En la última edición de Revista Caras, Marcelo Simonetti entrevista a la periodista Alejandra Matus, autora de “Doña Lucía” y entrega en exclusiva un adelanto de la biografía no autorizada de la esposa del dictador. A continuación, algunos párrafos escogidos.

—¿Crees que ella moldeó al Pinochet todopoderoso, al dictador?
—Para mí, no se puede entender a Pinochet sin su mujer. No tuvimos un dictador, sino un matrimonio en dictadura. Una pareja.

—Si Lucía no hubiera estado a su lado, ¿Pinochet no habría sido quien fue?
—El río de la historia no se puede detener. El Golpe iba, porque ya había una conspiración en curso. Pero sin Lucía, Pinochet no hubiera sido el hombre del Ejército: él estuvo hasta el 9 en la tarde con Allende. Creo que sin ella, hubiera tenido más incentivos para permanecer leal, de tal forma que Pinochet pudo ser una víctima de la dictadura como lo fue Carlos Prats.

DOÑA LUCÍA
ADELANTO EXCLUSIVO
ENVIDIA, CAPÍTULO 3 (FRAGMENTO)

En noviembre, Lucía se trasladó con sus cinco hijos a esa casa oscura y húmeda. Regresar a su Antofagasta natal y el reencuentro con algunas antiguas amistades no fueron razones suficientes para animarla. El dolor por la larga ausencia e infidelidad de su marido seguía ardiéndole en las entrañas como un sentimiento de odio incontrolable. Pero ella no había tenido el valor de separarse definitivamente de él, ni el temple para enfrentar el estigma de convertirse en una mujer separada.

Tampoco tenía un oficio que le permitiera ganarse la vida por cuenta propia. En el país, el derechista Jorge Alessandri había asumido la Presidencia y el Partido Radical, si bien no había desaparecido, había perdido parte importante de la influencia que otrora irradiaba. En Santiago, Osvaldo Hiriart, su padre, continuaba como fiscal de Corfo. A sus espaldas, la familia murmuraba sobre su conducta depresiva, porque se había vuelto introvertido, “quitado de bulla”. El padre, su héroe y protector de la infancia, no tenía fuerzas para rescatarla de aquel marasmo. En Antofagasta, al menos, estaba a salvo de las críticas larvadas de su madre. Ella siempre le dijo que Augusto no era un buen partido.

“Sin duda contrastarían los Pinochet, sobre todo ella, la escualidez de su nuevo entorno con los agrados —modestos, pero que ahora le parecerían sibaríticos— de Ecuador”, afirma Gonzalo Vial.

“¡Milico de mierda!”, comenzó a gritarle Lucía a su marido cada vez que discutían. Y cuando empezaba los insultos manaban de su garganta como en una cascada imparable.

“Destinación de mierda que te tocó, ¡inútil!”.

“Yo no fui criada para esto, ¡poca cosa!”.

“¿Cómo se me fue a ocurrir casarme con un milico?”.

“Nunca vamos a salir de este hoyo”.

“¡Qué distinto eres a mi padre!”.