Y entonces se siente humillado, indigno, vencido. Le tiemblan las manos al levantar la taza de té y antes de que llegue a la boca la devuelve sobre el plato. Duda de todo. “¿Y tú que piensas de…?” Y la verdad es que no piensa nada. El miedo empaña el universo. El miedo a equivocarse una y otra vez como si el error comandara su personalidad. ¡Qué personalidad ni qué nada! Quiere pedir perdón antes de causar furia, perdón porque sí y porque no, perdón por ser así y asá, por despertar, por decir y por callar. Le pican los ojos, arden sus lágrimas en el rabillo, le sudan las manos, la sangre se le aligera y su cuerpo languidece.

Todos lo odian, todos hablan mal de él: enciende su teléfono y saltan los insultos en su contra. Juraría que incluso el aire lo desprecia. “¿Por qué me respiras tú, porquería humana?” parece decirle mientras entra por sus narices, y cae de rodillas ante el aire, en el aire, tragado por el aire. El prójimo como amenaza, como juez a punto de dictar condena, como fusilero mirándolo con ojos de cañón.

Todo lo aterra, todo lo acusa, todo lo desprecia. No domina los significados de sus palabras ni se cumple la intención de sus gestos. Menospreciarlo es garantía de inocencia, considerarlo imbécil una prueba de inteligencia, tratarlo como a un delincuente una demostración de honestidad. Miradas furiosas asoman en la noche. Culpas imaginarias lo despiertan apenas concilia el sueño. Conciliar, conciliar… es lo único que quiere. Llueven escupos, su presencia molesta, sus opiniones irritan, sus deseos enervan, su familia enfurece, sus logros violentan, sus caídas alegran, su angustia se festeja, se brinda por su dolor, ojalá no existiera.

Se levanta y ve la jauría que lo busca, salivando cada vez más mientras huye, porque su transpiración helada es lo que más le gusta a la jauría. El mundo es un tornado repleto de horas que lastiman, de luces que queman, de sonidos que abruman. Su miedo es la risa de los otros. Su fragilidad es la fuerza de los otros. Ellos levantan las copas y se excitan a medida que desmaya. Ya es una presa fácil y nadie lo defiende, porque en el infierno los valientes son aquellos que apuntan con el dedo. Qué daría por una mano, por una pregunta, por un instante de complicidad y comprensión. Pero ya es tarde: esos no son deseos para un condenado.