El libro más reciente de Carlos Peña, Lo que el dinero sí puede comprar (Taurus, 2017), constituye una ambiciosa formulación de sus temas más recurrentes: la búsqueda subjetiva de sentido, las diferencias entre la democracia y el mercado, las posibilidades y las desilusiones de la modernización. En su libro, el columnista despliega una fuerte construcción teórica en contra de quienes ven en el consumo – ese hábito tan familiar de la sociedad contemporánea – solo egoísmo, pequeñez, conductas dignas de reproche moral. El consumo, sostiene Peña, es un agente extraordinario de emancipación y construcción de la identidad, así como un modo primordial de relación frente a otros.

El mecanismo para lograr todo esto es el dinero. Mediante el sistema de precios, el dinero “desancla” las relaciones sociales, porque no tenemos que saber casi nada de nuestra contraparte (ni ella de nosotros) para entablar un vínculo con ella. Nuestros motivos, deseos y valores están fuera de juego. De esta manera, se construye un espacio de interacción en que nuestra subjetividad, aquellos aspectos más íntimos y personales, no están expuestos ante los demás.

A lo anterior se suma una pretensión específica: este es un libro de izquierda. Se trata, desde luego, de una izquierda liberal y progresista, sin afinidad con el Frente Amplio, y que no ve en la sociedad individualista una crisis de integración social, ni en la desigualdad una fuente permanente de conflicto.

La propuesta de Lo que el dinero sí puede comprar, entonces, es singular. A lo largo de su historia, la izquierda ha demostrado una preocupación especial por el fenómeno de la explotación. Cuando Marx declaró que en el capitalismo industrial no sólo la riqueza era inédita, sino también la miseria, consagró una de nuestras categorías políticas cruciales. Tentativamente, la izquierda incluso podría definirse como el intento histórico por articular y dar forma a esa intuición, por identificar las condiciones que la producen (y desafiarlas).

En la izquierda de Peña hay muchísimas virtudes. Pocos captan tan bien la inquietud moderna por la emancipación, el desarraigo, la “dialéctica del progreso y la desilusión” (Aron). Pero en esa aproximación también hay aspectos que pierde de vista. La emancipación es una conquista social, pero cuyos términos sólo pueden dictarse individualmente. Y en esas relaciones sociales desancladas pueden brotar nuevos espacios de opresión e injusticia. Y no es claro que el lenguaje de Peña contemple esa alternativa.

La sociedad dineraria tiene muchos problemas y desilusiones, pero entre ellos la explotación no ocupa un lugar importante. Por eso, esta transición entre una izquierda y otra es también un distanciamiento. Y ese cambio es tan genial como problemático. En la sociedad desanclada la izquierda logró emanciparse de sus ataduras, al costo de renunciar a sus intuiciones originarias.