Aborto, Isapres, Baños Transgéneros, Acoso Callejero y Educación no sexista. Esos son los temas de “fondo” que se están discutiendo en paneles de televisión, en columnas y la explosión “feminista” que se ha tomado las redes sociales y las “calles”.

En Chile hay más de 9 millones de mujeres y esas demandas que hoy se toman la agenda pública no representa a la inmensa mayoría de ellas. No representa a cientos de miles de mujeres que se levantan a las 5 de la mañana todos los días, que son humilladas en las micros, en el Metro y en el camino a sus trabajos y de vuelta a sus hogares, tarde en la noche. No representa a aquellas abnegadas jefas de hogar que tienen que hacerse cargo de sus familias, criar a sus hijos, alimentarlos y protegerlos de la droga y la delincuencia. No representa, en caso alguno, a aquellas mujeres que se levantan todos los días para conseguir un cupo en el consultorio para su hijo enfermo, mujeres que pertenecen al 80% de los chilenos que no están en las Isapres.

¿Se imaginan como estaría el país si esas mujeres, esas verdaderas mujeres, se tomarán las micros, los consultorios y las plazas de Chile exigiendo un transporte digno, una salud de calidad o seguridad en sus barrios? Para ellas, el acto “heroico” de un grupo de mal llamadas feministas que se toman una Universidad con un petitorio tan ajeno a sus realidades debe ser un chiste de mal gusto.

Lamentablemente, el Gobierno cae en la trampa política de la izquierda ideológica. Luego de la estrepitosa derrota electoral de diciembre, la oposición no tenía por dónde articular un posicionamiento político para enfrentar al Gobierno. No lo lograron con la educación, pero sí fueron exitosos con la marea feminista. Con mucho rigor y con la complicidad de dirigentes cercanos al Frente Amplio, lograron capturar la atención de la agenda pública, articular una gran marcha y tomarse los símbolos que tanto atraen a columnistas, periodistas influyentes y catones morales de la elite criolla.

Tanto así que incluso, la propia Michelle Bachelet, responsable de los retrocesos para las mujeres en la última década, se da el lujo de escribir una columna apoyando el movimiento; Beatriz Sánchez se pasea por los campus universitarios como “lideresa” de la revolución y los dirigentes políticos de izquierda se ufanan de su compromiso feminista y de este nuevo movimiento social que nace para salvarlos nuevamente, al igual que el 2011.

Es en esta hora, donde nuestras convicciones deben estar más firmes y nuestra voz más clara para no ceder ante estas maniobras político comunicacionales. Nosotros nos debemos a las millones de mujeres verdaderas de Chile, aquellas que son la columna vertebral de nuestros hogares y de nuestras vidas. Aquellas que trabajan, en la casa o en una oficina, y que son las principales responsables de la crianza de nuestros hijos, de la transmisión de valores y de la formación de carácter. Aquellas que no necesitan cambiar el lenguaje de nosotras a nosotres para defender sus derechos ni de una ordenanza populista para enfrentar a un vendedor de ensaladas.

No cometamos el error de hace 7 años, cuando un grupo de jóvenes maniobrados por la izquierda lograron inventar una revolución estudiantil que terminó en leyes desastrosas para la educación en Chile y con varios de sus dirigentes en el Congreso. No permitamos que nuevamente un movimiento de elite termine obligándonos a legislar según la conveniencia de la izquierda y siendo un salvavidas para su derrota electoral. No se confundan, esas encapuchadas que hoy se toman la Universidad Católica y que se desnudan para conseguir una portada y el apoyo popular, no representan ni representarán a millones de mujeres chilenas.