POR PATRICIO FERNÁNDEZ

El juego es raro, como la vida. Tiempo atrás supe del hijo de una empleada doméstica, genio, según decían, el primero del curso de su liceo, que sacó el mejor puntaje en la PSU de la comuna. Quería estudiar derecho, pero, por esas cosas del azar, al postular marcó mal las celdillas y terminó en odontología. No sé qué será de él. Quizás está escarbando muelas con pasión de tinterillo y escribiendo con un buril sentencias imaginarias en la boca de sus pacientes. Quizás se hizo rico parchando marfiles y olvidó para siempre sus ansias justicieras. El punto es que la historia me hizo pensar en lo difícil que es soportar la suerte, en la marca terrible de la desgracia y en lo que Hans Magnus Enzensberger llama los “perdedores radicales”.


La fuerza de éstos, comprensiblemente, es el resentimiento. Derrotados de antemano, encuentran su justificación en la derrota garantizada. Para redimirse, que nada los salve. Necesitan perder siempre para mantenerse en pie. Las ideologías totalitarias lo entendieron bien y supieron manipularlos: el nazismo apeló a una Alemania humillada en la que todas las frustraciones individuales se vieran reconfortadas, porque ningún fracaso era tanto como el de la nación entera. El perdedor insaciable había encontrado su venganza. En lugar de odiarse solitariamente, odió a otros en conjunto. El humillado no era él, sino su raza perfecta y desvalorizada. Algo parecido consiguió el comunismo. Apelando a la derrota insoluble, hizo de los perdedores oprimidos, de los pobres, una casta, y liberó de culpas personales y expectativas a los rendidos. Es cierto que la sociedad es injusta, pero neutralizar las fuerzas transformadoras del individuo se parece a desenchufarlo, a quitarle su magia, a matarle el entusiasmo. Sólo un ejemplo: la gran poesía chilena nació en Montegrande, en Parral y en San Fabián de Alico. No proviene de salones señoriales repletos de cultura. En la casa de ninguno había muebles con estilo ni elegantes bibliotecas. Como la cordillera de los Andes, ahí estaban.

No creo que nadie piense que, dicho lo anterior, el mundo deba ser una selva en la que las bestias bravas se impongan sobre las mansas, donde los grandes fenómenos naturales opaquen los brotes pequeños y los ríos milagrosamente caudalosos tengan derecho a devastar las vertientes. Sólo un monstruo podría defender esa barbarie. Pero por mucho que regulemos, solidaricemos y posibilitemos, cuesta imaginar que la ruleta universal neutralice sus caprichos. El juego está por todas partes. Lo incontrolable abunda en el corazón de la biología. La suerte, palabra con que designamos lo incomprensible, tiene leyes inexpugnables. No conoce los parámetros ni las constancias, es tan cruel como amorosa, y sólo la magia puede invocarla. Los niños entienden sin mayores problemas de qué se trata. Nosotros, en cambio, nos rebelamos todo el tiempo. Nos cuesta resignarnos a la idea de que jamás podremos controlarlo todo, y cada vez que jugamos aceptamos en secreto que no somos dioses, sino apenas criaturas. Denominamos “suerte” a ese espacio de modestia en que reconocemos no ser los dueños del destino. Nicanor Parra le llama “variables ocultas”.