La amplia difusión y éxito rotundo que ha tenido la película La Mujer Fantástica obliga a ciertas reflexiones y precauciones. Por supuesto, la película tiene varios puntos a favor: La meritoria actuación de Daniela Vega (Marina Vidal en el personaje), una fotografía irreprochable e impecable resolución audiovisual, cierta solvencia en el teje y maneje de la industria, un Oscar histórico que hace pensar en el cine chileno como plenamente consolidado.

Lo llamativo es atribuirle a la película elementos de aguda crítica social que parecieran estar presentes en la narración y, empero, un examen básico autorizan concluir su ausencia absoluta. Voy al grano: la presencia escénica de Daniela Vega, persona transgénero en la vida real, pareciera ficcionalizar a un personaje transgénero y ello pareciera jugar como factor determinante en la valoración de la película. Los bienpensantes hacen gárgaras en ese sentido.

El valor de la tolerancia en la sociedad chilena es premiado, ni más ni menos, que por la Academia Norteamericana del Cine y eso nos daría crédito cultural de por sí en la cultura de las libertades públicas. Sumado esto a los contenidos del argumento, el personaje transgénero de Marina Vidal es desautorizada y fastidiada por el familión de su consorte muerto repentinamente y por la intervención de la PDI para descartar un posible homicidio en que la sospechosa principal es ella misma. Todo ese conjunto anecdótico o argumental han desatado una proclama encomiástica exagerada y lujuriosa del progresismo de este Chile lindo congraciado con el efusivo arte libertario de una masa acrítica. Si hasta el Canal 13, en un alarde de entusiasmo tolerante, programó la película en un horario estelar. Si hasta esa subversiva de cartón de la Meryl Streep se subió al carro de la victoria y dio el visto bueno.

Digamos las cosas como son: la película taquillera del momento no tiene nada de lo que se le atribuye. Desde luego, el tema trans en su honda delicadeza no se aborda en lo más mínimo, a otro perro con ese hueso, aquí estamos ante una mirada timorata y manipuladora de la problemática. Peor aún, se alude con un oportunismo escalofriante a esa dificultad del ser distinto. Se presenta la marginalidad del trans sin ninguna vuelta de tuerca y el maniqueísmo es mórbido y puja por sus fueros. Y el guionista Maza y el director Lelio se permiten inclusive, en esa sarta de paternalismo y falsificación, echarle leña al juego dando a entender que la suerte de una pobre transexual es muy similar al destino de los detenidos desaparecidos. Esa escena del secuestro es muy desalmada por la manipulación implícita: la homofobia de la pequeña burguesía industrial no da para esos extremos de andar dando pateaduras de esa índole, se caga de susto y si te he visto no me acuerdo.

Gonzalo Maza ha dicho muy suelto de cuerpo: “El peor error que uno puede cometer en un guión es inventar personajes que sean un promedio de mucha gente”. A confesión de parte relevo de prueba, aquí Marina Vidal, la trans de la película aparece como no trans, en la realidad del relato no es real, en la realidad de la realidad sí, pero ese es otro cuento y bien por la Daniela Vega. Una trans no promedio en la realidad, frente a esa tragedia de ver muerto a su amante calzonudo y patidifuso, se larga sin decir ni chus ni mus, se manda a cambiar y sigue garzoneando o patinando como si nada y no por falta de sentimientos. El trans no promedio sabe que ya la realidad le ha jugado una mala pasada y que los malulos de la película se lo van a querer mandar a guardar con tutti y no anda con sentimentalismos de mierda. Una trans no promedio, en la compulsión persecutoria de la PDI o de la Morgue, se saca la ropa y queda en pelotas sin hacerse la víctima, y si no que lo diga mi finada Candy Dubois con la que cené muchas veces de lo lindo en el Lung Fung (de hecho, la Candy me enseñó a comer con palitos).

Me alegro mucho por la Daniela Vega, deslumbrante en su labor de presentadora fascinante en el Oscar, por su talento natural y por el significado de su identidad femenina satisfecha en el primer glamour; pero que los guionistas vayan a contarle el cuento del tío o a pasar gato por liebre a una audiencia consagrada en la autocomplacencia e ignorancia. Por supuesto, el Oscar a la película ha desatado un entusiasmo chovinista y de mal gusto a granel, véase el titular de La Cuarta y demás está decir que a los ideólogos del neoliberalismo Una Mujer Fantástica les ha venido como anillo al dedo. De seguro que el canal 13, apostando a fijo, dio la película en horario prime para las malas conciencias de ese auditorio que por ningún motivo quiere saber de las genuinas transgresiones del género trans: La Empaná de pino o El pejesapo, películas chilenas hasta las re cachas, podrán programarse el día del níspero, el día de la coyoma, el día del que te dije, el día de las tontorronas de la Carlina, el día de esas yeguas sueltas que comían patitas de chancho a destajo en la antigua Avenida Vivaceta. Si, clarito, ¿qué pequeño burgués del orto me viene a engrupir pasándose de listo con un guion pusilánime y acartonado? Sí, echarle pa adelante con esos colizas jugados por las partusas y que se conocieron en vivo y en directo en los tiempos duros de la tiranía. Un trans en forma y con plena conciencia de su dignidad haciendo cucharita enamoradiza con un vejete calentón parando las chalupas. No faltará el jetón enterado que me dirá: “Pero amigazo para qué arrastra el poncho si la película se ganó el Oscar”.