* Por Faride Zeran, periodista y vicerrectora de Extensión y Comunicaciones de la U. de Chile

En 1983, diez años después de haber partido al exilio junto a sus hijas Manuela y Amanda, decidió escribir sus memorias. “Víctor, un canto inconcluso” (Lom, 2007) es una biografía cultural y política de Chile publicada ese año en Inglaterra y luego traducida a varios idiomas. El libro abarca desde la década del ‘50 hasta el 5 de octubre de 1973, cuando abordó el avión junto a sus hijas rumbo a Londres, después de haber enterrado el cuerpo acribillado de Víctor Jara en un nicho que dejaba poco espacio para flores. No sabía que a esa tumba nunca le faltarían las ofrendas dejadas por manos anónimas, que en los años de la ira desafiaban el miedo y el terrorismo de Estado para honrar al artista.

En su casa de la comuna de Las Condes, cerca de Colón y Tomás Moro, la misma que ocupó con Víctor Jara, Amanda, la hija de ambos, y Manuela, nacida de su matrimonio con Patricio Bunster, a sus 91 años Joan Turner se desplaza con dificultad. No por los años, que los lleva con energía y lucidez, sino a causa de un esguince en un pie que la mantiene semi inmovilizada. El jardín luce cuidado y con los brotes primaverales de inicios de septiembre. Ella está inquieta: se cumplen 45 años del golpe de Estado, es un motor en la Fundación Víctor Jara y quiere asistir a la marcha convocada por las agrupaciones de derechos humanos, con la misma vitalidad con la que participó junto al poeta Raúl Zurita y cientos de actores y gente del mundo de la cultura en el acto de rechazo al entonces ministro Mauricio Rojas. La misma energía que la tuvo el pasado 11 de septiembre en el Salón de Honor de la Universidad de Chile en la ceremonia de entrega de títulos póstumos y simbólicos a estudiantes desaparecidos o ejecutados políticos durante la dictadura cívico-militar.

En tu libro exhibes al Chile de antes de la Reforma Agraria, hablas de un país con desigualdades y mucha pobreza, das cuenta de tu historia, de la historia de Víctor y también la del mundo cultural y político de esas décadas.
– Yo no pensaba que podría escribir, pero me tocó por casualidad, por solidaridad con Chile. Cuando estaba fuera conocí a una editora que trabajaba en esa época en una editorial muy importante en Inglaterra y me empieza a decir que debo escribir. Ella insistió mucho y ahí me di cuenta de que tenía que dejar un testimonio que nadie más podía hacer sobre Víctor. Pensé que había que dejar un testimonio de la vida tan contrastada, de toda esa experiencia en Chile. No había pensado conocer América Latina, ni conocer la tremenda pobreza que había. Como europea nunca había ni soñado con ver todo eso.

En el libro está plasmada tu relación primero con Patricio Bunster y después con Víctor Jara, dos hombres vinculados con la izquierda, dos artistas comprometidos políticamente con su tiempo. ¿Cómo fue ese proceso de Joan Turner, bailarina, con la política?
– Mis padres eran bastante ingleses y los dos tenían su historia política. Mi madre trabajaba con gente de la izquierda del pre partido laborista, había ese ambiente en mi casa, pero yo me dedicaba totalmente a la danza, esa era mi vocación, una vocación muy fuerte. Patricio al principio trató de convencerme, pero el impacto de llegar a Chile en el año ‘55 y ver ese contraste de pobreza y riqueza así, asqueroso, terrible fue muy grande. Me produjo un impacto enorme. Yo viví la Segunda Guerra Mundial en Londres, esa fue la otra experiencia importante que tuve y que enseña mucho al ser humano y las relaciones con su comunidad. Pero llegando a Chile, ver esos terribles contrastes entre una pobreza y una riqueza que yo no conocía, me hizo participar con muchas ganas en los actos culturales, políticos, que había en esa época. Me sorprendía que fuera tan importante para muchos artistas participar en actos políticos con su cultura. Todos los años se hacían actividades donde había que hacer coreografías especiales, y yo empezaba a participar instintivamente y con muchas ganas en todos las protestas políticas de esos años.

Son años en que además estás muy vinculada con la Universidad de Chile, donde eres profesora durante más de una década.
– Si, casi veinte años, desde el año que llegué hasta que tuve que irme al exilio, en 1973. Con la reforma universitaria, la universidad se vuelca a la comunidad. Yo me había retirado de la universidad al principio de los años ‘60, porque la encontraba un poquito sofocante y empecé a hacer clases en Ñuñoa, en la comunidad. Pero después Patricio llegó a ser director y fue posible cambiar la política, salir en pequeños grupos con los profes de ballet, con orquesta, y esos pequeños grupos bailaban en lugares de la comunidad. Eso me hizo volver a la universidad el ‘69 . Estuve desde el final de la reforma hasta el año ‘73 gozando de la posibilidad que tuvimos de que la Universidad de Chile llegara a la comunidad.

Víctor estudiaba en la Escuela de Teatro y luego en Música, ¿no?
– Claro, él entró a la Escuela de Teatro, la Chile era su universidad. Yo lo conocí como alumno en clases de movimiento. Mi primera visión de él era de un excelente alumno, súper dotado en movimiento. Creo que no tanto en actuación. Pero cuando vi las primeras direcciones teatrales de Víctor, como alumno, me encantó; era muy fresco, muy de su propia experiencia, muy creativo.

La justicia no es justicia 45 años después

En una de las ediciones de tu libro agregas un prólogo donde te refieres al inicio de la transición y reclamas la deuda con la memoria y la justicia. Ese reclamo lo reiteras hace poco en el acto del 15 de agosto último, cuando el mundo de la cultura se reunió exigiendo la salida del Ministerio de las Culturas de Mauricio Rojas. ¿Por que fuiste?
– Quería afirmar que la historia es lo que uno vive, hay que dar testimonio de la verdad de uno. Y que un señor venga a decir que todo lo que está en el museo es mentira, es ficción y todo eso…Yo viví toda esa época, yo lo viví y pienso que están contando la verdad de muchas personas. Entonces hay que dar testimonio. Yo creo que hubo un gran cambio en mi vida en el año ‘73: pasé de ser una mujer que no decía nada, sino que bailaba, a tener la tarea de dar testimonio de muchas cosas, de muchos horrores. Y lo he hecho con muchas ganas, porque es muy importante que uno cuente la verdad que ha vivido, para que ayude al famoso “nunca más”. Esa ha sido una tarea pesada en mi vida, pero también me ha ayudado a vivir esa posibilidad de poder contar.

¿La importancia de la memoria?
– Contar lo vivido ayuda para que se produzca un movimiento fuerte de que nunca más esas cosas pueden pasar. Es importante que los chilenos cuenten su historia, especialmente quienes han sufrido tortura, persecución, que no la escondan, que la cuenten. Yo he experimentado en carne propia lo que significa esa tremenda solidaridad que se puede encontrar en gente que nunca imaginó que esto pasó y que cambia cuando le cuentan la verdad.

Joan, tú has vivido gran parte de la transición en Chile, has visto cómo se han abordado los temas de la memoria, la verdad, la justicia. Se conmemoran los 30 años del triunfo del No, de ese 5 de octubre de “la alegría ya viene”…
– ¿Llegó la alegría?… No. No era lo que uno esperaba, no. Yo no siento que esa verdad horrenda que pasó en Chile haya sido reconocida, admitida, castigada. No siento que aquí llegó la justicia en Chile, a pesar de que han habido personas condenadas por los horrores que se cometieron; pero no hay un reconocimiento, todo como debajo de la alfombra. Tuve que esperar 45 años para que haya una condena para las personas que cometieron horrores en el estadio que ahora se llama Víctor Jara, ex Estadio Chile. Ellos han vivido su vida sin ninguna traba, sin ningún problema; al final los condenaron algo. Aunque encontré que era una condena inteligente de parte del juez, por lo menos reconoció que había un grupo que estaba actuando en forma horrenda en ese lugar particular, el Estadio, pero hay tantos casos y tantos crímenes, incluso lo que pasó en el Estadio… Y uno espera que si es justicia, el castigo sea proporcional al crimen, ¿no? Y esto no lo he visto.

¿Es justicia la justicia después de 45 años?
– No, eso no es justicia. Justicia quiere decir aquí el crimen, y aquí el castigo o la corrección. Aquí todo ha sido pasivo.

¿Por eso no hay mucho que celebrar en estos 30 años del triunfo del No?
– El triunfo del No, no es de los partidos políticos, sino que es un movimiento del pueblo. La solidaridad del mundo con el pueblo chileno es un factor tremendamente importante para poder deshacerse por fin de la dictadura de Pinochet. En ese sentido, yo agradezco ser invitada a todas partes a hablar, a contar. Pero no es exactamente para celebrar. Si la lección está aprendida y todo el mundo, todo el mundo dice “nunca más”, eso sería una ocasión para celebrar. ¡Pero no tengo tanta fe!

La memoria enterrada

¿Por qué crees que se ensañaron tanto contra Víctor? La muerte de Víctor es brutal
– Porque decía la verdad sobre lo que él sentía, veía. Víctor no tenía miedo y él llegaba a las personas a través de la cultura, a través del canto. Eso es muy peligroso, pienso yo.

¿La cultura es más peligrosa incluso que la propia política?
– Sí, exactamente, porque va dentro de la persona, lo tiene que asimilar y convertirlo en propio y eso es lo que pasa en todo lo que hacía Víctor. Él hacia las cosas en relación a sus principios, sin medir las consecuencias.

Joan, has vivido gran parte de tu vida aquí en Chile. Te fuiste con tus dos hijas, Amanda y Manuela, ambas pequeñas, a los pocos días de haber enterrado a Víctor, pero volviste y decidiste quedarte aquí ¿Por qué?
– Supongo que los lazos emocionales que yo tenía con Chile eran demasiado fuertes como para quedarme flotando en Europa, donde todos los lazos se habían cortado. Este era el país de Víctor, eran muy fuertes los lazos que yo tenía con Chile, lazos felices y lazos trágicos también. E influía pero no fue una razón principal, que mis dos hijas decidieron volver a Chile antes que yo. Yo andaba en una gira promoviendo el libro que escribí en el exilio, estaba en Australia, Nueva Zelanda y en ese camino volví a Chile, pensando que quizás no me dejaban entrar. Y lo único que quería era volver a vivir en Chile, el país de Víctor, el país donde habían pasado esas experiencias tan importantes en mi vida. Porque en el fondo era mi país. Sin pensar en patria y conceptos de ese tipo, este era mi lugar y donde uno podía juntarse con todos los compañeros, los amigos.

Pero el país al que regresas es otro país, el Chile de hoy día no tiene mucho que ver con el Chile de antes del golpe ¿Cómo lo sientes?
– Bueno, para qué decir… un poquito decepcionante. No pasaba lo que uno pensaba que podría pasar, todos juntos luchando por las mismas causas que nosotros pensamos que eran tan importantes para la justicia social. No. Cambiaron muchos los valores por los cuales yo quería tanto a Chile. Era un país de consumismo. Ahora soy vieja, tenía la esperanza, que iba a llegar a los 45 años de la conmemoración del golpe y de nuevo juntar una masa de personas, que íbamos a ir juntos a rechazar todo lo que pasó en aquellos años.

¿Pero eso es un problema de las nuevas generaciones o es un problema del país que construimos las viejas generaciones?
– Posiblemente ¿no? Creo que ha habido un entierro de mucha memoria aquí, mucha memoria. Por eso me da rabia cuando critican el esfuerzo de crear un Museo de la Memoria, o sea, un pequeño gesto de dejar algo dicho de lo que pasó aquí durante los años después del golpe. Me parece grave. Y me parece grave que quieran poner el otro lado del asunto, para equilibrar. Hay que contar la historia sin justificar. ¡No se puede justificar lo que pasó!

¿Tiene una imagen la felicidad?

Joan, cuando piensas en Víctor, ¿Qué imagen se te viene encima? ¿Qué es lo primero que recuerdas de él?, le pregunto mientras miro de reojo a Amanda, con su sonrisa ancha observando con complicidad a su madre. Joan me clava la mirada mientras responde suavemente:
– La ternura, la sonrisa, el amor…¿Puede tener una imagen la felicidad? No sé, pero sobre todo ver la convicción y trabajo, la creación… Víctor era una persona muy especial, tenía una fuerza …Era una persona que nació en la pobreza y nunca perdió sus raíces, era un gran creador, un gran artista. Era una persona con una tremenda capacidad de amar al ser humano. Me sorprendo cómo Víctor de repente está en todas partes. Para mí es reconfortante y sorpresivo.

Pienso en esa mañana cuando tú vas a la Universidad Técnica del Estado, ves la citroneta de ambos y debajo del auto hay sangre
– Veo la citroneta, veo la sangre, veo el vidrio quebrado. Yo me paro ahí y veo una persona sentada y esa persona se acerca y yo le digo, perdón, pero este es el auto de mi marido, es nuestro auto. Sí, me dice, es el auto de Víctor Jara, aquí tengo su carné… Y me ayuda a sacar los vidrios del asiento de manejo, me ayuda a entrar en el auto. Era Víctor que me contó donde había dejado el auto, a través de otra persona que estaba en el estadio y que salió. Esa cadena de personas…

Esa cadena de personas que te guía hasta encontrar su cuerpo
– Sí. Yo tengo que hablar de la cadena de personas, no se me olvida. Porque es la cadena de personas que encontramos en el funeral de Neruda, el poeta que escribió sobre Víctor, todo eso es una cadena de personas en todo el mundo. He tenido esa experiencia en Estados Unidos, Australia, Nueva Zelanda, en Europa, cadenas de personas expresando su solidaridad con lo que pasaba en Chile. Hay cadenas de personas maravillosas en todo el mundo. Y también hay cadenas de personas brutales en todo el mundo.

Se acerca la fecha de los 45 años del golpe ¿Cómo la sientes? ¿Cómo la vives?
– Siento que no hay nada resuelto. Tú me dijiste que soy una mujer optimista, ¿no? No sé.

¿No?
– No. Tengo fe en la solidaridad de las personas, pero de algunas personas. Yo he tenido en la vida experiencias tan contrastantes, pero ¿qué siento a los 45 años del golpe? Siento que hay tanta gente que ha sufrido, tanta gente que ha muerto y que en realidad no hay justicia.

* Entrevista publicada en el número 11 de la revista Palabra Pública