Estaba en un boliche frente al mar, en La Serena, de vacaciones, tomando con mi mujer, Teresa, unos vodka tonic, esperando la puesta sol, cuando me enteré de la muerte de Nicanor, aunque parezca inverosímil, dos días después, porque me había “desconectado” de TV y redes sociales. Fue uno de esos comentarios, también inverosímiles, al pasar, que hicieron dos muchachos. Con la Tere les preguntamos sorprendidos y, afectivamente, ellos nos confirmaron la noticia, medio incrédulos también, hace dos días murmuraron. Finalmente el poeta se encontró con la muerte, creo su gran obsesión. Y el primer y último tema de la poesía o la anti-poesía o de la literatura que sea. Y de todos nosotros, ya que no hay Olimpo, afortunadamente, para los poetas, pero sí algunos, pocos, que marcaron hitos que permiten que la poesía siempre viva –nunca he creído en la torpeza de decretar de cuando en cuando su defunción- y uno de esos pocos fue Parra; claro, en el momento preciso le dio respiración boca a boca. Y creo que para eso están los grandes poetas. Y sin duda uno de ellos fue Parra. No atinamos a comentar nada, lo único que llegaba hasta mi mente era el ruido del mar ¿Será que la muerte de un poeta lo deja a uno como sin palabras? ¿Qué el duelo es justamente más que un minuto de silencio un prolongado silencio? Tal vez el silencio que te deja el estupor contrito cuando muere un inmortal, y no eso, porque los inmortales no mueren. Y no es retórico esto que digo. Esa tarde, cuando el anti-poeta había “muerto”, con Teresa, mirábamos el mar de Coquimbo, el que nos vio nacer, muy crispado esa tarde, haciendo también un duelo o quizá un homenaje. Y como cuando uno hace un duelo, me puse a mirar hacia la vida. En verano la vida son los jóvenes enamorados dejando las huellas de quizá su primer y último amor en la arena de la playa que también los olvidará, la paya solitaria. Y pensé, mirando a esos muchachos con tanta vida aparente ante ellos en ese artefacto que es tan poético como un epigrama de Catulo: “Estos enamorados putamadre, se parecen al mar en sus vaivenes, y al sol en sus manchas”. Con algo de sana envidia y con algo de dicha por sus cuerpos mirando hacia el mañana. Como Parra, como todo el que se detiene a mirar el horizonte, como Rimbaud, tan cercanos, aunque el mismo Parra parecía querer alejarse del vate visionario, en vano: “Elle est retrouvée./ Quoi? -L’ Eternité./ C’est la mer allé/ Avec le soleil”. Si, finalmente, todo gran poeta, todo verdadero poeta, nos está hablando de eso: la eternidad, sea lo que sea, desde allá nos atisba ahora Nicanor Parra: nada más que agregar a lo ya tantas veces dicho por él: “Yo no he inventado nada” pero nos cambió, como Rimbaud, para bien o para mal, a todos los de ahora.