El club de los ludópatas arrepentidos

En la parroquia Nuestra Señora de Lourdes, en Viña del Mar, cada miércoles se reúne un pequeño grupo que lucha por no caer en la tentación de volver a los casinos a apostar. Muchos han perdido casas, autos y familias. Son las externalidades negativas de tener un casino en la ciudad.

Elicena López llega a la parroquia Nuestra Señora de Lourdes con una bolsa de nylon. Trae vasos plásticos, café, galletitas y un mantel. Hace siete años viene repitiendo el ritual. Ella va a una de las reuniones semanales de la Asociación de Jugadores en Terapia, Ajuter (www.ajuter.com), que funciona allí.
Elicena estuvo a punto de perder su matrimonio por el juego cuando llegó a Ajuter. La invitó el cura de la parroquia, que supo de su drama. En ese entonces el grupo recién había nacido y no contaba con ningún especialista. Eran, simplemente, ludópatas compartiendo sus problemas. Al principio las reuniones se hacían los lunes, el mismo día en que se juntaban los alcohólicos anónimos en una sala de al lado. Los dos grupos coexistían.

-Muchas veces ocurrieron coincidencias divertidas. De repente celebrábamos fiestas de fin de año con una copita de champaña y al lado estaban los vecinos. Yo decía “qué falta de respeto”, pero mis compañeros decían “no sabís ná que al otro lado están jugando a las cartas, jajaja” -recuerda Paulina Nagel, otra jugadora en rehabilitación. Ambas pasaron de estar en terapia, a dirigir las charlas de Ajuter y rescatar a otros ludópatas.

Elicena y Paulina son las únicas que han dado su testimonio con nombre y apellido en diversos matinales y programas de televisión. De hecho, ya se manejan con cámaras y flashes. No tienen nada que perder. Quieren que en las casas se hable de la ludopatía y que señoras como ellas no caigan idiotizadas frente a una máquina. “No se habla mucho del tema, hay desinformación. Pero el problema existe. Y hay que hablarlo. Porque así como hay drogadictos y alcohólicos, hay adictos al juego que necesitan de ayuda y con nuestro testimonio podemos en algo servir”, dice Elicena.

Hace seis años Ajuter cuenta con la psicóloga Angela Carmona, que guía a los ludópatas en su recuperación sin cobrar ni un peso. Por Ajuter ha pasado todo tipo de gente: desde empresarios que han terminado presos por estafa, hasta dueñas de casa que se han gastado la plata del pan en las máquinas tragamonedas de su barrio. La cantidad de miembros del grupo, también puede variar. Una semana pueden ir diez y la otra, siete. Hay algunos, dice Ángela, que van unos meses pero que después desaparecen. “A muchos les gana el juego. Hay que entender que la ludopatía estará siempre latente, serán siempre ludópatas, y eso tienen que tenerlo muy claro, siempre estarán expuestos a las recaídas, es por eso que toda la rehabilitación se enfoca, a provocar un cambio en su vida, cambio de hábitos, entretenciones, incluso amigos”, dice la especialista.

La idea de Ajuter no es que se prohíban los casinos. Quieren que se contabilicen los casos de ludópatas para que se dimensione el alcance de esta adicción que comparan al consumo de drogas y alcohol. Hace un tiempo, trabajan en una Mesa de Ludopatía con la Asociación de Casinos, con un enfoque hacia el juego responsable. Su meta es que la ludopatía en un futuro pueda estar incluida en el Plan Auge y que se eduque a los niños sobre el peligro del juego. También, pretenden darle validez legal a la carta de autoexclusión que han firmado algunos ludópatas para que no los dejen entrar a los casinos. Eso hoy funciona.

-Queremos que esa carta se acompañe de los datos de un apoderado, cosa que si el ludópata recae, el casino le dé aviso a su familiar -dice la psicóloga.

LA PELUQUERA

A Elicena le costó aceptar que era ludópata. Lo veía como un vicio pasajero que podía dejar cuando quisiera. Mentira: en el 2007, se había jugado todo el dinero que le daba su peluquería. No era mucha plata pero la suficiente para renovar secadores de pelo, lavapelos, comprar tinturas y “amononar el local”.

Empezó apostando cifras moderadas. Al principio, llevaba veinte mil pesos. Pero a las pocas semanas terminó jugando la plata que no tenía. Llegó a apostar la pensión de su mamá, 130 mil pesos.

No era todo: empezó a mentir en su casa para explicar por qué no llegaba temprano. Inventaba que se había encontrado con Pedro, Juan y Diego. Pero nadie le creía. Una de sus hijas, una vez, la fue a buscar al casino y ella armó un escándalo porque no quería irse.

Su esposo le advirtió que si no dejaba el vicio, se olvidara de él. Pero ella hizo oídos sordos. Las luces y el sonido de las máquinas, la tenían engatusada desde que se sentara por primera vez frente a una tragamonedas. Partió yendo solo los miércoles, pero a los tres meses ya estaba metida de lunes a domingo.

-Llegué a pasar doce horas sentada frente a una máquina. No comía, no tomaba agua, se me olvidaba hasta ir al baño para no perder la máquina. Si alguien me interrumpía, era como un insulto. Además, que cómo iba a gastar esa plata si me podía servir para jugar. Una vez, incluso, me echaron porque iban a cerrar. Y antes de apagar la máquina, armé el medio show. Según yo, cómo era posible irme cuando la máquina estaba empezando a ser generosa conmigo.

Esa vez que la echaron del casino eran las siete de la mañana. Se había pasado toda la noche apostando y en su casa estaban vueltos locos: habían llamado a hospitales y a la policía pensando lo peor. “Creían que me podían haber atropellado, asaltado, secuestrado. Llamaron a toda mi parentela, a los vecinos, fue el medio show. Todos sabían que no había dormido en mi casa. Pero la perla estaba calientita en el casino. Pero en el fondo sabían que yo estaba ahí. Tuve que dar explicaciones y juré de rodillas que no volvería”, dice.

Pero no paró. Fue peor, incluso. Una vez llevó a su mamá al casino. “La dejé sentadita en un sillón de cuero con una bebida. Y me olvidé de ella. Pasaron tres horas y recién me acordé. La fui a ver y estaba angustiadísima buscándome. No fui capaz de irme y la senté al lado mío mientras jugaba”, dice.

Según ella, iba al casino para olvidarse de los problemas que tenía con una de sus tres hijas. “Qué mejor amigo que la máquina. No te dice nada. Además, es el lugar ideal: estás calentita, se te pasan las horas rápido y nadie te molesta. El tiempo se estanca, se congela. Esa es la magia”.

Elicena tenía una máquina regalona, y le tenía un nombre y le hablaba; le hacía cariñitos para que la hiciera ganar y la retaba cuando perdía. “Y qué lata más grande llegar a mi máquina y que estuviera ocupada. Uno empieza a darse vueltas hasta recuperarla. Lo terrible es mirar hacia atrás y por Dios que da vergüenza acordarse de las tonteras que hacía. Era muy tonta entonces”.

Pero el casino no solo le servía para evadir problemas. Además le gustaba sentir la adrenalina del juego. Explica, entusiasmada:
-No importa ganar o perder, es el hecho de jugar el que te causa un placer fantástico. Uno no lleva diez mil pesos para traerse cien, sino que uno va nada más para estar en contacto con la máquina. Uno puede ir ganando y tener un copón lleno de fichas. Pero eran más mis ganas de jugar que las de ganar. Al final, me iba cuando el copón estaba vacío. Uno piensa que sí está llena una copa, uno va a hacer dos copas. En ese afán de recuperar, pierde todo.

La locura le duró un año. El tiempo suficiente para descuidar a su familia y el trabajo. “Mis clientas se quejaban porque las atendía a la rápida y les dejaba horrible el peinado o corte de pelo”, dice.
Hace siete años que no juega. Las ganas, dice, se le quitaron recién a los dos años de terapia. “Al principio, cortaba las huinchas por ir. Pero nunca caí. En mi imaginación me veía jugando a las máquinas. Es que me gusta el juego. No lo puedo negar. Vengo de una familia donde ha habido jugadores: un tío vivía de las carreras; una tía se casó con un preparador de caballos. A mi misma mamá le gustaba el juego, pero nunca cayó en la enfermedad. Por eso creo que es genético”.

Pero Elicena ha vuelto al casino. Ha ido dos veces a celebrar el día de la peluquera que organiza la alcaldesa Virginia Reginato en uno de sus salones. “Y, fíjate, que no me causó nada ver una máquina. Ahora pienso qué fui hueona al perder mi tiempo”.

JUGADORES REHABILITADOS

Sergio llegó el miércoles pasado con una buena nueva a la terapia. Cuenta que luego de pensarlo, está decidido a dar la cara en un próximo reportaje que salga en la tele. Pero irá paso a paso. Con The Clinic, por ejemplo, partirá por dar su nombre: Sergio Martinic. Todos lo felicitan.

-Esto es para darte un beso, permiso -dice Elicena, que se para de su asiento y le chanta un beso en la cara. El resto aplaude.

Sergio cuenta que su esposa le dio la venia y que hablará porque es jubilado y nadie le puede recriminar nada. “Asumiendo su tema, uno se saca algo de dentro. Se alivia”, explica. Ahora Sergio dice que puede dormir tranquilo; ya no tiene pesadillas.

Lleva veinte meses en rehabilitación. Llegó en la misma fecha que Rosita, una jugadora empedernida que entró al grupo como estropajo luego de perderlo todo en las máquinas.

Sergio es el mayor del grupo y el que más tiempo estuvo enviciado. Tiene 69 años y se pasó 41 como ludópata. Empezó jugando a la ruleta y terminó en las tragamonedas. Nunca jugó por la plata, dice, sino por la emoción. “El juego me hacía sentir en las nubes”, reconoce. Todos en la terapia concuerdan con él. Nadie juega para hacerse rico. Es sólo jugar. “Si un día no iba al casino, me sentía como gato encerrado”, dice otra ludópata que pide no revelar su nombre. Así actúa la droga, acota la sicóloga.

¿Con qué se compara esa droga?, pregunto. Se miran entre ellos y sonríen. Uno se atreve a tomar la palabra y cuenta que hay personas que han tenido orgasmos jugando, pero que eso nunca le ha pasado. Otra señora dice que eso mismo lo había escuchado de otras ludópatas, pero que tampoco le ha pasado a ella. “No creo que sea mejor que el sexo con amor; es como el sexo casual con una puta. El juego no es una cosa duradera, sino pasajera”, dice un ludópata que prefiere que lo llamen Alberto. Al final todos concuerdan que jugar es algo que da mucho placer, pero un placer que no tienen con qué comparar. Pero, coinciden, es un placer carísimo.

Sergio, por ejemplo, empezó apostando en la ruleta 30 mil pesos, pero después jugaba cien, doscientos, trescientos, quinientos mil pesos de una. “La plata en el casino no tiene ningún valor. Es papel simplemente. De repente salía del casino con un millón o un millón y medio en el bolsillo, pero volvía al día siguiente y lo perdía todo”. En un momento, a Sergio no le empezaron a alcanzar sus ingresos como contador para jugar. Y comenzaron sus problemas. Pidió prestado a sus amigos. Nunca les devolvió ni un peso. Luego, le robó plata a su padre. Cuando no tuvo de dónde más sacar, se endeudó con casas financieras pidiendo préstamos para supuestamente pagar sus deudas. Pero la plata que le prestaban se la jugaba. “Perdí mucha, mucha plata. No me he detenido a hacer un cálculo, pero perdí una casa, un auto, así que deben ser fácilmente unos 40, 60 millones”. Endeudado hasta el cuello, pensó varias veces en el suicidio. Pero nunca dejó de ir a apostar.

¿Qué pensó cuando se dio cuenta que había perdido todo?
-Nada. Pensaba que iba a recuperar todo o que iba a ganar para comprarme otras casas. Nunca me deprimí. Ahora recién ha venido el bajón de pensar que podría haberme asegurado mi vejez. Pero lo hecho, hecho está.

No sólo perdió una casa, auto y varios millones. También perdió a su primera esposa, con la que duró 23 años casado. Estuvo a punto de perder su segundo matrimonio, también por el juego. “Pero por ella estoy acá”, dice.
No ha tenido recaídas. Incluso, firmó una carta de autoexclusión, que incluye una foto, para que no lo dejen entrar en el Enjoy de Viña. Aunque la carta la firmó ante notario, no tiene mucha validez: los casinos no están obligados a echar a un ludópata que ha firmado la carta de autoexclusión. Al final, es casi un acto simbólico.

Por eso, cree Sergio, esa carta debería obligar a los casinos.
En todo caso, asegura Sergio, lo suyo es en serio. Ahora toda su plata la maneja su señora, como a todos los ludópatas en rehabilitación, a los que se les quita el sueldo. Es la parte más difícil de la terapia, dice la psicóloga. Rosita, otra ludópata, lo ratifica: a ella ahora sólo le pasan 500 pesos para tomar el colectivo derechito a su casa.

REINCIDENTE

Alberto, de 43 años, es el más aproblemado. Ha tenido más de una recaída en el último tiempo. De hecho, no hay nadie que lo pare. Dice que está en la cresta de la ola. Y que prefiere disfrutar este momento. “No tengo ni uno, todo lo he perdido, pero soy feliz”, dice.

Hace cinco años que no apostaba. De vez en cuando iba al casino a darse una vuelta por las máquinas para llegar a la casa con la sensación de haber jugado y matar la ansiedad de la abstinencia. Era jugar con fuego, pero en ese entonces “nunca me quemé”. Pero hace un mes cayó ante la tentación.

Partió con una llamada que le hicieron del casino, cuenta, preguntándole por qué estaba tan perdido. De paso, le regalaron una tarjeta con un 50% de descuento para que cenara con su polola en el casino. Él aceptó y cuando en medio de la comida le regalaron vaucher para que jugaran gratis en las máquinas, se desató: su polola jugó y ganó 500 lucas; Alberto, que había ido con trescientas lucas en el bolsillo, lo perdió todo.

Paró unos días. Y regresó. Su cuenta corriente sufrió los embates: de veinte millones, pasó a una deuda de 45 millones.

Ahora, dice, que está más chantado después de contarle a sus padres de su adicción y entregarles las tarjetas para que ellos las controlaran.

Pero aún no toma conciencia: sigue yendo al casino. Con menos plata, pero va.

-Todavía estoy surfeando y disfrutando la vida loca, sin poner los pies en la tierra, ni darme cuenta del cagazo que me mandé –explica.

Alberto tiene la plata suficiente para el juego. Es empresario y dice que gana sus buenos millones al mes. Por eso está tranquilo. Ha podido pagar 20 millones de la deuda. Y con el resto, dice, no tiene problemas; está tranquilo juntando la plata. “A veces me gustaría ganar menos plata para no tener que ir al casino, pero siempre tengo plata y me la gasto. Es terrible ser ludópata y tener tanto dinero. Porque en el fondo hace que pueda perder mucho y quedar en la ruina”, reflexiona.

Antes Alberto dice que era introvertido y de pocos amigos. Pero la ludopatía lo cambió: le dio una personalidad que agradece. “El juego me hace sentir acompañado, reconocido, como que la llevo. Me da energía. Me eleva como cualquier droga que te excita”, dice.

A eso, hay que sumarle que en el casino lo tratan como rey. “Me daban invitaciones a restoranes finos, una noche en la suite presidencial cuando quisiera, invitaciones a show. Te hacen sentir la vida de rich and famous, importante. Pero, en el fondo, a ellos les sale baratísimo porque esa noche en la suite presidencial te sale 500 lucas, pero jugando fácilmente te echai tres palos. Negocio redondo”, dice. Alberto llegó a tener una tarjeta platinium en el Enjoy de Viña.

Alberto cree que el casino tiene responsabilidad, al crear ludópatas como él. “Si no existiésemos nosotros, no les iría nada de bien. Ellos dicen que no, pero obviamente, es lo contrario. Fíjate que si falto una semana, ya me están llamando para ofrecerme noches gratis en el hotel o una comida. Te tientan por todos lados. Varias veces he caído. Había parado dos semanas y me lo gasté todo. Pero el casino nunca va a reconocer que viven de los ludópatas. Van a meterse a apoyar leyes, pero en el fondo siempre va a haber gente que va a ir y ellos no harán nada”.

¿Sirven de algo los folletos, que están en el casino, y que supuestamente ayudarían a no caer en la ludopatía?
-Ese programa es de una falsedad absoluta. Además, que uno puede leer ese folleto, pero al final la compulsión es mucho más grande en la cabeza de un ludópata. Hay gente que anda con la chapita que dice “Jugados por ti”, que es para ayudar a los ludópatas y resulta que deben ayudarte en el caso de que estés muy compungido, pero yo los he visto pasando al lado mío cuando he estado en la ludopatía misma. Y no hacen nada. En el fondo, todo es un tongo. Es para que la gente crea que el casino está preocupado, pero no está ni ahí. Lo único que quiere es ganar plata. Si es un negocio. Creo que no deberían existir y deberían prohibirlos, como en otros países. Ese es el tema. Deberían ser ilegales, para poder atacarlos y sacarlos de raíz. Pero eso nunca va a ser así.

El descontrol para Alberto no es pasarse toda la noche en el casino, sino el no estar ni ahí con perderlo todo.
“Es lo mismo que una droga. Estás perdiendo y te desespera porque lo único que querís es sentir ese schock adrenalínico de ganar, pero lo terrible es que te sentías bien cuando te ibas con cinco lucas, pero cuando una máquina te paga tres millones de pesos y piensas que todas las máquinas te tienen que pagar eso. Y metís doscientas lucas a la máquina y las perdís. Y te propones ganar dos millones. Es una locura. La mente del ludópata necesita tener emoción, porque quiere ganarse un premio increíble”, dice Alberto. Y continúa: “Siempre pensaba ‘total, algo va a pasar’. Era un pensamiento mágico. Pensai que algo, por arte de magia, va a cambiarlo todo. Y de repente me han pasado cosas curiosas. Cuando he tenido la última ficha y no me han quedado más de 200 pesos, me he hecho trescientas lucas. Ni siquiera con eso, con ¡20 pesos!, me he ido con trescientas lucas en el bolsillo. Y te salvaste. Uno empieza a pensar en cosas mágicas. Pero en el fondo son coincidencias, bonitas, pero no más que eso. No hay ninguna magia en el casino, además que las máquinas están programadas. La plata que ganas siempre se pierde. El problema cuando ganas algo bueno, sientes que eres muy afortunado y que estás en una racha que no se te acabará nunca. Y resulta que las rachas existen”.

¿Por qué sigues yendo a terapia si no piensas parar de jugar?
-Sé que lo mío es una enfermedad que me hace daño a mi y mi familia. Y sé que tengo que parar. No puede ser que esto me gane. Si sigo yendo es porque me hice el hábito. Y me ha fallado la voluntad. Además que estoy muy bien anímica y socialmente. No estoy deprimido como podría estar la gente que le va mal. Y en el fondo lo estoy pasando bien. Entonces, cuesta más. Es más fácil cuando perdiste todo, cuando estás en el hoyo, deprimido.

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