El arquitecto brasileño Óscar Niemeyer falleció anoche a los 104 años de edad. El célebre arquitecto, quien permanecía ingresado desde el pasado 2 de noviembre en el Hospital Samaritano de Río de Janeiro, murió a las 21.55 hora local (23.55 GMT) a causa de una infección respiratoria, precisó una portavoz del centro médico.

El arquitecto, quien hasta la noche de ayer estaba lúcido, pasó sus últimas horas de vida sedado y sometido a respiración asistida y en el momento de su muerte estaba acompañado de una decena de miembros de su familia, agregó el galeno.

Creador de los principales edificios públicos de Brasilia, Niemeyer fue ingresado hace 33 días debido a dificultades para alimentarse e ingerir líquidos, pero su estado se agravó paulatinamente con dos hemorragias digestivas y una insuficiencia renal que forzó a someterlo a hemodiálisis.

El arquitecto, discípulo privilegiado del suizo Le Corbusier, perdió este mismo año a su única hija, Ana María, quien falleció a los 82 años en ese mismo hospital.

Considerado como un revolucionario de la arquitectura mundial es un referente de la Arquitectura contemporánea, un brasileño universal, que con su maestría de la estructura curvilínea se erigió en uno de los padres del modernismo, admirado por sus colegas y respetado por su humanismo y compromiso.

Álvaro Siza, Zaha Hadid, Richard Rogers, Richard Meier, Renzo Piano, Ricardo Legorreta, Gae Aulenti, Teodoro González de León o Juan Herreros no ahorraban adjetivos para homenajear a Niemeyer.

Para el británico Richard Rogers, premio Pritzker (El Nobel de la Arquitectura) como Niemeyer, el brasileño era “un gran arquitecto, uno de los maestros originales que dieron forma al movimiento moderno”, y destacaba sus edificios “hermosos, plásticos, bien proporcionados, dinámicos y blancos” que “combinan la escultura, la funcionalidad y la ciencia con el arte”.

Sir Rogers no ocultaba su amor por la obra de su colega brasileño y mostraba una especial debilidad por el pabellón de la Galería Serpentina, una especie de vela blanca en el Hyde Park londinense.

“Es como si hubiese pasado cien años depurando su obra hasta alcanzar una sencillez mágica”, se extasiaba el autor, junto al italiano Renzo Piano, del Museo Georges Pompidou de París.

Para otro premio Pritzker, el portugués Álvaro Siza, Niemeyer era conocedor de las dificultades políticas que afectan a la evolución de la arquitectura y fue capaz de superarlas “con el coraje de un sueño nunca interrumpido”.

La referencia a Niemeyer ayudó a “la reconquista de la libertad creativa, la conjunción de tradición y modernidad”, señalaba Siza al rememorar la fascinación que producían en su generación sus diseños: “Pilares como puntos, paredes como finas líneas ondulantes, casi disuelta la forma, con todo tan nítida y tan nueva y tan evolutiva”.

Niemeyer es una “figura que inspira a todos aquellos que quieren crear edificios maravillosos”, decía, por su parte, el estadounidense Richard Meier, quien admiraba la pureza y claridad que transmiten sus obras gracias al uso de materiales que permitían aprovechar al máximo la luz, como la sede del Partido Comunista francés en París, la editorial Mondadori en Milán o el Museo de Arte Moderno Niterói de Río de Janeiro.

Meier, que también tiene el Pritzker, le agradecía por ello “su enorme contribución al mundo de la arquitectura”.