Salvo que acontezca una sorpresa, el jueves 19 de abril Raúl Castro dejará la presidencia del Consejo de Ministros, luego que la IX Legislatura de la Asamblea Nacional del Poder Popular elija a Miguel Díaz Canel como su sucesor. Si bien la ANPP convocó a un “tuitazo” bajo el hashtag #SomosContinuidad para los días 18 y 19, lo cierto es que será la primera vez en 60 años que no es un Castro quien está a la cabeza del ejecutivo. (Desde 1959 hasta 1976, tras un breve mandato provisional de Manuel Urrutia, ocupó el puesto de Presidente de la República el cienfueguero Osvaldo Dorticós, aunque quien verdaderamente gobernaba era el Primer Ministro Fidel Castro Ruz).

No es que Raúl abandone el poder, porque hasta donde sabemos él permanecerá como Primer Secretario del Comité Central del Partido Comunista, y el PCC, según el artículo 5to de la Constitución de ese país promulgada en 1976, “es la fuerza dirigente superior de la sociedad y del Estado, que organiza y orienta los esfuerzos comunes hacia los altos fines de la construcción del socialismo y el avance hacia la sociedad comunista.” Es decir, el Presidente del Consejo de Estado (a partir de esta Constitución, la máxima autoridad de gobierno) es el responsable de llevar a cabo las directrices acordadas por el Comité Central del Partido Comunista, que permanecerá bajo el mando de Raúl.

Pero Raúl está viejo (pronto cumplirá 87 años) y ya no lo rodea la generación de barbudos con que combatió en la Sierra Maestra -quedan por ahí Machado Ventura, Ramiro Valdés y uno que otro anciano de juventud heroica, hoy con su familia dispersa por el mundo-, sino un montón de generales que, aunque intenten disimularlo, ya no creen en la Revolución. Hasta la llegada de Díaz Canel, nacido en abril de 1960, el poder estuvo siempre concentrado en aquellos que participaron del movimiento 26 de Julio, donde los más respetados de todos formaron parte de la toma del cuartel Moncada (1953) y el resto al menos disparó en la Sierra. Haber combatido por la Revolución fue hasta hoy un requisito indispensable para roncar en Cuba. Diaz Canel, en cambio, nació después de la conquista del poder, estudió ingeniería electrónica en su provincia natal de Villa Clara, fue melenudo y rockero, pero jamás desobediente a los lineamientos del partido. Hay quienes aseguran que llegó donde llegó, porque cuando Raúl reemplazó a Fidel hizo a un lado toda su malla política de confianza, entre quienes se contaban los habaneros Pérez Roque, Lage y Robaina. Díaz Canel se habría salvado por haber hecho carrera fuera de la capital. Prácticamente no hay otros políticos en el entorno de Raúl. El resto de sus cercanos son generales de las Fuerzas Armadas. ¿Qué puede esperarse de ellos? El tiempo lo dirá. Hay algo, sin embargo, que cualquier observador de los procesos políticos sabe, y es que cuando se abre un espacio en el poder, de inmediato comienza la lucha por llenarlo. Aquí hay una generación que termina su retirada. Nadie sabe a ciencia cierta, salvo sus protagonistas, qué sucede en los laberintos del poder cubano. Raúl Castro ha sido especialmente hermético. Su círculo de confianza está conformado en gran parte por familiares. Fuera de él, todo movimiento es tan sigiloso que resulta casi imposible adivinarlo. Si alguno deja rastros, la seguridad lo neutraliza. Es muy difícil anticipar lo que se viene, pero esta historia eppur si muove.