Por María Fernanda Cartes y Sergio Vargas

Aquel sábado en la calle Teniente Mery, Conchalí, la casa 2030 mantenía su oscuridad habitual. Ese día, Elsa Yolanda Ayala Castro, de 89 años, y Jorge Mario Olivares Castro de 84, compartían sus últimos momentos juntos antes de enfrentarse a uno de sus miedos más grandes: una separación forzada por la salud precaria de ambos y una frágil situación económica.

Todo estaba acordado para que Elsa, quien sufría de cáncer estomacal y demencia senil, fuese trasladada a un hogar de ancianos de la comuna. Jorge, por otra parte, se quedaría en la casa de ambos vendiendo sus pertenencias para costear el servicio, el cual escapaba de la pensión básica que recibía junto a su esposa.

No habían tenido hijos. Dos cuidadoras —que conocieron a través del Programa de Postrados del Cesfam Lucas Sierra— y la esporádica visita de dos de sus sobrinos eran la única compañía que recibían. Alan Sanhueza, hijo de la única hermana de Elsa, llegó ese sábado hasta la casa de ambos para llevarse a la anciana hasta su nuevo hogar. Días antes de concretar el plan, Jorge le había entregado una carpeta con instrucciones sobre qué hacer después de su muerte, en el caso de que algo llegase a suceder.

El día de la despedida, Jorge le pidió a su sobrino que volviera más tarde. “Me pidió un día más para despedirse de ella”, diría Alan a los medios de comunicación que se agolparon para cubrir la noticia.

El hombre, agobiado por las demandantes labores que cumplía asistiendo a su mujer y la imposibilidad de darle mejores oportunidades producto de su enfermedad, asumió el riesgo de separarse de su “vieja”.

Esa tarde, dos disparos retumbaron dentro de las paredes de la vieja casona.

Un estorbo

Elsa Ayala y Jorge Olivares se encontraron por primera vez en la playa, en la década de los 60’.

—Cuando ella lo vio por primera vez, lo encontró súper guapo. Antes de enfermarse, siempre lo molestaba por cómo había envejecido—, relata Marcela, una de las dos cuidadoras que acompañó a la pareja en los últimos años de su vida y a quien le cambiamos el nombre para proteger su identidad.

Desde entonces, la pareja inmortalizó citas y viajes en fotografías que adornaban las paredes de su casa en Conchalí. “Dedicaron su juventud a viajar y disfrutar de los gustos que podían darse”, complementa Marcela.

Cada año nuevo, la pareja visitaba Valparaíso para observar los fuegos artificiales. El último, lo vieron desde su sofá en Conchalí, tomados de la mano frente al televisor.

Marcela pasó con ellos la última navidad cuando, entre lágrimas, Jorge le agradeció su compañía: “Mira Elsa lo que la vida nos dio, lo que nos negó el de arriba”, cuenta Marcela.

Según informó la Municipalidad de Conchalí, Elsa padecía un cáncer avanzado que la mantenía postrada, razón por la cual ingresó a la red de salud de la Corporación Municipal de Conchalí en agosto del año 2017. “A partir de esa fecha fue incorporada al Programa Postrados del Centro de Salud Familiar Lucas Sierra, recibiendo una atención permanente e integral en su domicilio, tanto para ella como para su esposo y cuidador, el señor Jorge Olivares de 84 años”, señala el comunicado oficial.

La municipalidad afirma que por la condición social en que permanecía este matrimonio ambos eran visitados por un equipo multidisciplinario, recibían curaciones y ayuda en enseres como un colchón anti escaras y una silla de ruedas.

El informe señala además, que Jorge al mantener y cuidar a su esposa, generó “un desgaste por los constantes cuidados físico y psicológico que la señora Elsa requería”.

A Jorge le detectaron una hernia inguinal, la cual con el paso del tiempo, le provocó una curvatura en su espalda, la que alcanzó un ángulo de casi noventa grados. Pedro Rodríguez (57), vecino de la pareja, lo veía salir a junto a su mujer a tomar sol, moviendo con dificultad la silla de ruedas que la transportaba.

La frustración de Jorge aumentó con el tiempo y las conversaciones sobre un suicidio acordado se volvieron recurrentes. “Del día uno que yo los conocí, el ‘Tata’ manifestó las ganas de suicidarse. Él decía que ya eran un estorbo”, comenta Marcela, quien una vez encontró las dos pistolas que Olivares mantenía inscritas en una de las habitaciones de su propiedad.

El adiós

A las 16:40 del sábado 21 de julio, Alan regresó a la vivienda ubicada en Teniente Mery tras visitar a su madre. Apenas entró a la habitación de Jorge y Elsa, se percató de la sangre que cubría el lugar.

Alan dio aviso a Marcela. La cuidadora subió a su auto junto a una de sus hijas. Al llegar se encontró con dos ambulancias del SAMU y patrullas de Carabineros. “Nunca pensé que había sido un balazo, la estaban asistiendo, entubando y llegan los carabineros corriendo y dicen que un proyectil entró por la frente de Elsa”, cuenta Marcela.

En su declaración a los medios, la capitana Carla Gattavara, de la 49 Comisaría de Quilicura, puntualizó que no existía registro de denuncias de violencia intrafamiliar. “Ambos sí, mantenían enfermedades terminales” sostuvo Gattavara, poniendo dudas sobre la posibilidad de un femicidio frustrado, como se había presentado el caso en un comienzo.

Al llegar a la casa de la pareja, Marcela preguntó “¿Dónde está el Tata?”. Elsa se encontraba acostada en su cama, mientras que Jorge yacía entre los lechos de ambos, a pocos centímetros de su esposa. Marcela vio todo con su hija. Hasta hoy, cree que el “Tata” decidió terminar con la soledad de ambos.

Cenizas

La posibilidad de que Jorge se haya despedido mediante un escrito es alta. “El Tata siempre escribía, todos los días se sentaba en un cuarto oficina a rellenar cuadernos, una especie de diarios de vida. Yo misma le regalé un cuaderno para anotar todas las cosas”, señala Marcela.

Tras el accidente, los cuerpos de Elsa Ayala y Jorge Olivares fueron llevados al Servicio Médico Legal, quien se encargó de los peritajes y en donde se mantienen hasta ahora. El OS9 de Carabineros continúa el desarrollo de la investigación, mientras que la Fiscalía Centro Norte está a la espera de esos informes para dar cierre al caso y autorizar la entrega de los cuerpos.

Elsa y Jorge manifestaron en vida su voluntad de ser cremados. Mañana sábado a las 16:00 hrs. se realizará una velatón simbólica organizada por sus vecinos.

—Esa es la historia de dos abuelos de Conchalí, que nunca nadie vio—, reflexiona hoy Marcela, casi una semana después de la muerte de una pareja que prefirió la muerte a separarse.