Este fin de semana, casi todos los medios de comunicación reprodujeron las declaraciones de Alejandra Díaz, modelo que actuando como vocera del gremio de “anfitrionas, promotoras y modelos” explicaba que “los movimientos feministas las estaban dejando sin trabajo”. Su argumentación se sustentó sobre una defensa de su libertad personal para mostrar su cuerpo al “ser más bonita y por tener las cualidades”. Los movimientos feministas, entonces, coartarían su libertad de trabajar y de “ser un producto” debido a sus constantes críticas. Algunos argumentarán que la cobertura a estas declaraciones se debió a que “no había más que mostrar por las Fiestas Patrias” (“con algo había que rellenar”); no obstante, creemos que esta noticia generó debate público y, por ende, es susceptible de análisis. Por ello, vamos por parte.

1. Está bien que se hable sobre “movimientos feministas”, en plural. La desigualdad de género es multifacética y persistente; por lo tanto, es esperable que distintas organizaciones se aboquen a diferentes frentes (por ejemplo, derechos sexuales y reproductivos, violencia de género, participación política, etc). Al respecto, es necesario aclarar que ninguno de estos movimientos ha abogado abierta y directamente por la censura o eliminación del rubro de “anfitrionas, promotoras, y modelos”. En este sentido, culpar a las feministas de esto es un intento de desviar la atención sobre la desigualdad de género y volcarla sobre un conflicto artificial de “mujeres contra mujeres”. Así, se nos enemista, se nos culpa, se nos avergüenza, se nos acusa de ser la causa de un problema que no existe. Lo que ha sucedido, por el contrario, es que algunas feministas han enfatizado cómo la representación y participación de las mujeres en los medios de comunicación de masas influye en la (re)producción de la desigualdad de género.

2. Se alega que “ser bonita y tener más cualidades” sería causa de ¿discriminación? Da la sensación que la discriminación es sinónimo de envidia, cuando lo que en realidad esconde es un juego de poder. En este sentido, feministas o no, a todas las mujeres nos afecta la desigualdad de género en alguna forma, ya sea al momento de contratar planes de salud o al recibir una paga menor que nuestro colega hombre por realizar el mismo trabajo. ¿No estamos, acaso, en el mismo bando? Ahora bien, el estatus social asociado a la “belleza” o a ciertas “cualidades” son subjetivas y contextuales: su valorización (es decir, si es cualidad o defecto, o si se es bien o mal parecido) depende de nuestro contexto histórico. Siguiendo el canon de belleza actual: sí, Alejandra Díaz es bonita y tiene cualidades (y defectos, como cualquier persona). No hay reparo en ello ni la odiamos por eso.

3. Se alega que las críticas feministas coartan la libertad personal de mostrar el cuerpo y de lucrar con él (si se quiere). Es peligroso, creemos, limitar la libertad personal a la lógica del libre mercado. Asimismo, lo que la crítica feminista ha hecho (en el caso de la publicidad sexista, por ejemplo) ha sido visibilizar cómo los estereotipos de género (y de belleza) son utilizados por el mercado para vender inseguridad y cimentar las bases de la desigualdad de género. En ningún caso, esto constituye censura. En esta línea, se olvida que la “libertad” de mostrar y vender el propio cuerpo no es una libertad “tan democrática”: el éxito de esta transacción depende de la decisión de los propietarios de los medios de comunicación y agencias de publicidad, en su mayoría encabezadas por hombres, y que en su mayoría privilegian el interés económico por sobre su responsabilidad social.

4. La censura sobre modelos, anfitrionas, y promotoras es tan “brutal” que se expone el contra-ejemplo: ¿se imaginan un mundo al revés donde los hombres le prohíban a otros hombres vender y exhibir su cuerpo? Ya se ha argumentado que el prohibir la existencia de este rubro no está entre las principales demandas de ningún movimiento feminista, según nuestro conocimiento. Ahora bien, el ejemplo de cosificación y censura masculina parece absurdo, ¿no? Esta sensación, creemos, proviene de lo infrecuente en que los hombres son objetivizados. Cuando lo son, además, no lo son al nivel, ni con la exclusión de otros atributos como sucede en el caso de las mujeres, ni con las mismas consecuencias negativas sobre cómo la sociedad los trata. En este sentido, aquí la ley del empate no aplica.

Reiteramos que este análisis busca aportar al debate público debido al impacto mediático de esta noticia. Reiteramos, también, que esto no es un ataque personal contra Alejandra Díaz, ni hacia ninguna modelo, promotora, anfitriona, actriz, animadora, ni influencer. Lo que buscamos a través de este análisis es relevar a los contenidos de farándula como una dimensión de debate público debido a su alcance. No olvidemos que los peaks de lectoría y rating se logran en estos espacios, los cuales mueven millones de pesos y generan miles de puestos de trabajo y conversaciones de sobremesa. No lo subestimemos y hagámonos cargo de esta realidad. Las feministas no odiamos a las modelos. Por el contrario: creemos que nuestras opiniones contrapuestas generan debate y, a través de ahí, propulsamos cambio social. La igualdad de género es nuestro norte, no otro.

*Escrito por la Comisión de Contenidos de La Rebelión del Cuerpo.