Por Adriana Guila Sosman *

La palabra “perdón” parece que se utiliza hoy en día como un comodín para escapar con los menores daños posibles de cualquier situación. “Perdón” se utiliza a diestra y siniestra por políticos, obispos y hasta el mismo Sumo Pontífice. No se puede negar que el hecho de pedir perdón es una señal positiva que conlleva el reconocimiento de un hecho que no debería haber ocurrido y, por ende, las personas que sufren de sus efectos deben pedir las disculpas pertinentes.

Ahora bien, no todos los “perdón” son similares, más aún cuando luego de pedir perdón la justificación del hecho cometido agrava la falta o muestra que no existe una real consciencia del daño producido y de la responsabilidad que le compete a quién lo produce.

Lo anterior ocurre en las lamentables declaraciones del Obispo de Talca, Horacio Valenzuela, brindadas hace dos semanas cuando dice: “Me equivoqué al no darme cuenta de que pasaban cosas malas, como pasó durante el gobierno militar, hubo mucha gente que no supo lo que pasaba y no eran culpables, simplemente no supo, pero eso se lo vamos a dejar a Dios”. En esta declaración hay mensajes ambiguos y confusos, de distintos niveles de lógica y de orden, que únicamente confunden y ensombrecen en un escenario ya pantanoso como es el del abuso y el secreto. La explicación del Obispo lo posiciona en un lugar similar al de cualquier persona que vivió el régimen militar, pero no cualquier persona detenta el poder que él tiene y tuvo al conocer de los abusos perpetrados al interior de la Iglesia, y ese poder implica responsabilidad y por ende complicidad con el silencio y el secreto guardado acerca de esas terribles transgresiones ocurridas a niños y niñas.

Esto se repite cuando el Ministro de Educación Gerardo Varela pide perdón por sus dichos acerca del uso del condón aludiendo a que él si les compra a sus hijos porque “son unos campeones”, pero está en contra de que existan en los colegios dispensadores de preservativos. Dichos que generaron mucha polémica de la población en general, y por los cuales posteriormente, y públicamente, pidió perdón. Pero este es un “perdón” buscando un beneficio propio, que es el de no pagar los costos políticos de sus dichos.

Como las declaraciones del Obispo de Talca o del Ministro de Educación, existen muchos ejemplos, que finalmente se traducen en gestos y manifestaciones de violencia simbólica sustentada y sostenida por la cultura hegemónica patriarcal y machista que tiñe los pensamientos y actitudes de las personas a cargo del “bienestar” de los ciudadanos.

Lo que aparece en estos discursos, luego minimizados con un “perdón” son las verdades del pensamiento de estas jefaturas políticas y religiosas acerca de la sexualidad, de las libertades individuales, del machismo y de las mujeres, entre otros. Estas verdades, que pueden sorprender y alarmar a una parte de la ciudadanía, especialmente a aquellos/as que se manifiestan en su contra, no van a desaparecer solo con disfrazarse de palabras de buena crianza o palabras políticamente correctas, estas verdades existen, están y desean perpetuarse en el sentir y pensar de nuestra sociedad.

El tema del “perdón” se ve en la violencia contra la mujer. El hombre que ejerce violencia luego pide perdón, promete cambiar, tal vez realmente desee cambiar, pero no lo hará hasta que tome conciencia de sus actos y los efectos de éstos. No se puede disfrazar la violencia porque justamente ésta tiene la característica de colarse entre las rendijas del inconsciente, de las palabras y de las acciones. El hombre que ejerce violencia contra la mujer pide perdón porque le promete a la mujer y se promete a sí mismo no repetir esa conducta de agresión, pero ejercer el poder que tiene para controlar y doblegar a su víctima, no es parte de esa petición de “perdón” y no lo es porque no desea renunciar a ese poder que asume como natural e inherente a su masculinidad.

Finalmente, en las declaraciones que hemos escuchado este último mes de algunos ministros y otros “personajes” que conforman el gobierno actual, se ha colado la violencia hacia la mujer, hacia los inmigrantes y por qué no también hacia los niños, y el perdón que se ha brindado es vacío y superfluo, es de humo, es aquel perdón de quién ejerce violencia y solo dice “perdón” para silenciar a su víctima.

Psicóloga Clínica Perito Judicial
Académica Facultad de Psicología UDP