“Papá, ¿Por qué en casa no tenemos un árbol de Navidad?”, pregunta mi hija. Houston, we have a problem… ¿Qué responder? Opción 1: “Resulta que antes del fatídico 12 de Octubre de 1492 y el catolicismo apostólico romano”… Opción 2; “Ok, vamos al Easy”. Aunque muchos no lo crean, mi opción fue la número 2. Totalmente. Era eso o leer a mi hija un pasaje de “Retrato del Colonizado” de Albert Memmi y como tiene 6 años, lo siento, paso, para otra vez será.

Y es que tendría que ser muy pelotudo. Conozco gente de izquierda que lee pasajes de Lenin a sus hijos antes de dormir. Y a otros cuyo máximo sueño es que sus hijos sean “pioneros” de la revolución… ¡Y en Cuba! “¿En verdad sueñas con enviar a Luchito a cursar la básica en Cuba?”, pregunté a un amigo sociólogo de Temuco, hijo de otro sociólogo con pasado verde olivo y caribeño. “¿Y por qué no? Sería un honor. Imagínate al enano en la tierra de la Revolución, con su pañoleta roja, solemne, jurando cada mañana ser como el Che”. Mmmm… Sucede en todas las trincheras ideológicas, aclaro. Una amiga ultra conservadora no halló nada mejor que internar a su hija en un severo colegio de monjas franciscanas.

“Yo nunca tuve tal oportunidad de acercarme a la Virgen”, me señaló cierto día, peinando severamente la muñeca. No supe que responder. Solo miré al cielo y oré al medio centenar de dioses paganos mapuches por su alma.

El caso es que mi hija preguntó por nuestro árbol de Navidad y partimos raudos al Easy. ¿Un mapuche colonizado? No lo crean; pragmatismo-leninismo, lo llamaría mi abuelo. Yo también, en mi más tierna infancia, creí en la hipotética existencia del viejo Pascuero. O del “Lonko Pascuero”, como le llamábamos con mis primos. Había cosas que no me cuadraban, lo reconozco, pero mi hija –mucho más inteligente que yo a la misma edad- descubrirá tarde o temprano la farsa. Y en el futuro escribirá columnas reconociendo lo que la mayoría de mapuches más bien oculta. Eso espero al menos, que aprenda a reír de sus contradicciones. O que las mapuchice, mucho mejor consejo a la larga.

¿Se puede mapuchizar la Navidad y el viejo pascuero? Absolutamente. Pregunten a los Inuit, de Groenlandía. Visité la lejana isla el año 2004, invitado a una capacitación en comunicación y derechos indígenas de la ONU. Además de ser el autogobierno indígena más avanzado del planeta – la isla depende del reino danés, pero tienen previsto en 2018 un referéndum de independencia -, “Greenland” (que poco y nada tiene de “green”) es también el hogar del viejo Pascuero. O mejor dicho de Papa Noel, la versión original del viejito bonachón que luego Coca-Cola transformó en icono del consumo mundial. Así es, Papa Noel vive en Nuuk, capital de Groenlandia, allí tiene su casa, con dirección postal, renos pastando en el patio y estacionamiento privado. Para los Inuit no se trata de ningún chiste. Vaya si se toman en serio la leyenda del viejito. Te mencionan el temita desde que aterrizas en aquel roquerío que llaman aeropuerto. Y vaya si son cargantes.

Pero no todo es color de rosas. Al otro lado del Atlántico Norte, otros indígenas, los Sami, reclaman desde hace décadas que Papá Noel no vive en Nuuk sino que en Escandinavia. Específicamente en las montañas cercanas al poblado de Rovaniemi, en la Laponia finlandesa, tierra de auroras boreales, renos y chicas indígenas de metro ochenta, pelo rubio y ojos claros. ¿No sabían de la existencia de indígenas rubios? Dense una vuelta por Dinamarca, Noruega, Suecia y Finlandia, territorio del pueblo Sami. Si es mapuche, de seguro no querrá volver. De allí es Renée Zellweger, ganadora del Oscar y protagonista de “El diario de Bridget Jones”. Bueno, más bien su madre, indígena sami y toda una celebridad en Laponia. ¿No lo sabían? Yo tampoco, hasta hace no mucho.

¿Qué lleva a los Inuit y los Sami, pueblo apegados como pocos a sus centenarias tradiciones, a disputarse el domicilio de Papa Noel, Santa Claus, San Nicolás, el viejo Pascuero de Coca-Cola o como quiera que se llame el tatita este? Si no lo hicieran de pasarían de lesos. Grito y plata el viejito. Millones de dólares en facturación anual. Me lo reconoció el propio ministro de economía de Groenlandia. Intrigado –e ingenuo- pregunté si no veía una contradicción en defender a raja tabla su cultura y promover por otro lado una leyenda importada y sobre todo occidental.

“El turismo, después de la pesca, es nuestra segunda entrada de divisas al país”, me señaló pedagógico. “O potenciamos el turismo o destruimos los glaciares con la minería. ¿Qué prefieres?”, agregó. Sospecho lo mismo me respondería un Sami. Poco y nada que agregar. Simpático Papa Noel. Se me ocurre que si escudriñamos en la historia, demás que damos con su incuestionable origen mapuche. Qué dicen, estimados peñis. ¿Vamos con la demanda al Tribunal de La Haya? Negocios son negocios, cara pálida.