POR PATRICIO FERNÁNDEZ

Pobre Concertación, le está saliendo todo mal. Como un boxeador cansado, de pronto intuye dónde debiera dar los golpes, pero no le alcanzan las fuerzas, y manotea. Los ve venir, pero reacciona lento, y antes de ladear la cara, ya sangra. Proviene de la mejor escuela de boxeo, la que nació enfrentando con las manos y la cabeza a la artillería de la dictadura, donde se fundó un estilo de combate respetuoso de las mayorías y las minorías, despreciable para los matones de todo tipo, cobardón para algunos, pero indesmentiblemente efectivo. Lo importante no era ganar por knock out, ni mucho menos en los primeros rounds; con que la victoria fuera por puntos, bastaba. De este modo, Chile creció mucho. Aquellos a los que nos gusta imaginar las transformaciones realizadas, olvidamos que lo más complejo es llevarlas a cabo. Tras veinte años en el ring, este boxeador se lleva un montón de trofeos. Ahora, sin embargo, tiene la vista nublada, de pronto se le pierde el contrincante, su cerebro se llena de recuerdos, y atontado por el mareo piensa que en frente suyo está el mismo pugilón de antes, al que volteó tantas veces siendo joven, cuando era menos experto en mañoserías, apenas entrenado y malherido por los abusos, pero con verdaderas ansias de ganar. Entonces era asunto de vida o muerte. Los boxeadores, como las prostitutas, se juegan lo más caro. Sus fichas son ellos mismos.

Hoy, la Concertación tambalea: van a renunciar los presidentes de los partidos, pero no renuncian y, como el boxeador cansado, para cuando lo hagan, el referí habrá contado hasta diez. Ofrecen públicamente, en solemne conferencia de prensa, subir con responsabilidad los impuestos para disminuir la brecha educacional, pero lo hacen de tal forma que al escucharlos nadie consigue visualizar una educación mejor. Ahora se la van a jugar por un par de leyes que en otros tiempos habrían excitado las conciencias reformistas, por no seguir llamándoles progresistas, palabra caída en el mayor de los descréditos: la inscripción automática y el voto voluntario, y otra que apuesta por las escuelas públicas. Pero ya verán ustedes que no pasará gran cosa. El pugilista avanza en el sentido correcto, pero lerdo, mientras el contrincante aprende a servirse de sus movimientos en favor propio.

Desde sus pulmones roídos comienza a emanar un soplo de vida que por el momento pueden solo percibir los mejor informados, una brisa lánguida, por lo demás, todavía insuficiente para dar un buen espectáculo en el cuadrilátero. Se siente entre los que aún esperan hacer lo suyo, en Marco y la Tohá (los más viejos), y en un montón de tipos y tipas cuyos nombres casi nadie ha escuchado. Es el aire nuevo de los que creen que aquí quedan muchas batallas por dar, muchas razones para pegarle con fuerza a los enemigos de una sociedad más igualitaria, en la que ojalá todos nos tratemos de “tú”, y el “usted” se lo ganen los caballeros de alma. Una república laica, sin ir más lejos, pero hoy por hoy, algo tan básico está siendo difícil de representar. Personalmente no se me ocurre cómo hacerlo, al menos no con la velocidad requerida. Quizás sea que no hay manera. En esta elección costará encontrar un público enfervorizado por su representante concertacionista. Quienes vamos a apoyarlo, lo haremos a sabiendas de que nuestro boxeador está por dormirse sobre la lona. Desde las cuerdas le gritan instrucciones encontradas. No se llama simplemente Eduardo Frei. Él no es más que el holograma de un mundo político que cae, al mismo tiempo que otro comienza a nacer lentamente. Un árbol que se desploma, así espero, botando semillas. El tema ya no es el muerto, sino sus herederos.