Soledad Alvear y Gutenberg Martínez renuncian a la Democracia Cristiana, partido en el cual militaron por cincuenta años. Dicen que se van para construir un nuevo referente que sea capaz de transmitir de mejor manera los principios del humanismo cristiano. Probablemente, la renuncia también tenga que ver con que perdieron el control interno. Pero esta columna ve caras y no corazones. La pregunta es si acaso un proyecto como el que trama el tándem Alvear – Martínez tiene futuro en el Chile actual. La respuesta no es auspiciosa.

Que la Democracia Cristiana es un partido en franco declive no es un misterio. La evidencia señala que ha perdido un millón de votos en algunos lustros y que su influencia se ha debilitado dramáticamente en el mundo de la centroizquierda. El problema electoral, sin embargo, es un síntoma. Hay dos hipótesis que explican mejor la enfermedad que aqueja a la otrora poderosa DC. La primera es ideológica: la Falange de Frei Montalva y compañía irrumpe a mediados del siglo pasado como alternativa socialcristiana reformista al programa revolucionario del marxismo ateo, por el lado izquierdo, y al programa conservador aliado del “capitalismo salvaje”, por la derecha.

En ese escenario, la DC encontró un nicho ecológico que le permitió crecer y desplegarse hasta transformarse en el partido más grande de Chile. La interrogante es si acaso dicho nicho ecológico sigue existiendo. El socialismo se democratizó y a la derecha le empezaron a importar los pobres. La lógica normativa de los tiempos gira en torno a discursos de autonomía y derechos individuales. El debate liberal – comunitario terminó en los ochenta. ¿Qué aporte distintivo puede hacer la filosofía de Maritain en el Chile del año 2018? No es una pregunta sarcástica: es fundamental contestarla.

Los militantes que se emocionaron hasta las lágrimas con la Marcha de Patria Joven en los sesenta van camino al cementerio. Este no es un problema de conducción política: es el ciclo de la vida. La DC es un partido viejo y, principalmente, de viejos.

La segunda es generacional. Los militantes que se emocionaron hasta las lágrimas con la Marcha de Patria Joven en los sesenta van camino al cementerio. Este no es un problema de conducción política: es el ciclo de la vida. La DC es un partido viejo y, principalmente, de viejos. Todavía le queda suficiente stock. El drama es que no tiene mucho flujo. Confesarse democratacristiano a los veinte años es casi matapasiones. Los partidos sin cantera pueden sobrevivir un buen tiempo, pero el futuro no les pertenece. Los mejores socialcristianos de mi cohorte ya partieron buscando puertos que representen mejor la experiencia histórica de su generación. Algunos se fueron a Revolución Democrática (a fin, de cuentas, en su vivencia cultural ya se difuminó la línea divisoria entre humanistas cristianos y humanistas laicos), otros podrían sentirse interpretados por el socialcristianismo que se anida en Renovación Nacional –una frecuencia ideológica que interpreta sinceramente a su nuevo timonel Mario Desbordes.

Justamente por RN acaba de fichar el diputado Diego Schalpern, fundador del colectivo universitario Solidaridad, lo más parecido a una nueva Falange en la UC. Otros tantos se encuentran en estado de absoluta desorientación: no es posible quedarse en un barco que se hunde, no es moralmente permitido girar a la derecha, y no es digno rogarles a los hermanos chicos un espacio en sus nuevos referentes.

Si todo esto ya es problemático dentro de la DC, no queda claro en qué sentido estos obstáculos tienen solución fuera de ella. Si la primera hipótesis es correcta, entonces el discurso comunitarista socialcristiano enfrentará las mismas dificultades. Si la segunda hipótesis es correcta, entonces el proyecto al que invita el Gute es igualmente matapasiones para las nuevas generaciones. Leyendo estos contratiempos, Martínez anticipa que el liderazgo del nuevo movimiento lo deben tomar los jóvenes. Llega diez años tarde. Eso era lo que había que hacer pre-MEO. Después del 2011, especialmente, las lealtades e identidades políticas de la nueva generación quedaron más o menos fijadas -tal como antes habían quedado fijadas en 1988 o en 1973- y la tribu Gutista ya no empalmó con este clivaje. El barco de la renovación zarpó y los dejó abajo.

Gutenberg Martínez compara su renuncia a la mítica secesión del Partido Conservador que dio origen a la Falange en los años treinta. Tiene un punto: muchos partidos nacen de la costilla de uno anterior. La diferencia es que aquella renuncia la protagonizan jóvenes con toda la energía y la vida por delante para construir un partido desde sus cimientos: Eduardo Frei Montalva, Rafael Agustín Gumucio, Radomiro Tomic, Edmundo Pérez Zujovic, Manuel Antonio Garretón, entre otros. Lo de Alvear y Martínez, en cambio, se parece mucho más a la salida de Fernando Flores y Jorge Schaulsohn del PPD: dirigentes históricos, pero con escaso poder de convocatoria para imprimirle fuerza a un nuevo animal partidario. El Gute piensa en una nueva Falange. Lo más probable es que termine en otro ChilePrimero.
Quizás Gutenberg Martínez tenga razón y sea hora de abandonar un barco que se hunde. Pero las balsas de salvataje no llegarán muy lejos con las condiciones climático-ideológicas del país y una tripulación que apenas se puede los remos.