Procesan a cuatro oficiales de Carabineros por la muerte de dos cadetes

Se trata de los tenientes Rodrigo Oakley Gazale, Sergio Molina García, Nicolás Silva Sepúlveda y Jesús Wastavino Jaque, sobre quienes recae la responsabilidad de que hace poco más de un año, Sebastián Pinuer y Julio Ulloa estén sin vida. Y todo por la sobrexigencia física a la que fueron sometidos en su primera instrucción. Los uniformados quedaron en libertad provisional, previo pago de una fianza 200 mil pesos. La decisión del tribunal castrense, en todo caso, será apelada por los querellantes en la Corte Marcial, que esta semana resolverá si mantiene el beneficio o los envía a la cana.

La Quinta Fiscalía Militar sometió a proceso por cuasidelito de homicidio a cuatro oficiales activos de Carabineros por su responsabilidad en la muerte de dos aspirantes a la institución, Sebastián Pinuer y Julio Ulloa, el 1 de febrero de 2011 en el predio de instrucción de Curacaví.

Los procesados son los tenientes Rodrigo Oakley Gazale, Sergio Molina García, Nicolás Silva Sepúlveda y Jesús Wastavino Jaque. El fiscal militar que lleva el caso, resolvió dejar a los uniformados en libertad provisional, previo pago de una fianza 200 mil pesos. La decisión del tribunal castrense, en todo caso, será apelada por los querellantes en la Corte Marcial, que esta semana resolverá si mantiene el beneficio o los envía a la cana. El respecto Carabineros, a través de su Departamento de Comunicaciones, indicó que la institución no emitirá comentarios y que los efectivos seguirán realizando sus labores regulares.

El sumario acreditó que las víctimas fallecieron por la extremas exigencias físicas a las que fueron sometidos, sin que les permitieran hidratarse y con una mediocre atención médica de parte de los profesionales de la policía, cuestión que derivó en un “golpe de calor” que los hizo colapsar.

La fiscalía militar también estableció que las víctimas sufrieron desmayos antes de morir y aún así fueron obligados a continuar con la instrucción.

Señales macabras

Todo comenzó con la campaña de verano en terreno, donde participaban el primer y segundo escuadrón, en el predio de Curacaví.

Los jóvenes presentaban buenas condiciones de salud, previamente acreditadas por médicos, por lo que nada hacía presagiar un destino fatal.

Un día antes de la muerte, Ulloa había sido atendido por un desmayo, tal como lo declaró la auxiliar en enfermería presente en el lugar, Susana Segovia.

El dictamen de la judicatura castrense también probó que la instrucción, más que policial de carácter militar, se realizó sin un período de aclimatación previo, prohibición de tomar agua, todo enmarcado en una ola de calor que superaba los 32 grados celcius por aquellos días.

Según se desprende en el expediente, el 1 de febrero al menos 4 aspirantes presentaron síntomas de agotamiento, como sangramiento nasal, vómitos y mareo.

Al respecto, Segovia declaró: “De acuerdo a mi experiencia, puedo señalar que en este campamento, al contrario de otros, fue en el que se ha atendido un mayor número de alumnos con problemas de mareo, fatiga, dolores de cabeza, epistaxis violentas (sangramiento nasal grave), llamando seriamente la atención al personal médico y paramédico este último síntoma”. Lo último se explica por la cantidad de polvo que había en el lugar que obstruía las vías nasales, como también el calor que hacía subir la temperatura corporal.

Uno de los testigos que presenció el desmayo de otro aspirante fue el propio ex director de la institución, general Eduardo Gordon, mientras que la doctora presente en el lugar, Patricia Santos declaró que atendió a 12 aspirantes, algo absolutamente inusual y que da cuenta de que los instructores fueron negligentes, de acuerdo a la resolución de la fiscalía.

El sable de la muerte

La primera señal de que Pinuer estaba en malas condiciones de salud, fue observada por el aspirante Cárcamo, quien vio a su compañero sentado bajo un peumo, donde estaban apiladas las cantimploras.

Pese a todo, la instrucción y el “aporreo” seguía. Flexiones, pecho a tierra, carreras hacia un lado y otro, gritos, presión sicológica para templar el carácter de los futuros policías sazonaban el entrenamiento. De pronto todo comenzó a cambiar y el panorama se oscureció.

El teniente Silva fue el primer oficial que vio a Ulloa en estado grave. El joven estaba en el suelo y con su sable intentó moverlo, mientras le gritaba “vamos a traer un basurero y tirarlo allí”.

Sin embargo el joven no se movía. Era sólo un desmayo sin importancia dijo el paramédico, quien lo llevó a la zona donde operaba la carpa para atender situaciones de salud, el cual tenía condiciones precarias. Contaba sólo con una malla y un catre de fierro.

Al llegar al lugar Ulloa, eran las 15.45 del 1 de febrero. La solicitud de ambulancia, en tanto sólo se hizo a las 17 horas, lo que revela la negligencia de los oficiales procesados por la justicia militar.

El guiño de la guadaña

Otro aspirante que estuvo a punto de morir es Gonzalo García, pero se salvó para contarlo. Según él, las extremas exigencias físicas a las que fueron sometidos eran insoportables: “Recuerdo que trotamos entre 5 y siete vueltas y comencé a sentirme mal y paré mareado y me costaba respirar por el polvo. Luego me reincorporé al trote y comenzar los ejercicios por secciones… luego caminamos en marcha, marcando el paso, deteniéndonos y comencé nuevamente a sentirme mal, donde mi teniente Wastavino me dice ‘García no me sirve así en la fila, vaya a trotar”, al realizar este trote fue donde me desmayé, perdiendo el conocimiento.

Este último aspirante fue trasladado en ambulancia junto a Ulloa al hospital de Curacaví. En el vehículo iba con la auxiliar Segovia. La mujer declaró el momento en que Ulloa falleció: “… iba acostado en la camilla. Quedó con su mirada con su vista fija en el techo de la ambulancia, revisándole las pupilar a la luz de la linterna, éstas no reaccionaban, pudiendo apreciar que se boca se llenaba de fluidos, alimenticias, frutillas específicamente…”.

El caso de Pinuer no es muy distinto, pero más brutal, porque al teniente Wastavino se le había perdido. Envío a un par de reclutas a buscarlo. El joven no estaba bajo el peumo y comenzó la búsqueda, lo encontraron, fue atendido, llegó un helicóptero para trasladarlo al hospital institucional, pero de nada sirvió. Horas más tarde, estaba sin vida y Carabineros enfrentando una crisis de proporciones que dejó por el suelo la moral de esa joven tropa de aspirantes y a dos familias sumidas en el dolor de haber entregado a un hijo vivo.

Así, más allá de la acción de la justicia, en la memoria de los deudos -no importa cuánto tiempo transcurra- resonará por siempre el último acorde que dejó la música de la muerte

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