Luis Alberto Valenzuela Astudillo (49) se ganó el apodo de Maradona jugando pichangas de baby fútbol en una casa de menores. Su pelo ruliento y estatura pequeña confabularon a la perfección con su nueva identidad. Una identidad que le agrada y lo hace sentirse distinto. Ha participado en programas de televisión y le han hecho entrevistas para diarios. Incluso, la municipalidad lo incluyó como patrimonio inmaterial de la ciudad.

A los 20 años, en 1984, Maradona pensó que la caleta Portales podía ser un buen lugar para vender confites. Lo que no imaginó es que se quedaría por 29 años y que allí terminaría por darle vida a su personaje: el Maradona chileno. Aunque, finalmente, no se hizo conocido por vender dulces, ni juguetes, que es lo que hace ahora, sino que por estacionar autos.

– Cuando llegué a vender confites, este lugar era de pura tierra y la gente venía a los puestos de los pescadores. Había un caballero que cuidaba los autos pero pasaba curao. Al final yo tenía que sacar los autos y después le pasaba todas las monedas. Un día me aburrí de entregarle la plata porque hacía toda la pega yo, así que fui a la muni, saqué un permiso pa’ estacionar y les conté que la persona pasaba ebria. Con el caballero nos peleamos, él se fue y ahí quedé yo. No había nadie más- recuerda.

Maradona, inquieto, se hizo popular y su personaje comenzó a evolucionar. Se compró un pito, una pelota, poleras de Boca Juniors y de la Selección Argentina de Fútbol. A tanto llegó su popularidad que Felipe Camiroaga y Myriam Hernández lo invitaron a la Noche del Mundial en el 2006. Tres años después la municipalidad porteña lo homenajeó y lo nombró personaje típico. Hace poco, unos estudiantes de la Universidad de Playa Ancha le grabaron un documental sobre su vida.

-Desde chico que cuido autos, me gusta, es más entretenido que vender juguetes, uno conversa con los clientes, te cuentan sus problemas, te echan su talla, te preguntan algo, siempre estoy dando información, me gusta que pregunten- dice.

En la playa Maradona ha visto de todo. Cuenta que una vez vio a una pareja teniendo sexo en un auto y que era “igualito a una porno, pero en vivo”. Luego agrega: “No miro mucho eso si poh, pa qué”.
Maradona reconoce ser corto de genio y que ha tenido problemas con algunos clientes.

-Un día le pedí propina a un hueón de una moto, y me respondió a puros garabatos. Yo soy choro y le respondí de vuelta. Pero este hueón resulta que era karateca y me aseguró con una patada voladora- recuerda.

Casa de Menores

Todos los niños formaban un círculo sentados en el suelo. Al centro, dos de ellos se agarraban a puñete limpio. Al final de la pelea y luego de estrecharse las manos, el perdedor tenía que ducharse con agua helada. Así se resolvían los problemas en la “casa de menores” de Playa Ancha, recuerda Maradona.

-Cuando alguien se tenía mala el tío Favio decía: “¡Ya!, tú y tú a la tarde pelean”. Otro castigo era con una goma, esas de neumático con las que se hacían chalas. Te pegaban 10 veces en las manos, eso dolía, te quedaban coloraaadas-, recuerda exaltado.

No estuvo solo allí. Antes de él, uno de sus diez hermanos, el Memo grande, también pasó por el lugar, sembrando un linaje de “respeto”.

-Nadie se metía conmigo. Pero de todas formas yo era “parado” y allá adentro la peleaba. Podía cambiar las arvejas partidas, que nos daban de almuerzo, por pan con queso de la colación de la tarde, que me gustaba más. También podía elegir el puesto en el camarote, a mi me gustaba abajo porque siempre he tenido el sueño malo y me caía. No faltaba que el que dormía arriba se hacía pichí. A esos los castigaban con la goma y eran los perkins de los otros, pasaban a puro charchazo. Pero los niños no eran como ahora que se pegan balazos, no, la gente era otra, no estaba loca, era a puro combo en el hocico- dice.

Nada de colegios ni formación en la casa, Maradona de niño se la pasaba en la calle: limosneaba, lavaba autos, ayudaba a llevar bolsas en la feria, vendió ropa usada y confites. También robó.

-Me gustaba ser callejero, me gustaba producir y sí, robé, pero cuando cabro chico. Son cagas’ que uno se manda. Una güena fue meterme a una zapatería en la plaza Victoria, que tenía rejas así de fierrito por donde cabía la cabeza. Con tres cabros más nos pasamos y empezamos a meter zapatos en unas bolsas, pero llegó Carabineros y nos pilló listos con el “bacayo”. Como menor de edad, a la casa de menores. Siempre llevaban a niños que robaban, que andaban pidiendo plata, que les pegaba el papá… niños con historias, yo habré tenido 14 o 15 años, palomilla poh’- recuerda.

Para salir del hogar de menores, Maradona necesitaba ser retirado por sus padres. Su mamá, oriunda de Villa Alegre fue analfabeta y pesaba 115 kilos. Asegura que nunca salía de la casa, que estaba siempre sentada al lado del bracero tomando mate, que era de campo. También que cuando murió de cirrosis y buena mesa en 1984, ninguna vecina la conocía.

-Para salir a dar una vuelta, había que sacarla a tirones. Yo la quise porque nunca me pegó, a lo más me retaba cuando llegaba con nada a la casa, porque yo siempre llevaba algo, pan, verduritas, plata, lo que sea. Me dejaba en el hogar un rato para que aprendiera buenas costumbres, pero después me sacaba, si no era na’ tonta la vieja, sabía que yo llevaba comida y a ella le gustaba comer.

Me decía “chancho lisco” porque yo era cerdo y comía lo que pillaba.

El padre biológico de Maradona los abandonó cuando niños. Su mamá se juntó con otro hombre y éste los crió. Ambos hombres fueron panaderos, así que nunca faltó el pan. Con el tiempo su padrastro tuvo una mujer por fuera y comenzó a llegar borracho. Maradona, que a veces encontraba a su madre triste al lado del bracero, recuerda cuando que un día le levantó la mano a Ricardo, su padrastro.

-Mi padrastro ya estaba con una hueona y el viejo me tomo mala a mí. Mi mamá lo amaba. Ella me decía “chancho lisco no te metai’, no te metai por favor”, pero yo le pegué el medio palo en la cabeza y mi mamá me mandó preso- cuenta.

Maradona recuerda que cuando llegó la policía su madre no les dijo “llévenselo” sino “él le pegó”. Un matiz que rememora con cierta nostalgia. “Después me soltaron y nunca más le levanté la mano, nos agüenamos, si él al final me quería caleta”, cuenta.

El don

Alrededor del año 2000 la Caleta Portales entró en un lento proceso de remodelación y el sindicato de pescadores se adjudicó la administración de los estacionamientos. Maradona perdió más de la mitad de los espacios que tenía para estacionar autos. El nuevo escenario lo obligó a instalarse con un puesto de juguetes que bautizó como “El museo de la infancia”. Allí vende figuritas nuevas y usadas, que incluyen al Hombre Araña, Shrek y Max Steel.

-Yo luché bastante para quedarme con los estacionamientos, soy una persona trabajadora y llevo cualquier año en la caleta. Reclamé harto por mis derechos pero no me escucharon y no se pudo porque, bueno, los pescadores mandan aquí. La gente me quiere mucho y da rabia la injusticia de que me hayan sacado así ¡PUM!, debió haber sido conversado, porque como cuidador salía harto en la tele y ahora no tanto. Pal’ año nuevo trabajé de nuevo en los autos y me hicieron una entrevista, me puse una bandera chilena y la polera de Argentina, mi personaje no aburre- asegura.

Maradona, al igual que su madre, nunca aprendió a leer ni a escribir, pero de todas formas se las ingenió para ser libre, independiente, “como las gaviotas y que nadie me diga ni una hueá”, dice.
Fue padre a los 18 años. Hoy tiene 3 hijos: Luis Alberto, Marjorie, que ya están grandes, y la pequeña Krishna Belén con su nueva pareja. Los hijos le dieron una nueva perspectiva.

-La gente cree que uno la pasó bacán cuando chico y no fue así, mi historia es fea, es mala. Con todo lo que viví yo debería haber sido ladrón. Llegó un momento en que no podía mandarme ni una cagá más, porque de grande ya no te mandan al hogar de menores, te vas a una cárcel de adultos, donde están los más grandes delincuentes y tú no puedes mezclarte ahí porque sabí que vai a perder, yo tengo hijos y uno la piensa por ellos. Por suerte dios me dio un don- cuenta.

El Don de Maradona no es otro que parecerse al pibe de oro. En el fondo, como dice, “creerse el cuento”. “Todavía me lo creo, por eso le doy gracias a dios por el don de ser un personaje. Buscan un payasito, te agarran y te sueltan. Para estar en televisión y que la gente se ría de ti, hay que tener personalidad”, reflexiona.

En su museo de la infancia Maradona tiene una radio a pilas en la que siempre escucha ópera. Le ayuda a estar “más tranquilo”, asegura. El verano es cuando mejor le va y aprovecha de juntar plata para cuando la cosa se pone mala.

-Viene harta gente, y me alegro, la caleta Portales es famosa, aparte que hay famosos adentro… y Maradona tiene que atender, obvio. Tengo que aprovechar porque es corto, después vienen las papas malas y hay que pagar las cuentas, nada es gratis en la vida- sostiene.

Maradona tiene un deseo. Un último deseo. Cuando se muera, dice, quiere lo “paseen por la caleta” y que ojalá la municipalidad se ponga con una corona. Luego, agrega pensativo: “capaz que ni se acuerden del Maradona”.