Genaro Arriagada, el histórico de la Concertación que previó el descalabro del oficialismo (ver entrevista en The Clinic acá) analiza en una columna en El Mercurio el escenario político que se abre en adelante tras la elección presidencial que ganó Sebastián Piñera el 17 de diciembre.

“La crisis es imparable en el centro. El 19-N la DC y el PPD sufrieron una catástrofe en votos. El 17-D los acercó a un abismo, que es la irrelevancia. ¿Podría alguien decir cuál fue el aporte DC a la votación de Guillier? Algunos dicen que todo arranca de un error electoral, que consistiría en que la DC fue en lista propia. Falso; si la DC en “camino propio” bajó un 34%, el PPD en “lista unitaria” se desbarrancó en 54%. Que los partidos de centro estén amenazados no quiere decir que el centro desaparecerá, sino algo más dramático y que es una descomposición y rearme que cambiará su entera fisonomía. No es alarmista preguntar ¿quién de los actuales actores sobrevivirá?”, observa el militante de la DC.

Respecto de la izquierda, sostiene que “vive dos crisis superpuestas. La primera es la división entre su sector tradicional (el PS-PC) y el Frente Amplio (FA). Se dirá que divisiones en el sector ha habido siempre; pero en los últimos 60 años no de esta magnitud. Hubo quiebres por la táctica -vía armada versus vía institucional-, pero ellos eran superados por una común ideología (el marxismo leninismo) y una utopía compartida (el socialismo). Pero entre la NM y el FA hay una ruptura pura y dura, sin que exista una ideología, una utopía o una historia común. Lo que viene es una implacable lucha por la hegemonía entre estos dos sectores, que les consumirá más energía que la que les demandará su oposición al gobierno de derecha”.

Sobre el PS, el partido del oficialismo que salió menos dañado en la elección, observa lo siguiente: “es el que mejor sorteó la parlamentaria (bajó su votación en 12%), deberá enfrentar un desafío estratégico mayor. Aislado del centro, va camino de tener como único aliado al PC, constituyendo un tipo de pacto que tuvo sentido hace 50 años cuando el PC-PS representaban el 35% del electorado. Hoy, en cambio, ambos suman un 14. Con esa cifra, a menos que recuperen una alianza con el centro, están condenados a ser un pacto inútil”.

Al referir el FA, dice que obtuvo 20 diputados, es cierto, “pero ni aun la más buena voluntad puede dejar de reparar en que no es un partido, sino una suerte de cooperativa electoral compuesta por 14 minipartidos que tienen no pocas diferencias entre ellos y a los que cuesta definir una actitud coherente. Sin duda, el FA tiene la posibilidad de devenir en una fuerza orgánica -y pienso que sería bueno para el país que lo lograra-, pero sus líderes descubrirán que la tarea de construir un partido no es caminar sobre un jardín de rosas, sino un calvario de divisiones”.

Sobre la derecha, la ganadora de la elección, escribe que “arropada en el dulce encanto de su triunfo”, “presume que esta crisis no la alcanza. En lo que tiene razón… ¡por ahora! Pero es inocultable la existencia, en su interior, de cuatro fracciones que apuntan a valores y propuestas antagónicas. Una ultra, que encabezó J. A. Kast y que penetra hondamente en la UDI; una derecha liberal, la más débil en poder, que es Evópoli; un populismo agresivo y conservador (“la derecha social”) que lidera Ossandón, y RN, el partido más fuerte pero el más opaco de la coalición”.

Así -sintetiza- “el año 2018 veremos desplegarse los dos procesos mencionados en el primer párrafo. La derecha, instalada en el gobierno, navegando con el viento favorable que le da una muy buena coyuntura económica nacional e internacional. Al frente, los partidos del centro hasta la izquierda, sumidos en una crisis que se expresará en quiebres, querellas personales y de fracciones, reestructuraciones de pactos y partidos, éxodos de militantes y, sobre todo, la búsqueda de identidades”.