Ese día las faenas cotidianas comenzaron más temprano en los toldos que respondían a la orientación de Winkawal y su hijo Inakayal. Y después del almuerzo, principió la marcha. “Yo iba adelante con Inacayal y Lenglier, y nos seguían sus dos hermanos Marihueque y Chiquilín y tres mocetones arreando veinticinco caballos”. Nótese la insistencia del visitante en situarse siempre en el primer plano… Los ocho jinetes y la caballada orillaron el Kaleufu por espacio de media hora, hasta arribar “a los toldos del viejo cacique Puelmai, a quien encontramos listo, montado, con todos sus mocetones y unos ochenta caballos”.

Recordemos que se trataba del lonko que el día anterior había compartido con Winkawal su recelo. Si la proporción de caballos por cazador era similar a la que traían Inakayal y los suyos, Puelmai y sus kona totalizaban 16 jinetes. “Los indios con la cara pintada de colorado o de negro para preservarse del sol y del viento que con violencia sopla en la pampa, estaban vestidos lo más ligeramente posible, teniendo sólo el chiripá y la huaralca de cuero de guanaco; en la cintura dos pares de boleadoras, uno de dos bolas para avestruces y otro de tres para los guanacos”, describió el hipotético homenajeado. Las diferencias entre las boleadoras “guanaqueras” y “choiqueras” persisten hasta hoy en las comunidades mapuches que se desparraman por las provincias argentinas de Neuquén, Río Negro y Chubut, evidencia que vence al tiempo y denota los profundos conocimientos de una cultura cazadora, además de mercantil.

Juntos, los hombres de Inakayal y Puelmai continuaron hacia abajo, siempre con la orilla del Kaleufu cerca. Tomaron la precaución de situarse delante de la caballada para no respirar el polvo que levantaba el tropel de más de 100 animales. Cox debió sentirse muy halagado si en serio supuso que la cacería tiene que ver con un agasajo, porque del otro lado del río una nueva polvareda denunció la presencia de más mapuches con sus respectivas montas. El punto de encuentro era la confluencia entre el Kaleufu y el Chimehuin (es decir, el Kollonkura de nuestros días). Después de vadear el contingente de Inakayal los dos ríos, se completó la reunión. “La comitiva se componía de treinta y ocho personas, unos doscientos caballos y unos ochenta perros”, calculó el chileno. Después de faldear la pendiente y echar pie a tierra para ultimar detalles, tuvo lugar un momento ceremonial que, una vez más, el observador intentó reducir a la barbarie.

Mientras que cada cual enlaza y ensilla el caballo que debe servirle en la correría, el viejo Puelmai saca de su vaina una especie de escalpelo que principia a afilar con cierto aire misterioso; cesan poco a poco las conversaciones y en medio del más profundo silencio rodean todos a Puelmai. Sacudiendo de sus hombros las huaralcas, quedan a medio cuerpo desnudos; entonces Inacayal, el primero, presenta el hombro derecho a Puelmai; éste tomándole el cutis con dos dedos lo levanta y hace con el escalpelo una doble incisión; ningún músculo de la cara del paciente reveló que experimentaba el más ligero dolor, una línea de sangre corrió hasta el puño; Inacayal, untando la otra mano, hizo aspersiones al sol acompañadas de roncos gritos rogando al Hualicho (itálica en el original) para que se manifestase favorable al buen éxito de la caza, y agitando enseguida el brazo herido probaba la agilidad adquirida con la operación; después se echó tierra en la herida y se apartó. Esta bárbara ceremonia se repitió con cada uno de los circunstantes.

Al término del ritual a Puelmai también le practicaron las incisiones. Cuando el chileno recibió la invitación de participar, se excusó. Argumentó que no sabía manejar las boleadoras y que simplemente, era un espectador. ¿Pensaría todavía que tamaños despliegue y solemnidad tenían que ver con su supuesta importancia? Su negativa, ¿tendría incidencia en la suerte que correría? Puede especularse que si antes de la ceremonia Puelmai albergaba sospechas sobre su honestidad, probablemente cayera muy mal su abstención. Lejos al oeste el volcán Lanín presenció la escena que, según la descripción de Cox, tuvo lugar a la vista del Kaleufu el Chimehuin y el valle del Limay, a tres leguas de su naufragio. En la actualidad, la fisonomía fluvial de entonces presenta características radicalmente distintas, a raíz de las inundaciones y lagos artificiales que generaron las represas. El último de los ríos ya no tiene vida, según la idiosincrasia mapuche.

Puelmai e Inakayal dieron las instrucciones pertinentes. Como resultado tres peñi y algunos pichiche arrearon a la caballada en línea, para que avanzara sobre el valle. El resto de la partida se dispuso en los cañadones laterales para interceptar a los choike y guanacos que huirían, ante el estrépito que provocarían centenares de caballos. Así se hizo, con el añadido de los cencerros que poseían las yeguas guías. Una organización formidable a la que Cox comparó con “un escuadrón tomando distancia para cargar al enemigo”. En plena embestida, tuvo la oportunidad de presenciar otra alternativa que le impactó tanto por la elegancia como por la destreza y la estatura moral de su anfitrión, el hijo de Winkawal:

… sobre los caballos, en el aire, como en un campo de batalla, describían sus órbitas inmensas repugnantes jotes, esperando el fin de la pelea para hartarse de cadáveres, que en ese caso iban a ser los desperdicios de los guanacos y avestruces. Uno, más audaz que los otros, revoloteaba a distancia de unas veinte varas sobre nuestras cabezas; se lo mostré a Inacayal; éste tenía reputación de boleador, no quiso dejar escapar la ocasión de darme una prueba de su destreza; el jote estaba en la posición más difícil de lanzar los laques (itálica en el original), se hallaba verticalmente sobre nosotros y sin embargo no escapó a la suerte que le aguardaba. Mi compañero hizo girar sus boleadoras: lanzadas con la rapidez del rayo, las bolas envolvieron con el cordón que las ligaba las alas del buitre, y el pájaro cayó a nuestros pies. A mis felicitaciones, Inacayal me contestó que cualquiera haría lo mismo, y satisfecho, dejó libre al pájaro.

No mucho tiempo después, el chileno pudo constatar que el lonko tenía razón, porque observó en el resto de los cazadores idéntica maestría. Y al menos por unos momentos, se dejó fascinar por la ruda belleza del episodio. Ya los cazadores se habían desembarazado de sus waralka, que entonces descansaban sobre las ancas de los kawel:

De esas pieles salen cuerpos desnudos y vigorosos sobre los cuales se agitan brazos que hacen girar el mortífero laque. Todo el valle resonó entonces con los gritos de los indios y el ladrido de los perros. Aquí, es un choique que cae enredado por las bolas; más lejos, es un guanaco que se defiende contra el ataque furioso de muchos perros; varios grupos desaparecen en espesas nubes de polvo. Inacayal había escogido un guanaco que parecía olvidado de los otros indios. Parte a carrera, lo sigue; ya los perros adelante fatigaban al animal, pronto lo alcanza, arroja el laque con la mano diestra y el guanaco cae enredado en medio de una masa de perros y de polvo. Inacayal llega, echa pie a tierra y concluye la lucha perdiendo su cuchillo en el cuello de indefenso animal.

Durante el desarrollo de la cacería pudo observar el intruso que sus anfitriones respetaban reglas muy específicas, aunque páginas antes juzgara que entre los pewenche no existían normas. Según pudo establecer, las plumas quedaban en poder del cazador que boleaba al choike. Entre dos animales se reunía una libra de plumas, volumen que en las transacciones que los peñi harían en Carmen de Patagones, significarían “40 pesos papel, o sea 2 pesos fuertes”. También quedaban en poder del boleador las patas porque los nervios se utilizaban en las labores de costura de sus mujeres. En cambio, la apetitosa carne del choike se dividía entre todos los jinetes que habían participado de su persecución. Por su parte, al lograr un luan o guanaco, Inakayal se hizo acreedor de su cuerpo, mientras que usualmente la cabeza de la pieza se adjudicaba al lonko principal de la partida.

El resto del animal se distribuía igualitariamente entre los demás. Recién al caer la noche los cazadores abandonaron la tarea, vital en muchos sentidos para la economía de sus respectivas familias. Y se dispusieron a cenar en cuatro fuegos, uno de ellos con Inakayal como figura central. Allí sació su hambre Cox y pudo apreciar otra característica de sus “bárbaros” anfitriones: “Entre cazadores civilizados, cada uno se habría apresurado a contar las hazañas de la jornada; pero los indios tienen otro carácter, ninguno dijo que había muerto más que los otros ni boleado con más destreza; se habló de cosas indiferentes”.

Es que la exaltación del individuo no era propia de los lofche mapuche pewenche cuando todavía restaban unos 16 años para que principiara la Campaña al Desierto y su posterior incorporación al funcionamiento capitalista, en un rol de subordinación que todavía persiste. Durante esa velada, Inakayal aprovechó la presencia del winka para hacer unas preguntas, porque “en sus viajes había oído hablar de unas cuantas cosas productos de otros países sobre los cuales me hacía cuestiones; las naranjas del Brasil, serpientes, indios con el cuerpo negro, leones, etc”. Puede inferirse que el lonko era un hombre informado, curioso y con inquietudes.

La cacería se estiró por una jornada más y recién en la mañana del 15 de marzo “se hicieron los preparativos para volver a los toldos”. Por más estima que Inakayal sintiera por su visitante chileno, es evidente que tamaña tarea no tuvo que ver con prodigar honores, sino con recrear una práctica económica de importancia considerable para el conjunto de los lofche que intervinieron. De hecho, Cox contabilizó 42 choike y 14 guanacos como resultado de la expedición. El número de presas se incrementó un tanto durante el retorno, porque los peñi continuaron con sus persecuciones. Al arribo, se expresó satisfacción; “mis compañeros, recibidos con alegría por sus mujeres a quienes traían buena provisión de carne, plumas y cueros”. El itinerario de los cazadores se había extendido 15 leguas al este de la toldería del Kaleufu.

Al día siguiente, se resolvió finalmente la suerte de Cox y sus compañeros de viaje. Todavía amanecía cuando Inakayal ordenó su comparencia en compañía del lenguaraz Dionisio. El hijo de Winkawal explicó que mientras se practicaba la cacería, “habían venido chasques de todos los caciques pidiendo nuestra expulsión inmediata de la tierra”. Según transmitió Inakayal, uno de los lonko inclusive había amenazado con venir en son de malón para ultimar a los winka, aunque alguien se atreviese a defenderlos.

Por su parte, Inakayal expresó que de todas maneras viajaría a Carmen de Patagones en su compañía si quisiese insistir. Pero Cox entendió que su vida corría peligro y desistió. Entonces, “esas palabras parecieron aliviarle de un gran peso”.

A pesar de la gravedad de la situación, Inakayal propuso que el chileno retornara el año siguiente para persistir en el intento pero le advirtió que partiera “lo más pronto posible, porque quién sabe hasta dónde podía llegar la cólera de los caciques del norte, celosos de mi posición de secretario, compañía de la cual ellos creían que Inacayal sacaría ventajas particulares en las negociaciones de paz”. Como en ese instante llegara Motoco Cárdenas al galope y formulara la misma advertencia, la partida de los winka no se demoró.

Me despedí del viejo Huincahual y del tío Jacinto; las mamas Dominga y Manuela estuvieron a punto de derramar lágrimas. Inacayal, Dionisio y Celestino me vinieron acompañando hasta el otro lado del Caleufu, en donde se hallaba Huentrupan, a caballo. Entonces Lenglier y yo, no sin una cierta emoción, apretamos las manos de Inacayal, Dionisio y Celestino, y dando espuelas partimos a toda carrera.

Esa noche ya no hubo visitantes molestos en el lofche del Kaleufu.

Desde que la expedición chilena naufragara en aguas del río Limay a comienzos de enero, sus integrantes entraron en tratativas con otros cinco lonko a los que Cox denominó siempre pehuenches. En primer término, los náufragos arribaron a los toldos de Paillakan, que nunca disimuló su irritación por la falta de respeto al protocolo de aquellos tiempos. En efecto, los trasandinos no se habían dignado avisar de su llegada, quizá porque supusieron que el correntoso Limay respetaría de más su frágil embarcación. Una vez que pactaran con el irascible padre de Quintanahuel y Foiguel el cruce a Valdivia para retornar con diversas mercaderías, los desafortunados viajeros pasaron por el estero de Quemquemtreu, donde dieron por primera vez con la gente de Winkawal.

En su camino hacia el poniente cordillerano, arribaron más tarde al lofche de Trureupan, cuyos toldos ubicó Cox cerca de Huechuhuehuin. Al norte del lago Lacar, residía a comienzos de 1863 el lonko Wentrupan, cuya parcialidad era la más occidental si se tomaba como punto de referencia a la cordillera. Además, “a orillas del Chimehuin” tenían su residencia Huitraillan y los integrantes de su comunidad.

Después de aprovisionarse en Valdivia para pagar el rescate de los peones que habían quedado en los toldos pewenche y reintentar la travesía hasta Carmen de Patagones, Cox deshizo sus pasos, ahora en dirección hacia el Puelmapu. Todavía al oeste de las montañas, constató que los pewenche tenían parientes que residían entre la ciudad de los ríos y las elevaciones, y que acostumbraban a tomar participación decisiva en los asuntos que tenían lugar al este cordillerano. A su regreso, sentó sus reales a orillas del Kaleufu, en el espacio territorial de Winkawal e Inakayal. Fue allí donde conoció además al lonko Puelmai, quien también hizo saber su descontento. De todas maneras, el relato del chileno galés atribuye a “los caciques del norte” la palabra decisiva que determinó el abandono de su proyecto.

Tenemos derecho a especular. Parece inverosímil por sus dimensiones y por la importancia de la presa que la cacería que llevara a los chilenos 75 kilómetros hacia el este se organizara en homenaje a una persona que inspiraba sospechas. Y llama la atención que en justa coincidencia con su ausencia arribaran al Kaleufu “chasques de todos los caciques” con la clara determinación de solicitar “su expulsión inmediata de la tierra”, incluso a través de amenazas.

Recordemos que Inakayal se ausentó en varias oportunidades durante horas mientras se estiraba la permanencia de los trasandinos en los toldos de su padre. Podemos imaginar que mientras Cox se maravillaba con los galopes infatigables de los pewenche y la precisión de sus boleadores, se desarrolló frente al toldo de Winkawal un trawün en cuyo transcurso, los werken se inclinaron por exigir su alejamiento de la Mapu.

¿Había concertado durante sus paseos Inakayal la concreción de ese parlamento? ¿La cacería funcionó además como maniobra de distracción para que el viajero trasandino no pudiera contabilizar a los werken de “todos los caciques”, incluidos los “del norte”?

No podemos asegurar de qué manera se sucedieron los acontecimientos pero evidentemente se puso en marcha el estilo mapuche de arribar a decisiones políticas. Al igual que entre los rankülche, “en esta tierra el que gobierna no es como entre los cristianos. Allí manda el que manda y todos obedecen. Aquí, hay que arreglarse primero con los otros caciques, con los capitanejos, con los hombres antiguos. Todos son libres y todos son iguales”, según contaba Mariano Rosas. Entre los pewenche sucedía otro tanto.

Adelanto de Adrián Moyano publicado por Revista Anfibia