Piñera y Fox: Para ser hay que parecer

Por PERCIO LÓPEZ

A Vicente Fox en México no le tocaron los mineros, no tenía tantos tics ni presumía ningún título académico (su carrera de administrador de empresas la terminó siendo candidato a la presidencia, presentando como tesis el plan de su gobierno para el desarrollo). No obstante sus orígenes disímiles y el metro de diferencia, comparten la soberbia del empresario bruto que se aburrió de los negocios de siempre y se propuso ser presidente, que fue y será útil a una oligarquía que se congracia con el fin de los políticos, de los flojos burócratas que desayunan en la oficina, que no hacen nada mientras ellos dan empleo y oportunidades.
Todo lo que pregonan es nuevo porque no quieren emparentarse con la tribu de los que llevaron al país, pero no a la Coca Cola o a Lan Chile. Tienen horror por las tradiciones republicanas porque las únicas que conocen son las de vestirse de huasos o charros, andar a caballo y gritar Viva Chile mierda o México cabrones. No existe la estética ni la retórica, sólo la acción, el frenesí de abarcar y demostrar lo mucho que trabajan. No hay tiempo de protocolos o estrategias sino giras en las que los alumnos aplicados le enseñan a los europeos cómo se hacen las cosas, mientras se lanzan a contar sus tres chistes.
Están convencidos de que los otros países los quieren oír a ellos, no conocer de los potenciales de la nación. Sus anécdotas son siempre de ignorantes, pero naturales. Les da orgullo presentarse sin maquillaje para recordarnos que lo preparado es de mal gusto. Si la política es el gran lugar de la interpretación, ellos son improvisadores. Sus puntos de vista están por encima de su estrategia porque la gente quiere oír cosas frescas. En vez de los discursos, la herramienta de persuasión es el power point que sostiene su fraseo de lugares comunes simpaticones.
No se preocupan por las formas, porque las formas son de políticos incompetentes que sólo aparentan una cultura y una sobriedad falsas. Lo ideal es ser francos, como si no tuvieran una investidura y siguieran tratando a los peones del fundo. Cuánta naturalidad mal entendida hay en sus chistes, en su protagonismo grotesco por el que decidieron dejar sus empresas tan exitosas. Encima parecen incitar a que les agradezcamos lo mucho que dejan de ganar por nosotros al deshacerse de lo que construyeron.
De donde vienen, nunca hay pares. Las relaciones de desigualdad son constitutivas de su mundo de negocios. Si alguien tiene más, ese va en la cabecera. Si es tu empleado puedes tener una relación de vasallazgo paterna y tirarle tallas sobre su ropa o su mina.
Como si en la similitud estuviera la igualdad, tampoco juegan a su favor las limitaciones verbales de ambos (Marepoto, Borgues) ni el maravilloso papel de niños regañados al que juegan con sus esposas, las que agenda por medio acabarán opinando mejor que ellos.
El verdadero horror es cuando tienen que salir al exterior. Las vergüenzas de uno son de uno, pero verlos insultando a la comunidad negra, como lo hizo Fox, con frases del tamaño de “los mexicanos hacen trabajos que ni los negros harían” o citando Deutschland uber alles, estrofa que los alemanes han prohibido por su incitación a la supremacía y asociación con el nazismo.
No se preocupan por los discursos porque el aplausómetro los interpreta. Dos vueltas de carro, pues dos vueltas de carro, no se hable más. Al final de cuentas no se preocupan por nada de lo que significa ser presidente porque todo es extensión de lo mismo. Centran y rematan con el costo de no entender la virtud de las posiciones. Los muchachos terminan decepcionados cuando se dan cuenta que había algo de difícil que los separaba de ser Lula y los devuelve a su condición de vendedores comisionistas.

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