Las izquierdas chilenas han dedicado décadas a tratar de cambiar el mundo de diversas maneras. Quizás deberían volver a esforzarse por comprenderlo. Es cierto que la Nueva Mayoría, el Frente Amplio y los muchos otros grupos militantes son organizaciones diferentes, pero sus diferencias fundamentales radican más en un asunto de velocidades e intensidades que de comprensión de la realidad.

Todas las izquierdas chilenas, desde los anarquistas hasta la centroizquierda, han depositado su fe en el Estado soberano centralizado y unitario como instrumento principal en la lucha por la justicia. Todas han construido su mirada considerando que la realidad social se reduce a Estado y mercado, y que es el choque entre estos dos el que definirá el destino de nuestro pueblo. Y todas han terminado volviéndose acríticas respecto a la realidad de nuestro aparato burocrático, prefiriendo justificar sus ineficiencias y discapacidades en nombre del ideal, en lugar de ponerlo en forma. Esta tendencia se agrava debido a la captura clientelar de amplios sectores del Estado por la propia izquierda.

El resultado es deprimente: se ponen todas las esperanzas en una institucionalidad deficiente que no se busca optimizar. Es hacer trampa en el solitario. Pero, además, implica una enorme ceguera frente a otros fenómenos sociales de profunda raigambre popular: las comunidades, las familias, las organizaciones civiles, las Iglesias, los clubes sociales y deportivos. La sociedad civil. Este ámbito es tratado con desprecio, como si fuera un disfraz de intereses egoístas. O como si reflejara nada más que el déficit del Estado. El mejor ejemplo es el ataque, año tras año, a la Teletón. La consigna, basada en nada, parece ser que lo bueno, estatal, es dos veces bueno.

La falta de imaginación política que se sigue es abismante. Hasta Fernando Atria y Alfredo Joignant, luego de intensas fumarolas teóricas que proclamaban “un nuevo paradigma”, han terminado reconociendo que su “otro modelo” es simplemente el Estado de bienestar europeo. Esto sin siquiera hacerse cargo de las dificultades y limitaciones que dichos diseños muestran hoy, décadas después de su instauración, en los planos económico, político y social. Y de lo lejos que sus resultados están del ideal comunitario que los justificó.

¿Hay alguna alternativa? Lo cierto es que el asociacionismo, el mutualismo y la autogestión son parte de la tradición de la izquierda. El hasta ahora exitoso autonomismo municipal de Jorge Sharp y su construcción política desde abajo son un buen recordatorio de ello. Y esta herencia está buscando ser reflotada teóricamente en otras partes. El libro “Blue Labour: Forging a New Politics” (2015), editado por los británicos Ian Geary y Adrian Pabst, es un gran ejemplo de ello. Su objetivo es volver a pensar la izquierda, pero desde el bien común, las comunidades y la sociedad civil. Aire fresco que la desorientada y ahogada oposición chilena probablemente agradecería respirar.

*Pablo Ortúzar es investigador del Instituto de Estudios de la Sociedad.