Fotos: Alejandro Olivares
Este reportaje fue publicado en el número 357 del The Clinic de papel, cuando aun no se había establecido contacto con los 33 mineros atrapados en la mina San José, pero las denuncias que contiene se encuentran plenamente vigentes. Aún esperan respuesta.

El doctor tomó la radiografía, la escrutó unos breves segundos y luego disparó sin anestesia: “usted tiene los pulmones con más tierra que el desierto de Atacama”. Mario Gómez escuchó el diagnóstico en silencio y luego miró al médico con resignación. No hacían falta más palabras. La silicosis se había adherido irremediablemente a sus pulmones pese a haber abandonado las faenas mineras diez años atrás.

-El médico le recomendó hacerse más exámenes y lo derivó al policlínico -cuenta su mujer, Lilian Ramírez, sobre la visita que hizo su marido a mediados de 2009 al médico.

Luego del bajón inicial, Mario volvió a recorrer las calles de Copiapó en su colectivo. El vehículo fue su única fuente de trabajo después de abandonar las minas. Pese al crudo diagnóstico, no se echó a morir. A sus 63 años pensaba, como buen minero, que aún le quedaban cartuchos por quemar. Pero el negocio lentamente empezó a decaer, al igual que sus fuerzas. El dinero recolectado a diario apenas le alcanzaba para parar la olla. Para colmo, sus dos hijas menores quedaron embarazadas. La mochila se tornó, irremediablemente, más grande y pesada. Tenía que salir adelante como fuera y, en su desesperación, decidió volver a trabajar a las minas. Lilian lo apoyó.

-Yo quería que trabajara un período nomás, hasta juntar plata para poder hacerse los exámenes, pero mi marido se entusiasmó y siguió trabajando -cuenta la mujer.

Todavía es un misterio por qué a Mario Gómez, El Mocho, lo aceptaron en la mina San José, propiedad de la minera San Esteban, sin hacerle exámenes pre-ocupacionales. Más aún cuando manejaba un camión con sus manos semi amputadas luego de que una explosión le arrancara dos dedos de una extremidad y tres de la otra. Situación que no deja indiferente a su mujer, que está hecha un atado de nervios.

Lilian lleva 14 días durmiendo en una carpa en las inmediaciones del yacimiento donde su marido ingresó la mañana del jueves 5 de agosto. Sabe que nada volverá a remediar la decisión tomada nueve meses atrás y le duele. Cada cierto tiempo observa una pequeña gruta adornada con una foto de Mario que hicieron con sus hijas en cuanto llegaron al lugar que hoy es el Campamento Esperanza. Mario ya no está con ellas. El Mocho, se presume, estaría junto a otros 32 mineros atrapado a 700 metros de profundidad, bajo 7 mil toneladas de piedras, en las profundidades de la mina San José, en el mismo yacimiento que juramentó no volver a pisar y que ahora tiene a Lilian esperando un milagro.

EL CLAN KEMENY

La mina San José tiene una data de más de 170 años, pero sólo a mediados de los ochenta pasó a manos de Jorge Kemeny Letay, un inmigrante húngaro que se afincó en el país luego de la Segunda Guerra Mundial, huyendo del régimen comunista. Kemeny, para entonces, ya había explotado una mina de hierro y otra de cobre en Vallenar. Cuando llegó a los yacimientos San José y San Antonio, creó la compañía minera San Esteban. Eran otros tiempos. El mineral se extraía prácticamente con palas y picotas. Iván Toro, que años más tarde perdería un pierna al interior de la mina, recuerda que cuando ingresó en el año 85 trabajaba con zapatillas.

-Al principio empecé carretillando y tirábamos el material a pulso para afuera -cuenta.

Con el correr de los años, el mineral se empezó a extraer con carros y comenzaron a llegar las primeras mascarillas, cascos y bototos. Todavía se usaban las lámparas a carburo. El viejo Kemeny, recuerdan los trabajadores, era un tipo afable y bonachón. Cuando ingresaba a la mina era frecuente que los trabajadores lo llevaran en andas para que no se mojara.

-Era muy querido porque sentía respeto por la gente que trabajaba en la mina -cuenta Javier Castillo, secretario del sindicato de la mina San José.

Pero los buenos tiempos no durarían mucho. Con el nacimiento de San Esteban Primero, a mediados de los 90, se incorporan sus hijos Marcelo y Emérico Kemeny Füller. Fue entonces cuando la compañía se impuso el desafío de pasar de pequeña a mediana empresa minera.

-Ahí comenzaron los problemas. Antes trabajábamos con huinches (carros), después hicieron las rampas y luego llegaron los jumbos (perforadoras) y cargadores frontales, pero el problema no fue ese sino el nuevo modo de extracción del mineral -cuenta Roderich Figueroa, ex jefe de turno de la mina San José.

El plan de manejo de la mina, desde entonces, cambió radicalmente. Para pasar a las grandes ligas había que extraer cantidades ingentes de material. El problema, aseguran quienes trabajaron en las minas, fue que los nuevos dueños no respetaron el método de explotación presentado por la misma compañía y visado por el Servicio Nacional de Geología y Minería, Sernageomin. Vincenot Tobar, ex superintendente de seguridad de la mina San José, sostiene que por la ambición de llevar más mineral a la planta cometieron errores garrafales.

-Si se comían hasta los pilares, eso no puede ser, usted cada 50 metros tiene que dejar una loza de un kilómetro de largo por 15 metros de espesor. Si los pilares son los que defienden la mina impidiendo su derrumbe -detalla.

Para entonces los accidentes eran pan de cada día. El primero de magnitud ocurrió en la minera San Antonio en septiembre de 2001 y afectó a cuatro mineros. Aquella vez, recuerda Iván Toro, estaba junto a sus compañeros esperando un camión para ser desalojados de la mina. Se suponía que el lugar era un espacio seguro.

-Sentíamos perforar la máquina en el nivel de arriba cuando de repente se desprende un planchón (roca). Yo fui el más afectado porque me cayó en una pierna, me quedaron los puros cueritos y me la amputaron. Cuando llegué a la clínica perdí la conciencia -rememora.

Lo peor vino después. La empresa culpó a los trabajadores, acusándolos de estar sentados al momento del accidente. Toro no se amedrentó y demandó a la compañía.

-Son tan caraduras que en el juicio presentaron palos blancos, gente que ni siquiera había estado en el turno cuando me accidenté -recuerda.

Finalmente la empresa indemnizó al trabajador con 15 millones de pesos. Dos años más tarde, en septiembre del año 2003, un nuevo accidente afectó a la compañía. Esta vez, eso sí, ocurrió en la mina San José. Roderich Figueroa, jefe de turno, recibió una orden de la gerencia para extraer mineral de un rajo inhabilitado. Estos lugares, asegura el ex trabajador, son cavidades inmensas en que regularmente botan material.

-Según la legislación minera a los rajos y caserones no se puede ingresar, porque es muy arriesgado, generalmente esos terrenos ceden, por eso les ponen mallas -recuerda Figueroa.

Casi al finalizar el turno, a eso de las cinco de la mañana, Figueroa ingresó a regañadientes al caserón.

-Venía de vuelta cuando se desprende un planchón de caja (lateral), se parte en dos y quedé atrapado entremedio a la altura de las piernas. Mis compañeros pensaban que estaba muerto y comenzaron a remover material. Empecé a gritar o si no me trituran -dice.

Figueroa estuvo a punto de fallecer. En la clínica tuvo tres paros respiratorios y el saldo del accidente lo dejó con una pierna menos, fractura expuesta de rodilla derecha y fractura de pelvis. Recién en mayo del año siguiente, ocho meses después del accidente, empezó a dar sus primeros pasos.

En cuanto pudo batírselas por si solo, acudió a Sernageomin. En la entidad le dijeron que su accidente no figuraba en ningún registro. Tampoco aparecía en el libro de actas de la empresa. A esa altura ya nada podía hacer. La empresa no le pagó ni un centavo. Tampoco dio muestras de enmendar el rumbo: prueba de aquello fue que seis meses más tarde, en el mismo lugar en que Figueroa casi pierde la vida, la historia se volvió a repetir. Esta vez con resultados fatales. Pedro González murió aplastado por una inmensa roca. Su muerte esta vez no quedó impune. Su familia se querelló y la empresa debió desembolsar 90 millones de pesos.

A partir de este último incidente, los trabajadores de la empresa, agrupados en el sindicato, presentaron un recurso de protección para velar por el cumplimiento de la legislación de seguridad minera. La mina finalmente logró ser cerrada por dos meses.

Tras un acuerdo de las partes, previo a un compromiso que comprometía a la empresa a fortificar los túneles, se decretó un plan de apertura de la mina.

Todo fue en vano. En noviembre de 2006 murió Fernando Contreras en la mina San Antonio, tras un derrumbe de techo, situación que gatilló el cierre del yacimiento. Dos meses más tarde, Manuel Villagrán corrió la misma suerte tras un estallido de rocas en la mina San José. Los lesionados aquel año sumaron 180. Para los trabajadores fue una temporada maldita. No así para la empresa que se habría embolsado 15 millones de dólares.

Los mineros, hastiados de tanta muerte, decidieron comenzar un plan de egreso dejando a la empresa sin trabajadores, salvo los operadores de patio. Javier Castillo, secretario del sindicato de la mina San José, cuenta que la situación no daba para más: “prefiero que nos juzguen por dejar trabajadores cesantes que pasar toda la vida consolando a viudas”, explica. Pese a los esfuerzos de los mineros por dignificar su trabajo, la mina finalmente fue reabierta en mayo de 2008 y los trabajadores fueron absorbidos por la empresa contratista “e-minning operation”.

PAN Y CIRCO

Jimmy Sánchez tiene 19 años y es el minero más joven atrapado en la mina. Pese a llevar tan sólo 4 meses en las faenas, se desempeñaba como ayudante de tirador. Una labor arriesgada para un joven sin capacitación y experiencia en manipulación de explosivos.

-Cargaba los frentes, luego los hacía explotar y más tarde entraban los mineros a sacar todo lo que queda adentro -cuenta Juan Sánchez, su padre.

Al igual que Mario Gómez, el Jimmy, padre hace sólo 2 meses, ingresó por la puerta “trasera” a la mina. Lo llevó su cuñado y nadie puso reparos a su contratación, pese a tener menos de 21 años, edad mínima estipulada por la legislación minera para desempeñarse en “trabajos de minería subterránea”. La Inspección del Trabajo jamás reparó en el detalle, situación que avala el lapidario informe en contra de la minera que emitió la Dirección del Trabajo el 9 de julio pasado y que advierte sobre los graves incumplimientos en la normativa de seguridad de la mina San José. Documento que Camila Merino, autoridad máxima de la repartición, asegura haber conocido sólo después de ocurrido el derrumbe.

Para los trabajadores del sector, éstas graves faltas responden al aumento sostenido en el precio del cobre:

-Cuando el metal se dispara meten a cualquier pelagato a trabajar -asegura Crisólogo Rojas, primo de un minero atrapado en la mina.

La tentación por obtener ganancias a toda costa no sólo estimula a los grandes capitales mineros, sino también a la enorme masa de cesantes de la región que, según datos actualizados del INE, suman 11 mil 880 personas, equivalente al 10,5% de la población total. La segunda tasa de cesantía más alta del país. Pero eso no es todo. También la región de Atacama ostenta, según la encuesta Casen, el segundo lugar en aumento de pobreza e indigencia en Chile. Una paradoja de proporciones, si se considera que las empresas del rubro minero, según información de Cochilco, ganaron sólo el año pasado 20 mil millones de dólares. O sea, dicho de otro modo, una de las regiones más ricas del país es, a su vez, una de las más pobres.

Los bemoles, sin embargo, no terminan ahí. La escasa capacitación es una constante del sector. Salvo las grandes compañías mineras, son pocas las empresas que invierten en el área. El caso del Jimmy, en rigor, no es aislado. En toda la región de Atacama existen sólo dos liceos politécnicos que cuentan con carreras vinculadas a la minería y la región tiene los peores resultados del SIMCE a nivel nacional. Para Yoris Rojas, la actual Seremi de Educación en la zona, “es una realidad sumamente preocupante”.

-Lo que pasa es que no estamos otorgando seguridad desde el punto de vista de la preparación, dejando capacidades instaladas, para que los jóvenes puedan enfrentar este tipo de situaciones sin riesgos -dice.

Para Jaime Gajardo, vice-presidente de la CUT y Presidente del Colegio de Profesores, también de paso por el improvisado campamento aledaño a la mina, la responsabilidad recae no sólo en el Estado sino en las grandes compañías mineras.

-El apoyo a las escuelas técnico profesionales de parte de las empresas mineras es cero. No existe ningún interés por aportar mientras no exista un atractivo para reducir impuestos -señala.

Pero el asunto no es tan así. Algunos municipios locales aseguran que las grandes mineras no son tan tacañas y que los aportes llegan para otro tipo de actividades. Particularmente de orden recreativo. El alcalde de Tierra Amarilla, Carlos Barahona, asegura que las compañías siempre desembolsan dinero para el carnaval del Toropullay, una celebración que se realiza a principios de febrero. Si bien no se ponen con todas las lucas, su aporte financia la llegada de artistas como La Noche, Marlen Olivarí, Los Charros de Lumaco e, incluso, José Luis Rodríguez, quien estuvo en el pueblo el año 2007 invitado por el alcalde socialista Osvaldo Bilbao. Para lo lugareños, el sentido de responsabilidad social de las mineras está mal orientado.

-Puro Pan y Circo, eso es lo único que les interesa, en el pueblo hacen una que otra mejora, lo demás es sólo muerte y contaminación -alega Crisólogo Rojas.

De hecho, en septiembre del año 2003, una parte de la localidad, junto al pueblo de San Fernando y Estación Paipote, fueron declarados zonas saturadas por contaminación de anhídrido sulfuroso. El mismo aire que respiraba Jimmy cuando regresaba a su hogar.

TRES SIGLOS EN UNO

“Estamos con las tecnologías del siglo XXI, con la gente del siglo XX y las mismas necesidades del siglo XIX”. La frase, escuchada al boleo, resume el sentir de los familiares de los mineros atrapados en el yacimiento. Las horas en el campamento Esperanza son tediosas y los comentarios abundan. También las recriminaciones. Uno de los nombres que se reitera es el de Carlos Pinilla, administrador de la mina San José, a quien sindican como el responsable de la demora en la entrega de información a los familiares. Angélica Álvarez, esposa de Edison Peña, atrapado en la mina, lo acusa de impedir que los trabajadores del yacimiento llamaran por teléfono a los servicios de urgencia.

-Los niños (mineros) querían llamar abajo porque no había cobertura en el cerro y este señor no los dejó, les prohibió estrictamente que se comunicaran con Bomberos, ambulancia o Carabineros. La empresa quería arreglar esto por su cuenta- relata Álvarez.

Pero los dueños de la minera, Marcelo Kemeny y Alejandro Bohn, aseguraron a La Tercera y El Mercurio que fueron ellos quienes dieron la voz de alerta a las brigadas alrededor de las 17:30 horas. Versión que es desmentida por Javier Castillo, dirigente gremial de la mina, quien sostiene que el primero en comunicarse con el seremi del trabajo fue precisamente él.

-Pregúntenle al Seremi Patricio Urquieta a qué hora lo llamé y qué respuesta me dio. Me dijo que no tenía idea del accidente y que iba a empezar a llamar a todos los actores de inmediato- asegura Castillo.

El dirigente no sólo ha salido a desmentir a sus patrones. También lo hizo con el ministro de Minería, Laurence Golborne, cuando aseguró a través de los medios que nunca nadie le había informado acerca de las condiciones en que operaba San José.

-El jueves primero de julio conversamos con el ministro de Minería, en la Cámara baja, en uno de los salones de la bancada de la UDI, lo recuerdo muy bien porque detrás de nosotros había una foto enorme de Jaime Guzmán, y le comentamos sobre las precarias condiciones de trabajo en la mina San José y que la negociación colectiva no era algo efectivo porque precarizaba el trabajo- asegura Castillo.

Ante la desconocida que le pegó el ministro, el dirigente agrega con ironía: “la mejor excusa que pudo haber dado es que no entendía el idioma en que le hablaba este trabajador o, a lo mejor, estaba pensando en el mundial”.

No es primera vez que controversias de este tipo sacuden a la mina. En diciembre del año pasado ocurrió un accidente que pasó prácticamente inadvertido. Un camión se quemó al interior del yacimiento y 26 personas quedaron atrapadas en el refugio. Juan Segovia fue uno de ellos.

-Estuvimos ocho horas atrapados, hacía un calor infernal adentro, parecía un horno, todos arrancamos al refugio porque sabíamos que el humo tiende a subir. Si el camión se quema al fondo de la mina es muerte segura porque el refugio es abierto- recuerda.

Arnoldo Avilés, tesorero del sindicato de la minera San Esteban, asegura que hasta hace un mes la mina no contaba con medidor de gases y eso que Sernageomin se lo acababa de exigir. Tampoco, cabe recordar, la empresa contaba con seguro de vida para sus trabajadores. De ahí que resulte francamente ridículo que Marcelo Kemeny haya asegurado que la única autocrítica de la salida de emergencia, léase chimenea, haya sido no escalerarla.

Y para qué hablar de las fortificaciones que, según detalla Vincenot Tobar, el ex encargado de seguridad del yacimiento, se hacían sólo en lugares específicos.

-Era una discusión eterna que tenía con el geomecánico, un profesor de la Universidad de Atacama, que era partidario de la fortificación puntual y no sistemática cuando las rocas seguían cayendo accidentando a las personas- asegura.

Otro de los puntos cuestionados, según Rodrich Figueroa, es el acopio indiscriminado de rocas al interior de los caserones. Situación que no sólo debilitaría la mina sino que, probablemente, haya sido un factor determinante a la hora del derrumbe.

-Todo ese material se debió haber retirado de la mina para que no colapsara como sucedió con la mina San Antonio- afirma.

Para Tobar, el gran responsable de las malas condiciones de seguridad de la mina San José fue Alejandro Bohn. “Para este señor la seguridad no tenía el más mínimo valor”, asegura.

-Tengo entendido que fue gerente general de empresas en Inglaterra, en México, un tipo con muchos recursos, que había trabajado en grandes compañías de más de dos mil trabajadores pero fabricando yogurt. No tenía la más mínima idea de minas- aclara.

Javier Castillo asegura que, en una de esas, los dueños podrían cambiarle el giro a la mina. A su juicio el yacimiento no sólo produce cobre y oro. También lisiados, amputados y muertos.

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