Uno nace antes del primer llanto al mundo; primero en la mente de los padres…

Cuenta la historia que como ya tenían una hija y las ecografías aún no existían, desearon que yo fuera un niño. Me llamaría igual que mi papá y mi abuelo, nombre que se fue al agua porque nací niña y como parecía una guagua de tres meses (pesé 5 kilos), la matrona no se atrevió a sacarme y llamó al director del hospital para que lo hiciera, un doctor que años después se hizo famoso, porque junto a un cura, fueron descubiertos adoptando ilegalmente bebés no deseados para familias de la elite y así evitar abortos.

Y como a veces uno es el telón de fondo de las proyecciones de los otros, crecí pensando que mi género decepcionó a mis padres y que ser mujer era mala suerte. Nos tocaba hacer aseo, depilarnos, sufrir dolor de ovarios, hacer dieta, ejercicios, ir a la peluquería, pintarnos las uñas, maquillarnos, esperar a que los hombres nos sacaran a bailar, nos pidieran pololeo y matrimonio, embarazarnos, dar a luz, criar a los hijos y lo peor de todo, que nos doliera la cabeza. Al final del día, vivir para los demás.

Imaginarme de dueña de casa y madre abnegada me parecía de lo más fome. Era mucho más entretenido ser el marido, trabajar, tener el poder, elegir a qué hora llegar a la casa y no tener que realizar labores domésticas, ser adorado y obedecido, que te sirvan el plato más grande y tener derecho a entretenerme. Tener el rol público, el trabajo visible y validado socialmente, la construcción de género masculina. Quizás no nací hombre ni me llamé igual que la línea paterna, pero inconscientemente quedé asociada a ellos. Me lo dijo una terapeuta. Mi vínculo genealógico es con los hombres de mi familia. Cuando me han visto las cartas aparece que soy hombre o que lo masculino domina mi vida.

Lo único que he envidiado de los hombres son sus privilegios, porque nunca he deseado sexualmente a una mujer. Excepto cuando ví la película francesa “Blue is the warmest color”, sobre un fogoso romance entre dos adolescentes, y donde yo aluciné y pensé que podría intentarlo. Pero cuando una amiga gay la vio, me dijo que ese director nunca había visto a dos mujeres en la cama. Estaba filmada con ojo masculino.

Al interiorizarme en la literatura feminista, me he dado cuenta por qué crecí evitando relacionarme con mujeres y sólo validando a aquellas que demuestran fortalezas atribuidas al macho: las irónicas, arrechas, a la defensiva, que atacan antes que alguien las ataque a ellas, líderes con poder, o las que creen tenerlo utilizando lo que sea (alcohol, drogas o su físico) para dominar como una manera de sobrevivir, y alejándome de las mujeres con apariencia frágil, conectadas con su espiritualidad, observadoras, cautas, sabias, calladas, reflexivas, serias, intelectuales y profundas. A este tipo de mujeres prefería no verlas. Hasta que fueron las únicas que empezaron a cruzarse en mi camino.

Me llevó un tiempo reconocer que mi resentimiento de no haber sido hombre me impedía aceptar y nutrir mi esencia. Con ellas he aprendido que el poder femenino no está solo en resistir el machismo, sino que reside en algo interno y profundo dentro de mí, un lugar por descubrir al que necesito hacer una expedición para habitarlo. Comprendiendo que el género es una construcción social que muchas veces nos enmarca y atrapa.

El feminismo no era sólo una marcha de mujeres rabiosas que queman sus sostenes, exigen igualdad de derechos y soberanía legal sobre sus cuerpos, es un motor para recargar el poder atávico de la recolectora valorando el aporte de lo grupal, el que teníamos previo a los estereotipos de locas, brujas y perras o nos coronaran como santas esclavas de la reproducción, compasión, limpieza, belleza, armonía y deseo sexual de los hombres.

Ya saqué el ticket para ese viaje. Voy cargada de libros, documentales, películas, cómics, pinturas y música, pero llevo sobre todo mis propias historias, las que ahora resignifico con orgullo, como la del Cigoto feminista:
“Cuenta la historia que un mundo implacable e injusto con las mujeres, se fecundó un cigoto feminista cuya principal herramienta de sobrevivencia era provocar miedo. Este cigoto se transformó en un feto con extra células grasas que protegían su alma de amenazas externas. Llegó a ser tan grande que cuando su enorme cabeza se asomó entre las piernas, la matrona pegó un grito más grande que el de la madre pujante y salió despavorida por los pasillos pidiendo auxilio. La socorrió su jefe, un siniestro doctor que junto a un cura cabezón y mal agraciado robaban guaguas para venderlas a familias millonarias, pero como esta gente nunca ha soportado los kilos de más, prefirieron no robársela. Entonces la guagua del cigoto feminista creció con sus padres biológicos que la quisieron sin importar su excesivo tamaño, aprendió a dibujar, se transformó en artista profesional y en madre de dos hijas dulces, divertidas, tímidas y muy feministas como ella. Cuando vuelve a sentirse monstruosa y la domina un instinto terrorífico, recuerda que es el resabio de esa protección que alguna vez le salvó la vida porque ser mujer fue finalmente una fortuna”. Fin.