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6 de junio de 2009

La muerte lo acecha todo

Por

POR RENÉ NARANJO S.

Esperado desde hace un año justo, cuando fue aclamado en su estreno mundial en el Festival de Cine de Cannes, este largometraje de Mateo Garrone, basado en el muy comentado y exitoso libro de Roberto Saviano, por fin llega a los cines chilenos. Y la espera ha valido la pena, porque “Gomorra” es una auténtica experiencia fílmica, de ésas que redefinen cinematografías (la italiana, en este caso), resitúan géneros (el filme de mafiosos) y abren nuevas ventanas políticas y sociales.

Situada en Nápoles, en el epicentro de la Camorra, y centrada en cinco o seis personajes (todos hombres), la película abre con una escena algo engañosa, en la que un tiroteo deja varias víctimas al interior de un centro de estética masculino. Es una entrada que hace pensar en un típico thriller o en una historia donde la intriga jugará un rol importante. Pero no hay nada de eso, pues pronto la acción se traslada a un conjunto de bloques de departamentos, una especie de prisión sin rejas, y de ahí no se moverá.

En estos departamentos, languidecen los destinos de adolescentes como Totó, de jóvenes temerarios como Marco y Piselli, y rutinas de larga data, como la de Don Ciro, encargado de los pagos a los habitantes del lugar que colaboran con la “cosa nostra”. Giran en torno a ellos también un sastre, Pasquale, y Marco, un soñador que quiere conocer el mundo y que empieza a trabajar para un capo que se especializa en ocultar bajo tierra barriles llenos de residuos tóxicos.

El director Mateo Garrone (40 años, 5 largometrajes) maneja las historias de estos personajes con una cámara movediza y observadora, en un tono de extremo realismo, muy bien fotografiado, que no deja espacio para la menor fantasía. Se siente la influencia de Rossellini y se evocan los grandes filmes de los hermanos Taviani, pero Garrone nunca transa en su propuesta antisentimental y lejana a cualquier tentación de discurso, arrebato poético o grandilocuencia. Lo suyo es mostrar una realidad durísima a partir de la convivencia más cotidiana, en la que, sin embargo, hasta el gesto más irrelevante adquiere una tensa connotación de peligro. En “Gomorra”, la muerte lo acecha todo siempre, al filo de ir contra natura, como cuando interrumpe procesos de iniciación sexual y los despertares plenos a los encantos del mundo.

Quizás la película no es cien por cien exacta en su desarrollo narrativo. Poco importa. Si algún detalle de argumento queda confuso (como de qué bando son algunos mafiosos que luchan en la guerra final de bandos) todo se supera por la intensidad que se establece en las relaciones entre los personajes. Hace tiempo que no se veía, por ejemplo, una dupla juvenil como la de Marco y Piselli, fascinados por las armas y el dinero fácil al punto de no ver los riesgos; o el viaje veloz de Totó de la inocencia a la podredumbre; o el derrumbe de dos viejos perros como Pasquale y Don Ciro, metidos hasta el cuello en aguas pantanosas y en negociaciones imposibles. En “Gomorra” no hay tantos balazos como uno podría pensar, pero dada la densidad moral de cada escena, cada uno de ellos retumba como un trueno.

Una buena película siempre tiene que tener un momento especial para convertirse en una gran película. Y en “Gomorra” ese momento ocurre unos 20 minutos antes del final, cuando el capo que está iniciando en el negocio al joven Roberto le muestra el campo sembrado y le pregunta: “¿Qué ves aquí?”. Y se responde él mismo: “Deudas”. Y le explica cómo el flagrante crimen que comete contra el medio ambiente salva vidas y puestos de trabajo, en una encrucijada valórica que amplifica este filme áspero hasta hacerlo apuntar al centro de las grandes inquietudes de las sociedades contemporáneas.

“Gomorra” es mucho más que un puntilloso retrato de la forma en que actúa la mafia. Es el desmontaje de un mecanismo que pervierte el afecto y los lazos de sangre en pos de un universo opresivo y sangriento, que, finalmente, tiene como único destino la destrucción.

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