánchez, Elvis Costello, Albert Einstein, Bertold Brecht, Salvador Allende, Maradona, César Chávez, Vicente Huidobro, Manuel Rodríguez, James Dean, Pablo Picasso, Yuri Gagarin, y mi perro Beto Pictoris, de once años, que ahora vive entre Las Cruces y Barrio Yungay en plena ancianidad perruna.

Si es una vida aburrida, ¿por qué contarnos tus recuerdos?
-Creo que el aburrimiento tiene su encanto.

¿Cuál sería?
-Una vida con encanto la podemos vivir todos los seres humanos y animales si es que no nos cae encima una desgracia muy grande. Y la podremos vivir hasta que nos llegue la hora final, con un tiro en la cara en un restaurant de Caracas o un cáncer fulminante o un camión en una calle oscura o soleada. El encanto tiene que ver con ese viaje lleno de asombro y enamoramiento que nos renueve en todo lo posible las neuronas cada vez más, aunque mientras tal vez estás aburrido. Como decía el finado John Lennon en Beautiful Boy: “la vida es lo que escurre por tu lado mientras estás trabajando en los fantásticos planes de otra gente”. Vida aburrida y vida con encanto no son antonimias para mí.

¿No?

-El encanto tiene que ver con apreciar la luna nueva, tomarle una foto y enviárselas a los amigos y amigas signo Cáncer. Y eso lo puedes hacer de puro aburrido que estás. Pero viviendo el encanto. Yo creo que hay una pequeña aventura en todos nosotros, como el cuento de la flor amarilla de Cortázar, en que tu vida es la vida también de Marilyn Monroe. O sea, tú no le cantaste Happy Birthday a Kennedy, pero a lo mejor se la cantaste a otra persona que también era tu Kennedy. Ayer miraba una película sobre Jimmy Hendrix y pensaba en lo cercana que era la vida de todos los que hemos hecho música popular con la vida de los grandes.

¿En qué se parecen?

-En el problema de las grabaciones, del afiche, de la marihuana que desconcentra. Hendrix tenía una polola que lo hinchaba. Si hay una vida distinta puede ser la del Príncipe Carlos que de niño fue rey, pero no así la vida de Lady Diane Spencer que empezó de abajo. Si algo me consuela, es que Bob Dylan nunca podrá tener la alegría de ir a un recital de Bob Dylan. Es un esclavo nuestro.

FARÁNDULA POÉTICA

¿Hay cosas que preferiste no recordar?
-Más que eso, hay cosas que serán de otro libro. Podría escribir mucho sobre las cárceles, como tallerista o preso, pero prefiero dejarlo para otro libro. O sobre el mundo de la música. Obviamente, están los recuerdos más íntimos, triple equis, que no sé si contaré.

No hablas de tus relaciones de pareja en este libro…

-Traté de evitar la farándula amorosa poética. Los hombres no suelen hablar mucho del amor, de parejas o sexo. La otra vez mi mujer escuchó una frase que me encantó: los hombres no saben pelar. Y la verdad es que eso es falso, los hombres somos muy peladores también, pero ese se da solo en ciertos recodos de las conversaciones.

A ti te da pudor…
-Sí. Tal vez por la ausencia de ambientes donde se dieran esas conversaciones. Primero, mi papá era muy para dentro y mi mamá también, muy recatada y discreta. Y en el partido comunista también. Había una frase que me dijo una vez un compañero: yo no me meto en problemas de poto. Y era como una norma en el partido. Tampoco escribí mucho sobre la farándula del exilio, que también era un tema, en el sentido que hace un par de semanas me encontré con dos compañeros que no veía hacía 40 años y nos reímos mucho al acordarnos de los apodos, las borracheras, las compañeras… Fue un momento como de libertad estar hablando 40 años después de una escena que ya está muerta, pero en el momento era hasta de mal gusto hablar de eso.

Pese a que no estás militando, confiesas en tus memorias que sigues siendo comunista.
-Sí. Citando a alguien poco santo de mi devoción, Marcos Chamudes que tiene un libro que creo que se llama El libro negro del comunismo, él dice que los excomunistas son como los exmilitares y excuras, se notan hasta por la manera de caminar. Yo le hallo toda la razón.

¿Qué te va quedando de comunista?

-La disciplina de los grupos de trabajo, de tomar acuerdos y cumplirlos. Me he encontrado con compañeros músicos que se ríen mucho con mis mails porque son verdaderos instructivos de lucha en donde los conmino a que respetemos lo acordado. Y después los planes quinquenales de la URSS: si llegamos media hora atrasados a los ensayos, que duran dos horas, en cuatro ensayos perdimos un ensayo. Cosas de ese tipo.

En una ocasión, dejaste picado a Volodia al analizar su signo astrológico.
-Me dijo que era piscis y dragón del año 1916, compañero Mauricio. Y yo le respondí: “¡Ah, piscis!, como el pececito que mira detrás de una piedra y ante el agua que se agita, huye”. Él pensó que lo estaba tratando de miedoso o cobarde. Yo creo que se picó, pero nos volvimos a ver en muchas ocasiones y no guardaba ni un ápice de rencor.

A propósito, le das harta importancia al zodíaco.
-Te respondería como el ministro Cumplido, que también era astrólogo, que le doy importancia porque, por lo menos, estadísticamente puedo comprobar que las características de las personas conociéndolas por su signo responden de una forma u otra.

Tú eres géminis…
-Como Pedro Messone y el padre Hasbún.

Si es así, tendrías que tener algo en común con el cura Hasbún…
-El cura Hasbún es bueno para hablar y yo también. Messone, siendo tan facho, siempre me ha caído bien. Tiene como 90 años y se ve tan jovial. Una de las últimas cosas que hice antes del ataque cerebro vascular fue hablar con un astrólogo para tomar un taller. Todavía tengo la intención de hacerlo. Y me ha servido saber de astrología china, por ejemplo, para conocer a los gatos, como mi hijo, que son malos para lavar los platos. Entonces, si tienes alguna vez a un pololo, un hijo, un hijastro, una suegra gato, no la mandís nunca a lavar los platos. O los monos van de un tema a otro, los gallos son trabajadores, las serpientes son sinuosas.

Parece que le quieres aserruchar el piso a Pedrito Engel.
-Jamás le quitaría la pega. Lo respeto mucho.

¿Y de adónde te vino ese interés por lo astrología?
-Por mi madre. Lo primero que le preguntaba a alguien era su signo. Y no soportaba los escorpiones. No hablaba con ellos. Pero que le presentaran a un tauro, los adoraba. Ella era de ese signo y los tauros son complicados. Tienen un humor restringido a su corral. Son muy sensibles.

REALIDAD KASTIANA

En el libro, mencionas tu gran colección de escritos variopintos que has pillado botados en la calle. Cuentas, incluso, que tienes cartas de amor con caca incluida.
-Hay un pintor de apellido Chedomín que vio el desorden de mi casa y, mientras todo el mundo decía “uy, Redolés tiene el mal de Diógenes”, él dijo: no, este es tu computador. Comprendió muy bien que yo, más que trabajar con la virtualidad del disco duro, trabajo con la materialidad del disco blando. Es decir, hay en el cartel o carta encontrada en la calle una belleza que me estremece. A pesar que ya no recojo cosas, de repente las cosas aparecen y me dicen “llévame”. Y cómo les voy a decir que no.

Pero te puedes pegar cualquier enfermedad.
-Me he contagiado de cosas raras, pero me he salvado de todas. Yo actúo con el carácter del arqueólogo urbano que se encuentra caca en un conchal en la isla Navarinos y la recoge, porque ahí hay adn, una huella de un amor, de un despecho o lo que sea. Y lo que me interesaba recoger es la voz de la ciudad, la que está botada en la calle, no lo hago por criterio estético ni higiénico, sino que antropológico.

Tras darte la tarea de recordar, ¿eres de los que salen con la lata de que “todo pasado fue mejor”?
-Sí, pero tengo nostalgia por un pasado que no viví. No creo que los 60 hayan sido mejores que ahora. A lo mejor, 1810 fue mejor pero yo no estaba vivo. Imagínate que cuando se peleaba por la libertad del yugo español, los hijos de burguesía se iban a cursos militares y eran recibidos como héroes. Hoy, los que se enrolan a cursos militares son asesinados en Caracas. Y este gobierno no dice nada. El pobre Mauricio Hernández Norambuena lo están asesinando en Brasil todos los días y nadie pelea por su de vuelta a Chile a que cumpla la pena acá. Y ellos son héroes. Para mí, él es un héroe, así como el chico Alejo. Y después de escuchar a Kast más héroes los encuentro.

¿Qué te parece Kast?
-Me da pena terrible que un ser humano termine transformado en un Kast. Cuando Kast niega la represión en Paine en donde participó ampliamente su familia, prestándole camiones a los pacos y regalándoles asados, o sea… yo creo que Kafka habría tenido serios problemas para escribir una novela sobre Chile. Aquí lo supera, es kafkiano.

¿O Kastiano?
-En realidad, Chile es más kastiano que kafkiano. El horror que suponen sus intervenciones y su manipulación es asqueroso.

¿Piensas votar?
-Si pudiera votaría por Santiago Maldonado. Pero está muerto y es argentino. Pertenezco a ese pequeño porcentaje que se considera de izquierda. Por lo tanto, se merece todo nuestro cariño y agradecimiento por integrarse a la lucha de los mapuches. A lo mejor, de aquí a cien años más, el sur de Chile y Argentina no existan y sea tierra recuperada por los pueblos originarios. Ojalá.

¿Qué te parecen los candidatos?
-Todos los candidatos no son de mi agrado. Guillier, siendo serpiente y piscis, es pa dudar. Serpiente porque no tiene un camino recto y piscis porque es dual. Vi la participación del señor Guillier en el parlamento cuando se discutió la ley del 20 % de la música y cómo defendió a los empresarios fue vergonzante. Guillier no cuenta con mi simpatía. Necesitamos un aries o sagitario como Pinochet, pero tendría que ser un Pinochet de izquierda eso sí.

¿Quién podría ser?
-Podría ser Artés, es el único que logra descontrolar a los periodistas. Pero no. Esto es otra cosa, pero por qué los chilenos tenemos que andar hablando de Corea o Venezuela. Hablemos lo nuestro. Y hablando de lo nuestro, estoy de acuerdo con muchas cosas que dice Artés. Pero, más que nada, creo que él está o adelantado ocho mil años o retrasado ocho mil años. No está dando en el tiempo. Navarro ha hecho una pega enorme y honesta. Se ha echado en sus pequeños hombros toda la pega que tenía que haber hecho la izquierda.

¿Qué fue lo último Algo nuevo anterior que recordaste?
-Caminaba por calle Maturana, frente a Plaza Brasil. A mediados de este año cuando veo venir a un joven hombre de raza negra que traía múltiples pequeños objetos colgados de una cruz de madera. Me miró y dijo con acento francés: ¿Quiere artesanía de Nigeria? Yo pensé para mis adentros: Esta es la prueba que faltaba para decir que el planeta es una aldea global y Chile se ha globalizado. Le respondí: ¡Sí, quiero comprar algo!, y elegí un pequeñísimo y bello monedero de cuero con unos dibujos. Pensé ¡Oh! Tengo el trabajo de un artesano africano en mis manos. Él me respondió: “5 lucah”, con acento chileno. Cuando buscaba mi billete, me di cuenta que los dibujos del monedero eran unas llamas y las letras decían ”Arica, Chile”. Él me miró sonriendo como disculpándose. Yo me quedé callado y le pagué, pues entendí que la diferencia entre Arica y África era sólo una F. Seguramente F de fuck.

ALGO NUEVO ANTERIOR
Mauricio Redolés
Sello Lumen, 2017, 229 páginas.
Redolés está ofreciendo talleres de poesía para diciembre o enero. Más info en mauricioredolesproduccioes@gmail.com