El sitio Pousta recoge en un artículo seis relatos de personas que se lanzaron en una aventura sexual con compañeros de trabajo. Acá seleccionamos tres.

La primera de estas historias es de Antonio, 28 años. Dice así:

“A principios de año trabajaba en un callcenter, y en el cubículo de al lado se sentaba una compañera que tenía un pololo que era colega nuestro también”, es como parte el contexto de la historia. Luego -agrega Antonio- como ellos terminaban y volvían, en uno de esos desencuentros la chica le confesó que llevaba semanas fantaseando sexualmente con él.” Yo quedé atónito porque ella había terminado hace un par de días con mi colega, y tampoco soy la gran cosa, gordito, más o menos, de cara (…)  Me dijo que yo la llevaba a un parque, nos echábamos en el pasto y a vista de todos empezaba a besarla y masturbarla, la desnudaba completamente y se montaba encima mío, y me cabalgaba hasta hacerme acabar. Quedé pa dentro, y muy caliente. A la salida la invite a tomarnos algo, se nos hizo tarde y cuando la iba a dejar al taxi le dije que no se podía ir sin cumplir la fantasía. Sonrió y nos fuimos a un lado del forestal, aunque no pude desnudarla completa, si pudimos acostarnos bajo un gran árbol y hacerlo. Fue muy rico, adrenalínico y loco”.

Francisca, 33 años, cuenta lo suyo de esta manera:
Dice que “en el canal que trabajaba había un productor que era el “mino” y ya se había agarrado a varias”.  Así, con ese historial, comenzó a cruzarse miradas calentonas con ella. Después, se metió con una chica del canal, hecho que motivó su separación. “Entremedio de esto me lo agarré (…) Un día después de conversar un poco por WhatsApp me mandó un mensaje preguntándome en qué estaba. Terminamos en su casa y tuvimos sexo desenfrenado. Fue solo eso, yo no quería nada serio (…) Él se sigue agarrando a todas y siempre se saben sus conquistas, pero lo nuestro nunca se supo. Conclusión: donde se caga si se come”.

Fernanda, 31 años, relata lo siguiente, que acontece en la típica fiesta de la pega.
“Al principio todo fue como un coqueteo inocente y con pinta de algo que no molestaba a nadie, hasta que llegó el momento de tener sexo. Al comienzo, nada del otro mundo, es más, era medio fome el asunto, pero decidí darle una oportunidad hasta que toqué la fibra sensible del joven”. A partir de ahí -dice- “una pequeña insinuación de hacer algo un poco más cochino me abrieron a un inexplorado y placentero mundo del sexo bondage. Fueron meses de experimentar y tirarse palos en la oficina de lo que nos haríamos después de la hora de salida… miradas calentonas a distancia entre los computadores, fotos de Tumblr con nuevas ideas, mordidas y moretones que me tenían enferma de caliente… incluso nos robamos un set con látigo, cuerdas, esposas, etc. que había para una grabación, el cual nunca devolví”.