“Aunque he sido un lector voraz y apasionado, sin embargo no me acuerdo de ningún libro que haya leído, tales fueron en tanto los leía los estados de lectura de mi propio espíritu, mis propios sueños, o mejor, provocaciones de sueños. Es vaga más que incoherente mi memoria de los acontecimientos, de las cosas externas. Me estremezco al pensar como es tan poco lo que me quedó en el espíritu de mi vida pasada. Yo, el hombre que afirma ser hoy un sueño, soy menos que una cosa de hoy”.

“Había un época en que leía apenas por el hábito de leer. Entiendo ahora que hay pocos libros útiles, igualmente en asuntos técnicos que pudieran interesarme”.

“El más antiguo alimento literario de mi infancia se encontraba en las numerosas novelas de misterio y de horrible aventura. Por aquellos libros que son llamados para ‘los jóvenes’ que lindan con experiencias excitantes poco me interesaba. Llevando una vida saludable y natural, no me despertaban simpatía. Mi interés no era por lo probable sino por lo increíble, ni siquiera lo imposible por grado de dificultad, sino lo imposible por naturaleza”.

“Mi infancia fue sosegada (…), tuve una buena educación. Pero desde que tuve conciencia de mí mismo, me di cuenta que tenía una tendencia innata para la mistificación, para la mentira artística. Agréguese a todo esto un gran amor por lo espiritual, por lo misterioso, por lo oscuro, que, al fin de cuentas, no era sino una forma y una variación de aquella otra característica mía y se completará la visión intuitiva de mi personalidad. (Escrito a los 18 años originalmente en inglés)”.