Desde el 24 de abril Eivy Ágreda se aferraba a la vida. Estuvo 38 días en cuidados intensivos en un hospital de Lima. En ese tiempo supo que un hombre le arrojó un líquido cuando estaba sentada dentro de un bus de regreso a su casa, lo vio encender un fósforo. Y ya no supo más.

Su muerte, ocurrida la mañana del viernes, ha conmocionado al país, que tiene una de las tasas más altas de feminicidio en una región que es considerada por la ONU como la más peligrosa para la mujer.

Entre enero y abril de este año se han registrado 43 feminicidios, un alza de un 26% con respecto al mismo periodo del año pasado, según cifras oficiales.

Al enterarse de su muerte de la joven, el presidente Martín Vizcarra, quien visitó a Ágreda hace pocos días en el hospital donde luchaba por su vida, afirmó que el agresor “no tiene perdón” y “debe quedar de por vida en la cárcel”.

Vizcarra anunció que buscará “sancionar con el mayor rigor a todo aquel que maltrata y acosa a una mujer” y que dispuso que la policía atienda con mayor celeridad las denuncias de maltrato o intentos de feminicidio.

El atacante
Carlos Hualpa se había obsesionado con Ágreda y pretendía “darle un escarmiento” porque lo había rechazado.

Por un par de días, Hualpa, quien es cocinero, negó haber atacado a la joven, quien resultó con el 60% de su cuerpo quemado. Sin embargo, luego confesó cómo había planificado el ataque.

Contó que la siguió sigilosamente y, cuando el bus al que había subido Eivy empezaba a ponerse en marcha, le arrojó la gasolina que camuflaba en una botella de yogurt. Después le prendió fuego.

Al menos 10 personas que viajaban en el vehículo resultaron heridas. Hualpa huyó, pero cámaras de seguridad registraron su carrera. También estaba herido. La mano con la que prendió el fuego se quemó y eso permitió que horas después la policía lo detuviera.

Un “amor” mortal

“Sólo quería desfigurarla”, dijo a la policía. Estaba molesto por los constantes rechazos que recibía de la joven de 22 años y que estudiaba Negocios Internacionales y también trabajaba.

Para poder lograr beneficios se acogió a la figura de confesión sincera. La justicia pidió nueve meses de prisión preventiva pero ahora que su víctima falleció podría ser sentenciado hasta 35 años de cárcel.

“Quería hacerle daño a su cara, porque ella se aprovechaba de eso. (…) Ella siempre decía que su cara era bonita (…) Tenía un ego tan elevado que a veces presumía, entonces yo quería acabar con eso porque yo sabía que a mí no más no me había hecho eso. Sino que le había hecho (eso) a otros también”, dijo a la policía.

El perfil psicológico elaborado por la policía indica que el hombre es sensible frente a críticas y agravios, que tiene baja autoestima y se tornó rencoroso y hostil.

Ante cámaras se le vio llorando pidiendo perdón y afirmando que amaba a Eivy.

La lucha de Eivy

En el más de un mes que estuvo internada, Eivy Ágreda fue sometida a 12 operaciones.

En las primeras cinco le retiraron tejido necrótico y las demás fueron para colocarle injertos. Prácticamente permaneció sedada para evitar que sintiera dolor durante los primeros días tras el ataque.

Cuando la mujer logró despertar, los médicos la mantuvieron con analgésicos, pero pudo conversar con sus padres, hermanos y especialistas.

“Quería volver a sus estudios, a su trabajo. Ella dijo que quería vivir. No recordaba el ataque”, dijo a la prensa Luis Bromley, su médico tratante.

Su familia estuvo todo el tiempo con ella. Nunca le contaron sobre la gravedad de sus heridas, solo le comentaban sobre las visitas que recibía y las cosas que pasaban en casa.

Los doctores describen que Eivy era fuerte y que su cuerpo resistió cinco semanas; sin embargo, no pudo contra una infección generalizada.

Tuvo una falla multiorgánica tras cinco días de permanecer sedada. De haber resistido hubiera tenido que ser sometida a, al menos, unas 10 cirugías de reconstrucción, dijeron los médicos.

“Que la justicia sea implacable”, pidió su hermano James Ágreda.

Nota de Mónica Vargas para Univision.com