Los últimos discursos nunca son fáciles, menos cuando se tiene que reconocer una derrota estrepitosa, como le ocurrió a Tomás Jocelyn-Holt en la primera vuelta de la última campaña presidencial. Horas antes de enterarnos de su abrumador fracaso, y pese a que todas las encuestas lo ponían en último lugar, Tomás me había confesado que no tenía un discurso preparado por si perdía. Su cabeza sólo elucubraba escenarios de triunfo y sus proyecciones iban tan lejos, que incluso había arrendado el restaurante donde esperaba los resultados hasta el lunes en la mañana, porque tenía la esperanza de pasar a segunda vuelta: “Si resulta bien probablemente nos quedemos acá, porque hay que tomar muchas decisiones rápidamente. Son tres semanas, muy poco tiempo, y la franja empieza en diez días más y son diez minutos”, me comentó en un arrebato de fantasía. Pocas horas después de aquella confidencia, sin embargo, Tomás no sólo había salido último en la elección presidencial, sino que también se había convertido en el candidato menos votado desde 1990, al obtener 12.594 votos: menos de un sufragio por mesa.

El triste récord, que lo colocó en la novena posición de la elección, también lo dejó en el último lugar de las pautas de prensa. Mientras los periodistas que estaban en los comandos de Michelle Bachelet y Evelyn Matthei se atoraban despachando en vivo las distintas reacciones, en la sala de espera de su comando los reporteros seguían el proceso con la modorra que provoca cubrir al perdedor de la carrera, aquel que sólo da material para el anecdotario. ¿A quién se le habla, entonces, cuando se es el candidato menos votado?, me preguntaba mientras esperaba a que Tomás saliera a reconocer su derrota, que a esa hora ya era trending topic en tuiter, con cientos de burlas por su escasa votación.

A las nueve de la noche la prensa recién pudo subir a la sala de conferencias. Detrás de un biombo de tela por el que saldría el candidato, la televisión transmitía el discurso de Marcel Claude, quien había obtenido el quinto lugar. Cuando dejó de hablar, Jocelyn-Holt tomó su turno. Ante las cámaras apareció con una leve sonrisa en su rostro, el mismo terno con el que se había levantado hace ya 15 horas, y un papel entre sus dedos: “Quiero agradecer a todas las personas que confiaron en nosotros en esta elección”, fue la primera frase que dijo. Su voz, sin embargo, no se escuchó en ningún canal, ni radio. Apenas dio un paso fuera del biombo todos los medios se quedaron con el discurso de Bachelet, la ganadora de la jornada, y la alocución del perdedor fue seguida por menos de 40 personas.

El papel que llevaba en sus manos es este documento histórico que usted ve a un costado de este texto. Fue escrito de puño y letra por Tomás, quien apuntó una serie de ideas fuerzas –algunas de ellas inentendibles- que luego recitó: “hicimos un aporte por motivar a los jóvenes” y “yo no me iré a mi casa, seguiré insistiendo”, son dos de las frases que acá se leen. Su intervención duró 10 minutos y luego de eso la sala se vació. Allí, mientras los técnicos desmontaban las cámaras, el último discurso de Tomás Jocelyn-Holt quedó abandonado en el estrado. ¿A quién se le habla cuando se es el candidato menos votado?, me volví a preguntar cuando tomé el papel. Tomás habló en su lógica: primero le dio las gracias a sus 12.594 votantes y luego les prometió que regresaría por quienes no votaron en la elección. Aunque ha perdido por paliza, aún tiene la esperanza de que ese 51% de abstención algún día le dé la razón.