Cuando se habla de modernización y de reformas tributarias, como se habla en estos días en Chile, creo que un escritor de libros tiene derecho a mencionar el tema incómodo, peligroso, que ha terminado por volverse incorrecto, como el de la memoria y sus posibles museos, del IVA a los libros. No voy a cometer el error imperdonable de pedir que ese impuesto retrógrado, de claro origen pinochetista, se suprima pura y simplemente. Dejo la petición seria, a sabiendas de sus nefastas consecuencias, para una instancia futura pero me abstengo. Y me limito, por el momento, a explicar el efecto, de acuerdo con mi experiencia personal, que esa carga, esa joroba intangible, tiene sobre la lectura, actividad noble, antigua, y que se relaciona en forma directa con aquello que algunos todavía llaman “cultura”.

Como la gran mayoría de los libros interesantes se siguen produciendo en Europa Occidental, y algunas veces en el norte de América, el importador chileno, obligado a pagar el impuesto antes de retirar su mercadería de aduana, tiene una tendencia natural a inhibirse y a no importar los libros más valiosos. El efecto inmediato de esta situación es que la oferta de libros en las librerías chilenas que todavía sobreviven es monótona, “fome” como me dice un pariente que no le tiene miedo a los chilenismos, y además de fome, poco atractiva para los lectores jóvenes, que un Estado inteligente debería estimular y apoyar, en lugar de disuadir.

Alguien me comenta que una autoridad importante acaba de informar a la desprevenida ciudadanía que si se suprime el IVA a los libros, habría que suprimir de inmediato el IVA a la leche. Y qué tiene que ver la leche con los libros, me pregunto por mi lado. Y qué tienen que ver las vacas, productoras de la leche, con gente como Pablo Neruda, o como Thomas Mann, o Rainer Maria Rilke, productores infatigables de páginas que se imprimen por medio de tinta y se colocan en el interior de los libros. Agrego una información mínima, que podría servir para darle otra vuelta a esta complicada cuestión. Yo no tomo más que un par de gotas de leche a la hora del desayuno: pues bien, si no tuviera un libro diferente y al alcance de la mano, no podría dormir ni llegar hasta el final del día. En otras palabras, se puede vivir sin leche y no se puede vivir sin libros, y esto a cualquier edad.

Lo curioso es que estos funcionarios pretenden estar empeñados en que el país se desarrolle. Yo les pediría que indiquen un solo país moderno que se haya desarrollado sin grandes escritores, sin apasionados lectores, sin maravillosas editoriales y magníficas bibliotecas, y sin necesidad de que sus ciudadanos beban leche como terneros: ¿Francia, Inglaterra, España, Gran Bretaña, Alemania? No me gustan demasiado las listas telefónicas, ni las enumeraciones de autores que cumplen con un canon determinado, y me abstengo prudentemente, pero yo mencionaría a Mary Shelley, y a John Keats, y a Lampedusa, y a don Benito Pérez Galdós, sin olvidar al enorme y siempre vigente Thomas Mann y al impagable Italo Svevo. Pero como estamos cerca de las fiestas nacionales, saco de mi biblioteca particular un libro que ha pagado todos sus impuestos y me pongo a releerlo con la conciencia tranquila y con mi capacidad no alterada por los años de absorción de conocimiento.

Es una biografía de Bernardo O’Higgins escrita por Luis Valencia Avaria y publicada por nuestra Editorial Universitaria. Me acuerdo de Luis Valencia escribiendo esta biografía en años en que fui consejero de la embajada chilena en Lima y en que viajamos por tierra, en compañía, si no recuerdo mal, de Douglas Cochrane, nieto de Lord Cochrane, héroe del encuentro naval en El Callao entre las fuerzas que comandaban O’Higgins y José de San Martín y las fuerzas españolas virreinales. Me entero en la página 28 de que don Bernardo nació en el año en que murió Voltaire y afirmó en una oportunidad que “los libros gobiernan el mundo”. Un par de páginas más adelante, Francisco de Miranda le escribió a O’Higgins en Londres que desconfiara de los hombres de más de 40 años, y modificó el consejo con la frase siguiente: “a no ser que encuentre que están apasionados por la lectura y especialmente de los libros prohibidos por la Inquisición”.

No está mal, me digo, que los alto funcionarios, al colocar sus coronas florales, sepan quienes son los personajes esculpidos en mármol que se encuentran en lo alto de esos pedestales. No creo que San Martín y O’Higgins se alimentaran de leche en lugar de libros. Eran hombres de ideas y de visión histórica. No estaría mal que resucitaran, pero si no leemos libros, estaremos condenados a no saber nada. Como leo cosas raras, y me lo echarán en cara bastante pronto, abro otro viejo libro, Hamlet, de Guillermo Shakespeare, sobre quien conversé con frecuencia con Nicanor Parra, y recuerdo el encuentro del príncipe de Dinamarca con su amigo Horacio. “Hay cosas en el cielo y en la tierra, le dice el príncipe danés a su enigmático amigo “que tu filosofía no alcanza a comprender”. ¡Cuántos Horacios se pasean entre nosotros, me digo, y no alcanzan a conocer la frase de Hamlet, y se quedan muy lejos de entenderla.