Desde donde estoy sentado, veo una araña desplazándose sobre el suelo alfombrado de la habitación; no la que aparece tan cabalmente alegorizada en los admirables Versos a una araña, pero sí de la misma edificante familia. Incauta, apresurada, viene renqueando torpemente hacia mí, se detiene, ve de pronto la sombra gigantesca ante ella y, sin saber si batirse en retirada o seguir avanzando, observa al enorme enemigo. Pero como yo no hago el menor movimiento ni inicio ofensiva alguna contra la extraviada bandolera, como ella seguramente haría con cualquier mosca infeliz apresada en sus redes, cobra ánimos y se aventura a proseguir adelante, con una mezcla de astucia, de impudencia y de miedo. Al pasar junto a mí, levanto la alfombra para ayudarla a escapar, contento de perderla de vista, y no puedo menos de estremecerme al recuerdo una vez que lo ha hecho. Un niño, una mujer, un rústico, o bien un moralista de hace un siglo, habría aplastado sin compasión a la sabandija. Mi filosofía ha ido más allá: no le tengo ninguna mala voluntad al bicho en cuestión; sin embargo, no puedo refrenar un movimiento de repulsión al verlo. El espíritu de malevolencia ha sobrevivido al ejercicio efectivo de ella. Aprendemos a doblegar nuestra voluntad y a conservar nuestros actos públicos dentro de los límites de la humanidad mucho antes de llegar a poner nuestros sentimientos e imaginaciones al mismo diapasón de mansedumbre. Renunciamos a la demostración exterior, a la violencia bruta, pero no logramos eliminar la esencia o principio de la hostilidad. No aplastamos de un pisotón al pobre bicho (cosa que nos parecería bárbara y reprobable), pero lo miramos con una especie de místico horror y de repugnancia sagrada. Harán falta aún otros cien años de buena literatura y de pensamiento ahincado para curarnos del prejuicio y hacernos sentir por esa tribu ominosa un poco de the milk of human kindness en lugar de su propia esquivez y ponzoña.

La Naturaleza parece realmente (y tanto más cuanto más la observamos) hecha de antipatías y contrarios; sin algo que odiar, perderíamos el veneno del pensamiento y de la acción. La vida se convertiría en una charca, de no sentirse agitada por el choque de intereses contrapuestos y las pasiones desordenadas de los hombres. La veta blanca de nuestro propio destino brilla más (y a veces aun sólo así se torna perceptible) cuando se hace en torno de ella la mayor oscuridad posible; como el arco iris, pinta sus colores sobre las nubes. ¿Es el orgullo? ¿Es la envidia? ¿Es la fuerza del contraste? ¿Es la debilidad o la malicia? El caso es que hay una secreta afinidad, un ansia del mal en el espíritu humano, el cual siente un perverso pero delicioso placer en la maleficencia, fuente infalible de goce. El bien puro pronto se vuelve insípido, falto de variedad y de vida. El dolor es un agridulce que jamás harta. El amor, a poco que flaquee, cae en la indiferencia y tórnase desabrido: sólo el odio es inmortal.

¿No vemos acaso en acción este principio dondequiera que dirijamos la vista? Los animales se atormentan y mortifican uno a otro sin misericordia; los niños matan las moscas para divertirse; todo el mundo lee los accidentes y crímenes en el diario como su sección más atractiva; una ciudad entera corre a presenciar un incendio; nadie, en cambio, se alegra en el fondo de que lo extingan. Desde luego, es mejor que así sea, pero no cabe duda de que disminuye el interés; y nuestras sensaciones participan más con nuestras pasiones que con nuestro entendimiento. La gente acude en tropel, con entusiasmo, a ver representar una tragedia, pero, como observa Mr. Burke, si en la plaza vecina tuviera lugar una ejecución, el teatro se quedaría vacío. Un idiota, una loca, un villano gracioso, en una aldea, son admirados y mantenidos por la comunidad entera. Las calamidades públicas son también un público regocijo. ¡Cuánto tiempo no fueron el Papa, la Inquisición, los Borbones, una bendición para el pueblo inglés, cuya bilis ayudaban a desahogar en motes y dicterios! ¿No habían hecho acaso tanto daño? No; pero como siempre tenemos un excedente de bilis, necesitamos algo en qué emplearlo. ¡Qué trabajo no nos costó renunciar a nuestra pía creencia en los fantasmas y las brujas, simplemente porque nos gustaba perseguir a las unas y asustarnos de los otros! No es tanto la calidad como la cantidad de excitación lo que precisamos; no podemos soportar un estado de indiferencia y de tedio: el espíritu parece aborrecer el vacuum tanto como se suponía en otro tiempo que hacía la materia. Hasta cuando el espíritu de la época89 (esto es: el avance del refinamiento intelectual, en pugna con nuestras flaquezas naturales) no nos permite ya poner en práctica nuestras veleidades de terquedad y de venganza, tratamos de revivirlas hablando de ellas y conservamos en la imaginación los viejos ogros y fantasmas de nuestro terror y nuestro odio (…) El placer de odiar, como una sustancia ponzoñosa, roe el corazón de la religión y lo llena de resentimiento y beatería; hace del patriotismo una excusa para llevar el incendio, la peste y el hambre a otros países; no deja a la virtud otra cosa que el espíritu de reprobación, y un prurito mezquino, envidioso, inquisitorial de escudriñar las acciones y motivos ajenos. ¿Qué han sido las distintas sectas, credos y doctrinas sino otros tantos pretextos para querellarse, reñir y hacerse pedazos entre sí, a manera de blanco contra el cual disparar? ¿Supone nadie realmente que el amor del inglés a su país entraña un verdadero sentimiento amical ni el menor deseo de servir a sus compatriotas? No; lo único que supone es odio hacia los franceses, o hacia los habitantes de cualquier otro país con el que a la sazón se halle en guerra. ¿Acaso el amor a la virtud denota el afán de descubrir o enmendar nuestras propias faltas? No; lo que hace es tratar de expiar la pertinacia en nuestros propios vicios con una intolerancia virulenta hacia los ajenos. Este principio es de aplicación universal, tanto al bien como al mal: pues si nos hace detestar la necedad, no por eso nos hace estimar más el mérito de nuestros semejantes, y si nos inclina a reprobar el mal que hacen, no por ello nos hace soportar de mejor grado la prosperidad que alcanzan. Vengamos las injurias, sí; pero pagamos con la ingratitud los beneficios. Hasta nuestras aficiones y gustos más decididos no tardan en seguir este rumbo. «Lo que era dulce como una golosina, tórnase más amargo que la coloquíntida», y el amor como la amistad se derriten en su propio fuego. Odiamos a los antiguos amigos; odiamos los libros ya leídos, odiamos las ideas pasadas, y acabamos odiándonos a nosotros mismos”.

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