“La Iglesia chilena es una Iglesia que está sufriendo, que está humillada porque ha tocado el fondo de su propia realidad, pero desde ahí puede brotar realmente una Iglesia humilde, no la triunfante y gozosa”, dice, viendo el vaso medio lleno de la crisis que atraviesa la institución en Chile.

El sacerdote jesuita colombiano Roberto Jaramillo es el presidente de la Conferencia de Provinciales en América Latina y El Caribe, CPAL. Hace algunas semanas en Chile se realizó un encuentro de Centros Sociales de la CPAL y en razón de ello nos visitó. Es oriundo de Manizales, Colombia, y cuenta con una vasta trayectoria en temas sociales y Latinoamericanos. Antes de presidir la mencionada organización, fue Delegado del Sector Social de la misma entidad y Superior de la Región de la Amazonía brasileña.

En la discreción de los patios de la Casa Loyola, en la comuna de Padre Hurtado, donde fue el encuentro conversamos con él, este es su análisis: “La Iglesia chilena es una Iglesia martirial, porque por los pecados de unos, sufre toda la Iglesia, aunque no creo que sea toda. Todos tenemos pecados. Todos los cristianos miembros de la Iglesia tenemos pecados y nadie tiene el derecho de decir quién es más y quién es menos pecador. Pero por las responsabilidades que tenemos los curas, los obispos, los representantes de la Iglesia, más cuentas nos van a pedir. En tercer lugar, es una Iglesia de la cual tenemos que aprender mucho. Está pasando por la noche oscura del alma ahora, va a estar crucificada y la van a seguir crucificando, pero más allá de la cruz, existe la resurrección. Y de la verdad surge la vida. Cada vez que uno habla con alguien aquí en Chile, ve la dificultad de ser profetas hoy, de comunicar la buena nueva, pero esta crisis no llama a volver a poner el énfasis en las cosas fundamentales. En la medida que la Iglesia esté al lado de los pobres, luchando por la justicia, por los marginados, será una Iglesia profética”.

-Es una ardua y, sin duda, larga tarea.

-Sí, de reparación y de llegar a ser en verdad una Iglesia humilde. Esto de ser humilde implica un gran desafío: todos quieren llegar a ser humildes sin ser humillados. Clinton no supo ser humilde, Trump no es ni una pizca de humilde.

Roberto Jaramillo (55) es un típico jesuita moderno, lejos de las sotanas y de los trajes con cuello clerical. Antes de hablar con él, algunos de sus colegas advierten que como buen colombiano, es conversador. Locuaz, cálido y muy conocido entre sus pares jesuitas. Desde hace un poco más de un año preside a la CPAL, que a los laicos no conocedores de la entidad suena a CEPAL, la Comisión Económica para América Latina y el Caribe. Por eso, el padre Jaramillo se apura en aclarar que esta entidad jesuita es “un órgano de organización y coordinación de trabajos interprovinciales e intersectoriales de la Compañía de Jesús en América Latina. Hay seis conferencias: Una en Asia Meridional (India), Asía Pacífico, África, Europa y Asia Menor, Estados Unidos y Canadá y América Latina y el Caribe”.

-¿Cómo están las vocaciones en América Latina?

-En la Compañía no estamos bien pero tampoco mal. Ni chicha ni limonada, pero obviamente estamos decreciendo. Hay más muertes que entradas, la curva generacional es muy pronunciada. Y eso es en la Compañía mundial. Hay regiones en el mundo en donde hay más vocaciones. Estados Unidos, por ejemplo, es una de las Conferencias donde más hay, para sorpresa de muchos. Y Asia Pacífico, África. Nosotros en América Latina, es un cálculo que hago no es una tasa medida, estamos en un 0,8. O sea que para reemplazar a un jesuita necesitamos tres.

-¿A qué se debe lo que pasa en América Latina?

-Tengo dos elementos que pueden ayudar a explicar. Uno demográfico, que no es menospreciable, es que la tasa de natalidad ha decrecido enormemente. Entonces es muy difícil para una familia cualquiera ceder a un hijo. Esa es una razón pragmática. Otra tiene que ver con que ser cura, monja o consagrado, y entregar la vida al servicio de los pobres, los marginados, la justicia, no es una opción atractiva. Independientemente de las fallas que nosotros tengamos, se han perdido valores como el de la austeridad, la familia, la consagración, la abnegación, la entrega. Vivimos en una sociedad donde los niños crecen marcados por el deseo de satisfacer su bienestar. No hay muchos ideales. Pero no es sólo la Iglesia, es la crisis de la política, del voluntariado, de los valores en general.

-Hace unos meses se reunieron en Panamá para tratar la crisis de Venezuela y la migración. A Chile ha llegado un buen grupo de venezolanos. ¿Cómo ve esa situación?

-La mayor crisis migratoria que estamos viviendo está ligada a Venezuela. Entre Colombia, Brasil, Ecuador, Perú, Chile y República Dominicana, se estima que deben haber entre cuatro y cuatro millones y medio de venezolanos que han salido en estos últimos años. Nos reunimos para ver cómo podemos hacer más concreta nuestra solidaridad. Una estrategia que estamos poniendo en práctica es el hermanamiento entre obras y comunidades jesuitas de América Latina con obras y comunidades jesuitas de Venezuela. Otra es sacar las lecciones del proceso de degradación de la democracia venezolana, que no es sólo una crisis venezolana, sino de toda la democracia Latinoamericana y mundial. También estamos presionando a los gobiernos nacionales, a los ministros de relaciones exteriores y a los presidentes para que acojan mejor a los venezolanos. Que se hagan los mejores esfuerzos posibles para que Venezuela se abra a la ayuda humanitaria que necesita y que Maduro no quiere reconocer: gente que pasa hambre, enfermos que no consiguen lo mínimo en remedios y tratamientos. La idea es que los gobiernos latinoamericanos se comprometan a trabajar por una solución política y no militar ni intervencionista en Venezuela.

-¿Qué podemos hacer ante una sociedad chilena que se ve amenazada porque vendrían a quitarnos el trabajo y otra serie de mitos asociados a la migración?

-Esas son reacciones naturales contra esta proliferación de migrantes venezolanos. Hay que ser inteligentes y entender que todos fuimos migrantes en estas tierras. Si nos tenemos que ir, nos vamos todos y les dejamos las tierras a los habitantes originales. Hay que usar todos los medios institucionales posibles, desde parroquias, medios de comunicación, colegios, lo que sea, para crear conciencia de que antes que chavistas, maduritas, izquierdistas o derechistas, tenemos una crisis de seres humanos. Hay niños, ancianos, mujeres y hombres, que no tienen un lugar donde vivir y eso no puede suceder sobre la tierra, donde sea.

Los ojos le brillan al hablar de su familia: papá, mamá y cinco hermanos, todos nacidos en la ciudad de Manizales, en Colombia. Parte de su vocación viene de ahí. Su padre solía confesarse con un sacerdote jesuita y su madre, que aún vive en Manizales, siempre fue una mujer dedicada a labores parroquiales. “Era una familia con cierta tradición clerical”, dice a propósito de que tiene tías y primos que son religiosos.

Jaramillo lleva 37 años en la Compañía, 18 de los cuales los pasó en Manaos, Brasil. De esos derroteros, cuenta: “Manizales es una ciudad pequeña en Colombia, con unos 350 mil habitantes. Está en una zona cafetera. Mi familia es paisa, los paisa son de la región de Antioquia. Mi padre fue médico pero fue el único de una familia campesina, muy ligada a la zona rural, al cultivo del cacao, del ganado. Mi madre es bogotana, pero toda su vida ha vivido en Manizales. Soy el cuarto de cinco hijos y estudié con los jesuitas hasta sexto bachillerato. Entré a la Compañía en 1981. De niño fui normalito. Ni muy buen estudiante, medio-medio. Nunca me gustó mucho el deporte, pero me apuntaba a todas las cosas. Éramos 79 primos, yo no era ni el 79 ni el primero, siempre el medio-medio. No me destacaba por nada”, se describe, con modestia.

-¿Cómo fue su vida en Amazonas?

-Dichosa. Estuve 18 años destinado a Brasil, de los cuales cuatro fueron saltados, yendo a París a hacer mi doctorado. Diez los pasé trabajando en Manaos, con comunidades populares e indígenas de la ciudad, indios urbanos. Y los últimos tres años y medio, en una reserva indígena en el norte de Brasil, al lado de Boa Vista, que se llama Bonfim, en el borde con Guyana. Ahí trabajé entre macuchis y wapixana, que son dos comunidades indígenas. Todavía queda una comunidad de jesuitas que vive con ellos. Hay que ir para experimentarlo. Es otro mundo. Un pueblo pequeñito, de unos cuatro mil habitantes y 22 comunidades indígenas. Íbamos los fines de semana o en la semana uno o dos días a quedarnos con las comunidades para acompañar a los catequistas, celebrar, escuchar a las personas. Casi todos los hombres hablan portugués y las mujeres menos. Los niños están aprendiendo portugués, pero también su idioma. O macuchí o wapixana. Son dos idiomas caribes, distintos los dos, pero que se mantienen vivos, con cantos. Realmente, fue un tiempo de dicha.