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Poder

13 de noviembre de 2009

Marco sin título

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Por Patricio Araya G.

El mito urbano le atribuye al presidente brasileño Luiz Inácio Lula da Silva las siguientes palabras, dichas con motivo de su asunción al cargo: “E eu, que durante tantas vezes fui acusado de não ter um diploma superior, ganho o meu primeiro diploma, o diploma de presidente da República do meu país”. (Y yo, que durante tantas veces fui acusado de no tener un título universitario, consigo mi primer diploma, el título de presidente de la República de mí país).
Aunque sus asesores no validan estas palabras, de ser ciertas, ellas darían cuenta de que la posmodernidad –aquel generoso paraguas social y moral inventado para preservar al homo sapiens occidental como especie dominante–, no estaría dispuesta a dejar pasar un detalle tan significativo como aquél, para cumplir con la ritualidad del éxito público: una educación formal (léase, un título universitario).
Tal vez Lula da Silva nunca haya requerido semejante rúbrica académica. A él sólo le bastó abrirse paso desde el sindicalismo anónimo de la fábrica paulista, hasta la gran politik de Planalto, para consolidarse como lo que es: el Rey Momo de su pueblo. Un auténtico self made man salido de las calles y la favela. Los brasileños lo aman tanto o más que a Pelé. Fue Lula quien consiguió para su país la sede de la Copa del Mundo de 2014 y las Olimpiadas de 2016. Dos eventos deportivos que podrían llevar a Brasil a las grandes ligas del desarrollo. Ni siquiera Obama, ni la tecnología japonesa, ni la realeza española en persona, pudieron contra el ex obrero en Copenhague cuando el Comité Olímpico Internacional decidió que Río de Janeiro sería la sede de 2016. A eso algunos le llaman suerte, otros, impronta.
¿Podría hoy ser importante para un país tener un presidente universitario, o será suficiente un sello tan arrasador como el de Lula? ¿Acaso un cartón es suficiente garantía como para no llevar el país a la debacle o al desgobierno? Argentina es gobernada por una abogada (Cristina Fernández), lo mismo que Perú (Alan García). Ecuador tiene un presidente economista (Rafael Correa) y Uruguay es gobernado por un médico (Tabaré Vásquez). Por su parte, el presidente boliviano (Evo Morales) es un ex dirigente cocalero. Todos, sin excepción han tenido sus momentos de crisis institucional.
Que Marco Enríquez-Ominami sólo haya cursado una licenciatura en filosofía, y no tenga un título universitario para archivar como antecedente en la Contraloría, sino un mero grado académico que lo habilita para cursar otros estudios superiores, como magíster y doctorado, podría ser un detalle que muchos estarían dispuestos a soslayar. O bien podría ser un gran mérito en cualquier parte del mundo, menos en Chile. Aquí la universidad es valorada al punto de situarla como el epítome de la perfección, el sumun de la inteligencia intelectual, el final del camino, la llave maestra del éxito social, y por qué no decirlo, el abrelatas de una carrera política que bien podría acabar en La Moneda. Al fin y al cabo, todos los presidentes concertacionistas (Aylwin, Frei, Lagos y Bachelet) se graduaron en la universidad.
Y qué decir de esa martingala con que nos atormentan desde la sala cuna: “tienes que sacar un cartón y ser útil a la sociedad”. Cartón entendido como título universitario. Todo lo demás pareciera ser de segunda categoría. De hecho, en la administración pública impera la cultura distintiva entre profesionales y simples funcionarios, distinción que determina categorizaciones salariales y sociales. ¿Por qué entonces el Presidente de la República tendría que eximirse de una cuestión tan significativa como ésta?
La exigencia de estudios superiores para alguien que en algún momento tendrá que designar a importantes autoridades, como jueces, embajadores, altos oficiales de las fuerzas armadas, directores de todo orden, intendentes y cientos de funcionarios públicos de alta gradación, podría justificarse sólo en el entendido que el jefe siempre tiene que saber (entender) más que el subordinado, o al menos, contar con un staff de asesores muy competentes que lo salven de meter las patas. Con certeza a Marco se le exigirá –como alguna vez dijera Luisa Durán–, algo más que leer un par de libros y hacer una película. Es su deber estar más preparado. El país no es un club de amigos. (¿O sí?).
Entonces, ¿de qué sirve la presión ejercida sobre la juventud para obligarla a obtener en la universidad –y sólo en la universidad–, el mentado pasaporte del éxito social? El sentido común podrá responder esta inquietud desde la perspectiva del consenso: no todos están obligados a ser universitarios, pero el país requiere profesionales; también se necesitan técnicos y obreros. Sin embargo, ese mismo sentido común sostiene la tesis de que el cargo de Presidente de la República, merece algo más que un grado universitario, implica, sobre todo, capacidad de enfrentar escenarios improbables, capacidad de liderazgo y una gran proactividad frente al futuro. Cierto o no, tal vez una persona que haya sido sometida al rigor de una formación académica consistente, esté mejor preparada para emprender la tarea de gobernar un país. Lula es, desde luego, una notable excepción.

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