He pasado 30 meses embarazada en los últimos 5 años. Sí, harto tiempo gestando. El 17 de septiembre pasado parí a mi tercera hija. Muchos en el pueblo me comentaban qué patriota sería, por nacer en fiestas patrias. No saben que en casa no izamos bandera. Nuestro emblema es un foye florecido, somos una familia mapuche.

Por tercera vez parí en casa. De pie, afirmándome con las manos sobre la mesa de la máquina de coser antigua de la abuela de mi wentru, Fresia era su nombre. Dolió lo que tenía que doler, no me sentí morir. En ningún momento pensé que no resistiría. En ningún instante sentí que no sería capaz de dar a luz por mí misma. Tampoco tuve miedo, ni miedo al dolor, ni miedo a lo que podría pasar por parir en casa. Siempre tuvimos la certeza de que todo estaría bien. Pujé con todo mi ser en el momento que mi útero me lo pedía. Superé con placer el dolor de mi vagina abriéndose porque nuestra hija estaba naciendo.

La dimos a luz en su propio territorio, en el mismo lugar donde vive su familia, en la tierra que habitaron los bisabuelos de su padre. Linkongür fueron los últimos caciques del sur del río Trayenko, antes de ser ciudad. Las amorosas manos de mi poyen la recibieron. Cortó su cordón umbilical cuando dejó de latir tras recibir el último impulso de sangre de su placenta. Apenas respiró fue puesta en mi pecho para succionar y beber del cariño de la piel con piel. Cesó su llanto y sus ojos se abrieron inundando nuestra vida de más amor.

Pocas madres pueden contar relatos de sus partos tan dulces y sin ruidos de tajos ni voces ajenas. Somos una familia rara. Tantas veces me dijeron valiente por parir mis hijos en casa y no en un hiper higiénico hospital, que me pregunté qué entienden por valentía. A excepción del papá de nuestro machi, quién me dijo “tiene harto newen usted”.

Es que lo normal es parir en una sala fría de hospital. Lo normal es nacer con los sentidos aturdidos por la anestesia, el cuerpo adolorido por las contracciones falsas de la oxitocina sintética, y el espíritu asustado por la falta de amor y el exceso de miedo, o sea, la falta de oxitocina natural con sus hormonas amigas y el exceso de adrenalina que genera estupor y aprieta el pecho del bebé. En Chile lo normal es nacer a destiempo, 38 y media semanas, para ser más exactos. Inmaduro. Ningún obstetra ha descubierto la manera de preguntar a un bebé si está listo para ser sacado. En este país lo normal es nacer por la guata.

Jorge Sharp decía que están en crisis todas las instituciones de nuestro país. En una entrevista a The Clinic, mencionaba el descrédito ante la sociedad chilena de la Iglesia, el  Gobierno, el Estado, la política. Pero se olvidó de la institución más importante que tiene la crisis más profunda en Chile: La familia.

Yo vengo de una familia chilena. Con una madre sumisa y un padre huraño. Me zambullí en los libros a los doce años, después que mi hermana mayor se fue al cielo. Fue ahí mismo que decidí estudiar periodismo. El director de la escuela básica donde estudié en Estación Central, don Jorge Pizarro, un Maestro de 84 años, nos enseñó la importancia de conocer la actualidad y de cómo una conversación nos abre el mundo de otra persona.

Me fui de casa a los 20 y dos años después entré a estudiar.

Viví casi un año en Argentina. Me fui odiando Chile. Había perdido mi empleo de 7 años por denunciar a mi jefe de acoso sexual, tuve que congelar la universidad y ya no quería escuchar más a Piñera hablar, respirar, ni reír en nuestras narices. No soportaba el hastío de la gente sobre la gente. Me sentí renovada en el país trasandino. No me reinventé, pero sí me permití empezar de cero. Hasta que en agosto de 2011 vi en las noticias un auto incendiado por los estudiantes chilenos. Regresé a casa de mis padres en Santiago y me titulé de periodista.

Durante casi treinta años fui una hija huacha del Chile sin identidad. No sabía quién era, aunque me creía el hoyo del queque cuando caminaba por cualquier calle. Me sentía valiosa pero sin espíritu. En la escuela y en catequesis nos enseñaron del espíritu santo, pero nunca me dijeron que yo sí tengo espíritu. Me demoré en desahuacharme. 520 años de masacres raíceras pesan mucho en tres décadas de vida capitalina. Después de haber intentado todas las recetas para mirarse pa’dentro encontré mi wilüf ayün en el nieto de un werken, weupife y weichafe de la zona Mapuche Nagche.

Fue en la punta de un peñón a mil quinientos metros de altura en el santuario El Cañi, en la Araucanía. Después de dos días de ascenso con nuestro primer hijo pegado a mi pecho, mi poyen me mostró la vida. Renací completa, sentí mi espíritu. “Para meditar no necesito mirarme hacia adentro”, dice él, “para eso vengo a la montaña”.

Ahí donde el cielo es infinito y la tierra respira libre, hallé el “am lawen”, la sanación de mi alma, en la fuerza del canto de trutruka de mi amado. Cuando desde lo invisible a nuestros ojos allá en la lejanía se oía más fuerte el eco que el propio canto de trutruka. Eran los abuelos y los espíritus del territorio haciéndose presentes. Desde entonces me he vuelto una mestiza mapuche.

Llegó el amanecer, llegó el amanecer a nuestras vidas. Nuestra vida.

Nuestro camino de luz ha hallado los senderos que cruzan las estrellas.

Ngen Ko es quién guía nuestro camino.

Ngen kurüf es quién le da respiro a nuestra sabiduría.

Ngen Kütral es quién nos mantiene vivos, resonantes y refundidos en un todo.

Ngen Mapü alimenta nuestras almas a través de nuestros cuerpos.

Nada estaba escrito. El amor verdadero no conoce escritura.

Nada estaba escrito, pero el ülkantun versaba en melodías de olas de mar que nuestra alma es una.

Hubo un día en que cantó el neyen mapü con tanta fuerza que su tayül lo sintió el universo entero. En él contaba cómo se iluminaría el cielo aquella noche en que nuestro espíritu se reencontrara en un solo cuerpo, sintiendo el wilüf ayün en la llema de los dedos.

Llegó el amanecer. El amanecer llegó.

Estoy en el cielo.

Subí al universo en tus brazos, en ti, contigo.

Vi las estrellas brillando.

Vi como sonríe la montaña andina con nuestro amor.

Habíase visto tan grande amor.

Nuestro amor mapuche me dio vida, me dio nuestra familia. Y digo amor mapuche, porque no es el amor que conocen los enamorados chilenos. El poyen es un sentimiento muy profundo. Y el ayün es un estado. El amor es un estado. Toda la naturaleza, todo lo vivo, todo el universo es una manifestación del amor. Ese amor tiene luz y tiene oscuridad. Y en su inmensidad y plenitud brilla. En su espíritu existe conectado con los espíritus del tiempo, del linaje, de los lugares. A través de sueños se manifiesta, pewma. Como el que tuve en nuestros primeros meses juntos:

“Con el alma endulzada de amor antiguo, aquel amor que traspasa el espíritu y enraíza el alma, la abuela Fresia me dice:

-¡Míralo! – Al mismo instante que una luz tenue ilumina a mi poyen, que duerme profundamente.

-¡Míralo! – Me dijo la abuela – ¡Él es capaz de cortarse un brazo por darles lo que ustedes necesitan!

Me acerco a su rostro para besarlo y traspasarle mi amor con mis labios, y despierto sonriente entre la penumbra y el rugido del mar de fondo.

La familia en Chile está enferma porque se perdió el amor que se vive con el espíritu. Se perdió el espíritu y sus principios elementales regidos por la naturaleza del universo. Se perdió el equilibrio y la armonía de los espíritus y la tierra. Se perdió nuestra relación con los espíritus y la tierra. A muchos les suena pachamámico pasado a incienso. Pero no es más que la propia mística del cristianismo, y del antiguo judaísmo, que dejaron de enseñarnos en la Iglesia y se olvidaron en las escuelas. Y en las casas, se ocuparon de llenarlas de artefactos y artilugios, mucho menos se hablaría de nuestro espíritu y cómo amarlo.

La familia mapuche me enseñó lo que es ser familia. Tiene sus raíces en el amor profundo de la dualidad de la pareja, tiene la tierra para enraizar donde los abuelos y sus antepasados acompañan siempre, tienes hermanas y hermanos en cada lugar que visitas, y cada lugar es tu propia tierra. Aquí nunca te sientes solo. Te acompaña el aire, el agua, las aves, los árboles, te acompañas tú.

 

Foye: canelo. Wentru: hombre. Linkongür: ejército de zorros. Trayenko: vertiente, nombre de río del Wallmapu. Poyen: amor. Newen: fuerza que viene del espíritu. Wilüf ayün: amor brillante. Werken: mensajero. Weupife: persona con la capacidad de mantener en sí, hasta los acontecimientos y sabiduría más antiguos y darle vida a través de la palabra. Weichafe: aquel que lucha siendo consciente de quién es y de su causa. Nagche: gente de la tierras llanas. Trutruka: instrumento de viento mapuche. Am lawen: medicina/sanación para el alma. Ngen Ko: espíritu guardián del agua. Ngen kurüf: espíritu guardián del viento. Ngen Kütral: espíritu guardián del fuego. Ngen Mapü: espíritu guardián de la tierra. Ülkantun: canto. Neyen mapü: respirar de la tierra. Tayül: canto profundo del espíritu, desde el alma. Ayün: amor profundo. Pewma: sueño conectado con los espíritus

*Las definiciones de este glosario son sólo aproximaciones para acercar el texto a los no hablantes de mapudungun. Cada uno de estos conceptos tiene un significado profundo que para conocerse es necesario conversar personalmente y en confianza con un mapuche.