Lo que esperas leer en esta reseña sobre el nuevo libro de María Paz Rodríguez probablemente sea que es una escritura del privilegio, que la ataquemos por cuica o por hueca, sobre todo atendiendo a que se titula “Niñas ricas” y es un libro rosado.

No, lo que vas a leer es que es una escritura excelente, incisiva y versátil. Una mirada que es capaz de tejer espacios de intimidad con catástrofes naturales, un texto donde afloran los miedos de la adultez femenina, y que se interroga sobre la realidad del presente. Es una mirada consciente de su clase, consciente de los límites de su propia mirada, emplazada por vectores que sí, tienen que ver con la clase, pero también con el género y con la edad. Es como si Rodríguez se estuviera preguntando una y otra vez ¿qué es ser una mujer adulta? ¿Por qué siguen acá los mismos miedos, la misma ansiedad, los mismos apetitos sexuales? ¿Qué ven los demás cuando miran a una mujer de mi edad? Pero principalmente, qué es lo que ve ella misma cuando se mira en el espejo de la hoja en blanco.
Este es su primer libro de cuentos, cinco narraciones que parecen ser aristas de una identidad que se constituye a través de diferentes personajes. Algo similar ocurre con libros como “Cosas que nunca te dije” de Pepa Viera Gallo o “Qué vergüenza” de Paulina Flores. Como si el libro fuera un caleidoscopio, los diferentes espacios narrativos se articulan entre sí de una manera profunda, a pesar de sus diferencias particulares. Albergan todos ellos caras de una misma moneda, de una misma forma de ver y entender las cosas.

No solo se trata de una identidad femenina como mirada y punto de vista del relato, sino que también lo femenino es el objeto de reflexión, lo observado, lo narrado. Mujeres que recuerdan a su mejor amiga del colegio, a su joven amante, que intentan comprender a sus madres o que se ven reflejadas en un grupo de chicas adolescentes. Mujeres de todas las edades cuyas dinámicas nos hablan de una clase social, de un predominio de ciertas prácticas que a la vez que dan privilegios y estatus, también coartan y controlan, vigilando desviaciones de todo tipo. El cuerpo de las niñas ricas también sufre del panóptico a su manera, cuerpo de mujeres que envejecen, que sienten deseo sexual, que suben cerros, que quieren embarazarse, que se calcinan al sol del verano, que se embriagan y vomitan, que culean con hombres y mujeres más jóvenes que ellas. Que viven.

Mis favoritos son los dos primeros. En “Todas queríamos ser como Gabriela” Rodríguez narra en dos tiempos la historia de una amistad adolescente. El pasar lento del tiempo, las tardes de conversaciones junto a la piscina, los primeros libros, la primera fumada, la primera borrachera, y la iniciación sexual forman parte de esta tremenda oda a la amistad femenina, a la admiración y también, quizás, a un deseo inconsciente por ser la otra, o por poseerla. Se trata del calor adormecedor de estar en su sombra, de mirarla en su osadía inabarcable y pasar el tiempo en la contemplación. Gabriela, además de ser hermosa, es oscura, una skater desentendida de las demandas del presente, hija de una familia disfuncional. Este detalle narrativo es por donde también Rodríguez permea el tema de la clase, tópico que volverá a aparecer varias veces en el libro: matrimonios desclasados que, ante los ojos de la autora, están destinados al fracaso.

Con un intento algo torpe de generar intriga, Rodriguez oculta un incidente del pasado adolescente que distanció a nuestros personajes para siempre, un incidente que finalmente deja de manifiesto la crueldad del ghetto cuico de suburbio, que María Paz describe y descuera con conocimiento de causa. La escritora vuelve al presente, en un encuentro triste y desesperanzado entre las amigas, ahora adultas. Gabriela ya no es la misma, su belleza se esfumó con la maternidad, su furia adolescente ahora está aplacada en una casa fea del sur de Chile, donde pudo escapar del castigo injusto de un padre que, obviamente, está preocupado más del qué dirán que de la sexualidad de su hija. En todo caso, y como cuento de moral gris, Gabriela es la que la sacó más barata como cuica que era.

Le sigue “Y tuvimos la nieve”, donde también Rodríguez demuestra lograr de una manera intuitiva, y por lo mismo genuina, una profundidad en la escritura tremenda. Digo intuitiva porque no es en la estructura del texto donde yace la hazaña, si no en la delicada manera en que describe conexiones, pensamientos, subjetividad, sentimientos que siempre emplaza en el pasado, dándole al presente un vacío desolador. La nostalgia es quizás el sentimiento que mejor articula estos dos cuentos; acá se trata de una escritora de novelas que cuida a su abuelo moribundo, el mismo que la desacreditó por lesbiana y que guarda un arma en su velador. El cuento está cimentado sobre la voz de la escritora que le habla al abuelo, quien no puede responderle. Esta voz es nuestra protagonista recordando a Julia, una estudiante de literatura que se transformó en su amante, en su pareja. Y en ese recuerdo es donde se despliega una descripción formidable, donde nuevamente se vuelve protagonista la mujer adulta, llena de inseguridades pero con un par de certezas. Resulta conmovedor el ahínco con el que escudriña los detalles de la relación, el deseo por el cuerpo de la otra mujer más joven que ella, la nieve, la comida china, su aproximación ingenua hacia la literatura, y también la evidente diferencia de clases entre ellas. Acá también están los libros como síntoma de conexión entre dos seres humanos, la escritura como un espacio que conecta dos deseos y que los consuma, pero esa apertura resulta siempre una posterior herida, vulnerabilidad que los personajes de Rodríguez siempre están dispuestas a abrazar.

A pesar de que en apariencia sean cobardes, cínicas o frívolas, las protagonistas de “Niñas ricas” presienten que pueden alcanzar algo más grande que sus pequeñas vidas de confort, y eso resulta ser la carne emocional de la propuesta de María Paz Rodríguez. Acá en este segundo cuento funciona a la perfección el paralelo entre la relación perdida (quizás la última relación) y la agonía del abuelo. Algo similar ocurre con los incendios forestales en “Mi destrucción” y con el incendio de la casa del barrio en “Anotaciones sobre un incendio”, único cuento narrado desde la perspectiva del hijo, aun cuando la observación se concentra en la madre, una mujer de origen cuico que decide casarse con un músico, a sabiendas que eso significa tener que bajar a un barrio más proleta… con consecuencias desastrosas, por supuesto.

En “Mi destrucción” tenemos a una recién divorciada pasando el verano a orillas de un lago al sur de Chile, mientras los incendios forestales arrasan con todo a su paso a tan solo unos kilómetros del lugar. Ella recuerda con detalle sus primeras veces en el sector, cuando venía a veranear a las casas de sus compañeras de colegio, todas más cuicas que ella. En pasado y presente parece que la historia se repite… su primera vez en medio del bosque se conecta con Vicente, un joven sub-20 con el que tiene un encuentro sexual a pesar de ser 30 años más grande que él. Lo anecdótico permite la reflexión y la comparación: cómo se percibe el deseo sexual para una muchacha y para una mujer adulta, cómo ésta se conecta con su cuerpo y cómo se permite, o no, gozar del otro.
Y sí, las mujeres están siempre ahí. Sus amigas en el pasado, que la evitan a partir de haber caído en la categoría de “puta”, o en el presente las jóvenes que están veraneando al lado de su casa y con las que decide salir de fiesta. Es curioso que en este episodio podamos sumergirnos en la mente de la protagonista, y ver cómo opera en ese contexto su edad. Una nueva inseguridad y el encuentro con el tipo con el que tiró hace unas noches. ¿Volverán a tener otra jornada de sexo salvaje?, la escritura no repara en describirnos el cuerpo masculino del adolescente en toda su carga erótica, objetivizándolo para el deseo del lector; y es reconfortante también visibilizar el deseo de una mujer adulta, un deseo que tiene sus particularidades y que por su invisibilización social resulta no solo atractivo sino que hasta político.

Alcohol, música electrónica y marihuana terminan por rematar a nuestra periodista divorciada en un episodio de excesos, y en el cual termina siendo la mujer patética que siempre temió ser. ¿Es tan grave?, al parecer al final del día no lo es. Más grave son los incendios intuyo que nos quiere decir María Paz, a pesar de que su atención está con esta mujer desesperada; la nuestra también lo está.

El cuento homónimo “Niña ricas” cierra el libro y creo que es el texto más opaco, en el sentido de que no logré ingresar a la tensión entre Rita y su madre Clara, como tampoco pude conectar a nivel semántico la tragedia de los salmones, y su consecuente desastre ambiental, con la historia de Rita. Y esto quizás porque Clara resulta ser un personaje más interesante que Rita, pero siempre reducida a un estereotipo a través de la mirada parcelada de su hija.

Acá tenemos dos tipos de actitud frente al dinero: en Clara vemos a la emprendedora que ansía crecer su negocio, y en Rita tenemos a la que lo gasta y lo disfruta. Rita es el ejemplo clásico de la cuica que no necesita trabajar gracias a una relación de cheques y transferencias con su madre. Lo ha tenido todo, pero ahora quiere ser madre y no lo consigue. ¿Es ese el conflicto? Todavía no lo tengo claro. Lo que sí tengo claro es que esta publicación resulta ser mucho más gravitante de lo que aparenta, y que a pesar de su título, es un texto para mujeres ricas y mujeres pobres. Es más, ojalá las niñas ricas lean este libro y puedan redescubrir aquello invisibilizado en la trivialización de esta nomenclatura.

“Niñas Ricas”
María Paz Rodríguez
Editorial: Alfaguara
Colección: Narrativa Hispánica