En medio del horror, en primera línea de batalla. Sin piedad ni anestesia, ahí colocó al espectador el director Steven Spielberg en “Saving Private Ryan”, una cima del cine bélico, cuya secuencia del desembarco llevó a la gran pantalla la muerte, el caos y la desesperación de las guerras.

“Saving Private Ryan”, que se estrenó hace 20 años el 21 de julio de 1998, duraba casi tres horas, pero, pese a estar repleta de momentos brillantes, la maestría de esta cinta para pasar a la historia del cine se concentraba en sus veinte primeros minutos, en los que Spielberg recreó de forma muy cruda el desembarco de Normandía en la Segunda Guerra Mundial.

“La playa de Omaha (uno de los sectores de la operación militar) fue una carnicería (…). Con eso en mente, no quería traer mi voz estadounidense para idealizar lo que realmente sucedió: intenté ser lo más brutalmente honesto que pude”, señaló el cineasta en el “making of” (así se hizo) del filme.

Como si fuera un soldado más de las tropas aliadas, la cámara de Spielberg se colocó, desde el primer momento, en las lanchas en las que los militares esperaban, aterrorizados y apretujados para saltar a una muerte más que posible ante las ametralladoras nazis.

Vómitos, temblores de manos, rezos desesperados: en el desembarco de “Saving Private Ryan” no había lugar para los mensajes heroicos o patrióticos, pero sí para el terror más humano.

Y es que la obsesión de Spielberg, que cinco años antes había presentado “Schindler’s List” (1993) sobre el Holocausto, era ser lo más realista posible, como si rodara un documental bélico.

“Las escenas de combate eran como imágenes de un noticiero (…). Sentíamos que éramos como reporteros de guerra”, indicó Spielberg sobre la estética documental que, con cámara en la mano y sin banda sonora, empleó en el desembarco.

Todavía unos años antes de que los efectos digitales cambiaran por completo los rodajes de las superproducciones, “Saving Private Ryan” recurrió a unos 1.500 extras, muchos de ellos reservistas irlandeses, para reimaginar, durante quince días y en una playa del sur de Irlanda, el desembarco de Normandía.

“La preparación y planificación fueron inmensas y, del presupuesto total de 65 millones de dólares (de la película), se estima que unos 12 millones se gastaron filmando (el desembarco)”, dijo en 2006 al periódico irlandés Irish Independent el productor asociado Mark Huffam.

Sin embargo, Spielberg tenía claro que no quería tomas aéreas o secuencias espectaculares, ya que la clave de estos primeros veinte minutos de “Saving Private Ryan” tenían que ser los detalles, los pequeños episodios dramáticos, azarosos o desafortunados en cada rincón de la escena.

La orilla roja por la sangre, el soldado amputado que busca su brazo mutilado entre los disparos, militares ahogados por el peso de sus equipos, los capellanes y enfermeros haciendo lo imposible, o un joven en lágrimas y completamente paralizado fueron solo diminutos detalles, que apenas aparecían unos segundos, pero que servían para reflejar el horrendo desastre de las batallas.

Con esta visión muy humana y nada estilizada de la guerra, “Saving Private Ryan” fue un éxito de taquilla al recaudar 482 millones de dólares, lo que la convirtió en la segunda película más taquillera de 1998 solo por detrás de “Armageddon”.

Junto a Tom Hanks como estrella, la cinta incluía a un emergente Matt Damon, que venía de brillar en “Good Will Hunting” (1997), o a un desconocido Vin Diesel, que todavía estaba lejos de las carreras y la adrenalina de la saga “Fast & Furious”.

Seleccionada en 2014 para su preservación en la Biblioteca del Congreso de EE.UU., “Saving Private Ryan” encandiló a la crítica y se llevó cinco Óscar, pero no pudo ganar la estatuilla de mejor película, que fue para “Shakespeare in Love” (1998).

De cualquier forma, “Saving Private Ryan” permanece como un retrato muy conmovedor y audaz de la guerra y también, en palabras del realizador, como un símbolo de esperanza en la oscuridad.

“Realmente no hay ninguna lección, ya que todos sabemos que la guerra es un infierno. Hagas una película realista de la Segunda Guerra Mundial o una mala película que no sea muy realista, el mensaje es el mismo en cada una de las historias: la guerra es un infierno”, dijo.

“Así que la otra historia que me atrajo a esta película es cómo encuentras la decencia dentro del infierno”, finalizó.