Por Patricio Fernández

Duele repetirse que Chile es un país hipócrita; que se dice una cosa y se hace otra; que condenamos los mismos pecados que cometemos. Y es cierto. Nos importa sobremanera mantener las formas. Según relata un artículo de la revista Corre-Vuela publicado el año 1911, a comienzos de marzo “las familias cursis que han pasado la temporada encerradas en sus casas empiezan ya a asomar sus narices por el centro. Como cotorras, no hablan de otra cosa que de su estadía en la playa tal o en los baños cuales. Fanfarronean, y no se han movido de Santiago, se lo han llevado metidas en sus domicilios zurciendo cacharpas viejas.” Antes pudrirse en los patios interiores con todas las persianas cerradas que pasar la vergüenza de reconocerse empobrecidos. Cuentan que Agustín Edwards se deshizo en Europa de un niño que su hermana tuvo fuera del matrimonio, con el fin de evitarse explicaciones engorrosas. En la clase alta, durante largo tiempo se ocultó a los parientes maricas en el cuerpo diplomático para mantener incólume la fachada. Al volver, esos familiares pasaban por extrañamente cultos y refinados. Los conventos de monjas (aunque esto no sólo aquí, sino en todos lados) fueron históricamente escondites para la vergüenza. Los historiadores chilenos, para no pecar de vulgarotes, nunca nos han contado bien el romance de don Ambrosio O’Higgins con Isabel Riquelme. Se nos dice que él se hizo cargo de la educación de Bernardo, a quien reconoció, y que ella era una gran señora de Chillán, cuando, según un amigo experto en la materia, basta mirarle la cara para encontrarle el medio pelo. ¿Habrá sido el romance de una noche enfiestada el que engendró a nuestro padre de la patria? Lo cierto es que por acá hay detalles que preferimos no saber. Antes crueles e ignorantes que ofendidos.

Los ejemplos, en realidad, son miles. Muchos de nuestros defensores de la vida antes de nacer ampararon la tortura y desaparición de adversarios políticos. No son pocos los socialistas que contratan contadores capitalistas para que les lleven las finanzas, ni los beatos que, a la hora de los quiubos, elijen la vida loca. Los Legionarios de Cristo lo están comprobando por estos días y una frase que nunca se les oyó les está saliendo por la boca: “entender las debilidades humanas”. Es que parece que a la larga las cosas nunca son como queremos que sean. Si somos francos, deberemos reconocer que, macabrerías aparte, una dosis de hipocresía es el precio de la libertad. Si nuestras posibilidades están enteramente acotadas por lo que declaramos, por lo que creemos, por eso a lo que le apostamos, sólo podremos ser en la medida de nuestras concepciones. Si aceptamos, en cambio, que entre lo que pretendemos y lo que somos hay un abismo incómodo pero inevitable, el horizonte se expande. No se trata de tolerar lo intolerable ni de obviar la ética, muy por el contrario, porque si algo caracteriza a los personajes verdaderamente admirables es que cumplen sus promesas sin condenar a los débiles. Es más, pareciera que los santos en vez de juzgar al mundo, lo amaran, y en vez de pretender gobernarlo, lo admiraran. Y no a pesar, sino con sus contradicciones.

¡Claro que somos un país hipócrita! De lo contrario, no seríamos un país de poetas. Neruda se cansaba de ser hombre, seguramente porque consistía en ser demasiadas cosas a la vez. Nicanor Parra lo resume así: “Corrupción sustentable, ¡venceremos!”