El infierno de los deudores Corfo

Detrás de la estadística que enorgullece a los últimos gobiernos chilenos sobre acceso a la universidad, se encuentran unos dramas financieros que recién este año emergen. Se trata de 106 mil familias que viven con la soga al cuello temiendo embargos.

Claudio tiene 23 años y ya está en Dicom. Asiste a un vespertino todas las tardes, de siete a diez de la noche, para terminar su carrera de kinesiología que empezó hace cinco años en la Universidad Viña del Mar en San Felipe. El verano pasado trabajó de reponedor en un supermercado y recolectando fruta en el campo para juntar las lucas y pagarse lo que le resta aún para finalizar sus estudios. Los domingos se la pasa en un camión distribuidor de Coca Cola, moviendo de un lado a otro pesadas cargas de envases llenos y vacíos.

Sus papás son Luis y Amelia y trabajan en un supermercado. Él es supervisor; y ella, reponedora. Ninguno fue a la universidad, Claudio tenía que ser el primero en la familia en llegar a la educación superior. Cuando salió del liceo técnico, en el 2006, fue uno de los pocos de su curso que entró a estudiar una carrera profesional. Para financiarla, su padre solicitó una serie de créditos Corfo que en un comienzo no superaban los 9 millones de pesos y que terminaron convirtiéndose en una pesadilla. Hoy, Claudio sufre de crisis de pánico y va al sicólogo para aliviar la presión que le genera saber que, una vez que egrese, tendrá que trabajar gran parte de su vida para pagar los 22 millones de pesos en los se transformaron sus ganas de estudiar.

La familia Lobos alcanzó a pedir, con una tasa de 9,5% de interés, un total de cinco créditos al Banco Estado. En junio de 2011 se atrasaron con una cuota y cuando fueron al mes siguiente a ponerse al día, saldaron la deuda sin problema. Recién en diciembre se toparon con la sorpresa de que el banco los castigaba por el atraso. “Debíamos pagar toda la deuda de una sola vez o embargarían nuestras cosas”, relata el joven.

Claudio tuvo que dejar la universidad. El banco los demandó, los Lobos tuvieron que buscarse un abogado y hoy se encuentran sumidos en trámites, papeleos y juicios. Además siguen pagando cuota a cuota los créditos pendientes en un “acto de buena fe” que convenza al juez de fallar a su favor. “Dejamos de comprarnos ropa para pagar las cuotas. Antes teníamos TV cable, salíamos de vacaciones. Ya no. Ahora llegamos más apretados a fin de mes. Mis papás andan todo el rato sacando cuentas”, cuenta Claudio. El próximo año, el hermano que le sigue sale del colegio y también tiene ganas de entrar a la universidad. Ya está al tanto de que la cosa es poco probable.

Los Lobos son una de las 106 mil familias que actualmente se encuentran con la soga del crédito Corfo atada al cuello, y que esperaban que los beneficios anunciados el 12 de abril por el ministro Beyer para los deudores del CAE y el Fondo Solidario, los alcanzaran. Pero las expectativas jamás pasaron de eso, en un incierto panorama donde las entidades bancarias parecen ser las más privilegiadas. Las más polémicas son Banco Estado, Scotiabank y Banco Falabella.
Este 2012 irrumpieron en el conflicto estudiantil, pidiendo a los bancos que detuvieran los embargos de sus muebles y casas. La semana pasada la demanda mutó en una rebaja de la tasa de interés de los créditos al 0%, como señal de radicalización del movimiento, luego de que en la última sesión especial de la Cámara baja, el ministro de Economía Pablo Longueira insistiera en condicionar la solución a una aprobación previa de la reforma tributaria y de los cambios al Crédito Aval del Estado. Pero para ellos, el reloj no se detiene. Los embargos y juicios, tampoco.

PAGAR O COMER

Los créditos Corfo aparecieron en 1997 durante el gobierno de Eduardo Frei Ruiz-Tagle, como una solución para que las familias de clase media pudieran acceder a la educación superior, pagando sus estudios en cómodas cuotas y a un plazo de varios años, con un interés superior al 9%. Un reciente informe de Corfo señaló que desde entonces, los bancos involucrados han ganado un total de 300 millones de pesos haciendo estas prestaciones. “Es un robo legalizado. Es increíble cómo el Estado chileno le ha dado millones a la banca y no se ha preocupado ni siquiera de fiscalizar cómo operan. Los dejaron al “laissez faire”, como dicen ellos”, explica Cristián Villagrán, vocero de la Agrupación Estudiantes Estafados por el Crédito Corfo, donde se reúnen varios deudores.

Uno de los aspectos más controversiales que posee este crédito es el llamado subsidio contingente y que faculta al banco para cobrar al Estado el 50% de un crédito no pagado. Pero para ello, éste debe demandar antes a la familia deudora y declarar el embargo de sus bienes. Un arma de doble filo.
Hasta la casa de Marcela Droguett, en Pedro Aguirre Cerca, carabineros ya ha llegado varias veces para tasar y tomar nota de los bienes a embargar. Unos sillones, un televisor, un refrigerador y hasta una guitarra. Durante una de estas jornadas, Marcela estaba cuidando a una persona muy enferma en su dormitorio. Ante la llegada de la policía con el receptor judicial, empezó a suplicarles entre lágrimas y con los dientes apretados de tanta frustración, que por favor se retiraran.

Marcela Droguett es separada desde hace quince años y ha criado prácticamente sola, junto a su madre que vive con ella, a sus tres hijos hombres, de 32 el mayor y de 24 el más joven. La casa la heredó de su padre, un ingeniero de la Universidad Católica que les pagó a ella y a su hermana los estudios y les regaló un auto antes de morir. “Él estudió, mi hermana estudió, yo estudié. Mi papá pagó al contado las carreras y nunca fue un drama. Estudiar era algo natural”, explica.

De ahí que para Marcela, que hoy es profesora, jamás fuera una opción el que sus hijos no fueran a la universidad. “Siento una frustración tremenda y mucha culpa. Siempre sentí que lo que les podía dar era educación pero después me di cuenta de que les hipotequé la vida. Fui muy severa con eso porque creía que era la solución. Ahora me siento ridícula”, confiesa.

Cuando el mayor de sus hijos entró a la universidad en el 2001, Marcela decidió pedir su primer crédito Corfo. Lo mismo hizo cuatro años después, cuando le tocó al que le sigue, y una vez más cuando entró el menor a estudiar. Ahí se le juntaron los pagos: mes a mes debía cancelar alrededor de 600 mil pesos por los tres en puro crédito. Pero pronto se quedó sin trabajo durante un año y medio. Entonces se atrasó con las deudas. Hoy, sus créditos Corfo alcanzan aproximadamente 30 millones de pesos.

Cuando volvió a trabajar, fue al banco para ver la posibilidad de repactar, y aunque al momento de solicitar los préstamos jamás le habían pedido un sueldo mínimo, esta vez le dijeron que los 800 mil pesos que ganaba no eran suficientes para hacerlo. Finalmente, optaron por demandarla. Hoy tiene ocho juicios en su contra y gana menos de la mitad que cuando le negaron la repactación. “En definitiva, yo con la plata que gano y con mis hijos que también trabajan, sostenemos la casa. Si le pagamos al banco tendríamos que dejar de comer. No tengo opción de pagar”, explica.

LA LETRA CHICA

En el 2003, Yamila Hermosilla cursaba su segundo año de periodismo en una universidad privada. Siendo la mayor de tres hermanas, comenzó a buscar alguna opción para ayudar a sus padres con los pagos. En eso apareció el milagro de los “mil créditos de CORFO”, una serie de préstamos que se ofrecían a los alumnos y en los que la universidad hacía de aval. “No me pidieron papeles, ni nada. Pequé de inocente. Me hablaron de plata para pagar la universidad y listo, firmé”, recuerda. Solicitó un millón doscientos mil pesos, mediante el Banco Santander, y el resto del arancel lo siguió pagando de su bolsillo directamente a la universidad.

Al tiempo dejó de pagar el préstamo, porque lo que ganaba haciendo pitutos no le alcanzaba. En la universidad nunca le dijeron nada porque la plata que les correspondía a ellos jamás dejó de pagarla.

Hace dos años Yamila volvió a Chile, luego de trabajar en España como periodista en una empresa de turismo. Estaba embarazada y quería regularizar su situación profesional. En eso se topó con que la universidad se rehusaba a entregarle el título de periodista hasta que no pagara su deuda, hoy de ocho millones, con Corfo.

Hace poco la llamaron para que postulara a un cargo público en el Consejo Nacional de la Cultura y las Artes, y Yamila ya sabe que no podrá hacerlo por no tener el certificado de titulación. “Es una pega que sé que es para mí. Hablo tres idiomas, ejercí en el extranjero, pero de nada me sirve a la hora de presentar los papeles. Hoy trabajo en dos fundaciones, pero con lo que gano no me alcanza para pagar el crédito y vivir. Es un círculo vicioso”.

Antes que en marzo de este año, el programa Esto No Tiene Nombre de TVN pusiera el tema de los deudores Corfo en la palestra, el grupo en Facebook de los Estudiantes Estafados por el Crédito Corfo estaba dormido. “Antes del programa éramos 400 inscritos, pero los que hacíamos funas y acciones éramos 15 como mucho. Nos parábamos afuera de la Corfo, con nuestro lienzo histórico. Nunca fuimos recibidos por nadie, no había postura oficial del tema”, relata Cristián Villagrán, vocero de la entidad. Entonces, unos pocos se reunían en el Parque Almagro, simbólicamente justo bajo la estatua de Pedro Aguirre Cerca, bajo cuyo gobierno se creó la Corfo.

Hoy la agrupación cuenta con dos mil miembros y ya recibieron el apoyo expreso de la Confech quien incluyó las demandas de los deudores en su petitorio. Y aunque los bancos, el gobierno y la Corfo no han hecho más que dar señales de buena disposición, los Estafados no están dispuestos a volver al anonimato.

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