foto: alejandro olivares

Usted fue la primera editora de moda en Chile.
-Claro.

¿Cómo llegó a serlo?
-Siempre me encantó la moda. Mi primera escuela fue mi casa, sin esa cosa tan materialista que hay hoy. Yo tenía lo estrictamente necesario, lo sobrio. Y llamaba la atención cuando me presentaba en alguna fiesta. Pero siempre cuidando la sobriedad, que se ha ido perdiendo en estos días. Eso es básico. Nunca tan estridente ni llamativa. Era parte de mi escuela de familia. Mis papás eran unos adonis, estilosos total. Y yo era sobriamente fina.

¿Cuándo le empezó a gustar más en serio la moda?
-Más adelante, en el 68, empecé a trabajar en este programa Gente Joven, de Canal 13, donde íbamos enseñando moda y estilo. Después cuando nació la revista Paula, la Zig Zag quiso modernizar la revista Eva, entonces trajo pura gente joven y ahí me tocó hacer la presentación de la nueva Eva. Y en Eva trabajé hasta la UP, porque de la noche a la mañana encontramos que todos nuestros escritorios habían sido tirados a la orilla del río Mapocho por la gente de Quimantú, que se había tomado la empresa editora. Entonces, hasta ahí no más nos duró el glamour, el encanto y todo el tema.

¿Se perdió el glamour en la UP?
-Se perdió el glamour totalmente.

¿Por qué?
-A pesar que el presidente Allende era muy elegante, glamoroso, sofisticado y vivía como un adonis, como un aristócrata en la calle Guardia Vieja, la gente que había detrás vivía muy poco así.

¿Por qué?
-Si no hubiese habido el pronunciamiento militar, seguramente nos habría querido vestir a todos de overol, como pasaba en todos los países detrás de la cortina de hierro. O sea, todos de grises y uniformados. No, que feo.

PINOCHET GUAPO

Y en la dictadura, ¿había glamour?
-No en los primeros años, porque la gente donó hasta sus argollas de matrimonio para la reconstrucción. Yo no lo hice, porque estaba en el Opus Dei, pero sí no, encantada. Pero con el tiempo, cuando la economía se fue estableciendo, se vio más glamour con la apertura de tiendas. Y aparte los militares, con sus uniformes, son tremendamente distinguidos, elegantes. A mí de chica me fascinaban los marinos con sus capas. Estupendos.

En los ochenta, en la televisión se veía harto glamour.
-Claro, porque no estaba la farándula que chacreó la cuestión.

¿Nunca asesoró en vestuario a Lucía Hiriart?
-No, pero me habría encantado. Nunca tuve esa suerte. Feliz lo habría hecho. Y a la Bachelet, también. Cada día me sorprende para mal. Se está disfrazando. No puede ser que use zapatos Salvatore Ferragamo y se vista de gurú. Es no tener idea de moda. Está invirtiendo en moda, pero muy mal asesorada. Y, primero que nada, tiene que adelgazar.

¿Conoció a Pinochet?
-Muchas veces lo vi con su señora Lucía. Tuve la oportunidad de ir a Londres y comí lentejas con él en dos oportunidades. Y yo fascinada.

¿Pinochet tenía estilo?
-Era guapo, atractivo. Era coqueto, súper coqueto. Tenía un chaaarmeee, un encanto, bien especial.

¿Y Lucía?
-Era bien sobria y elegante. Sin ostentación.

Pero ella era de ostentar con sus abrigos de piel, de cuero…
-No. No tengo esa imagen de ella. Era sobria lo que es igual a elegancia.

¿Y después del Golpe en qué trabajó?
-Vivía en una casa del Opus Dei, en Colón. Y trabajé en la Obra. También hice clases de secretariado con lo que aprendí en el Villa María.

¿Usted estuvo a favor del Golpe?
-No es que estuviera a favor, pero necesitábamos que terminara este dominio de izquierda cubano ruso que invadió este país. Era una guerra civil y nadie ha querido reconocerlo, porque murieron de ambos lados, pero lo que pasa es que la gente de izquierda hizo más alarde, historia y drama. Leí una cosa del Evangelio que lo ejemplifica todo: “son más sagaces los hijos de las tinieblas que los hijos de la luz”. O sea, la maldad siempre está por delante.

A Pinochet la historia no le ha reconocido nada. Y, en cambio, quedó como un ladrón.
-Súper injusto. Con la mano en el corazón, algún día si los historiadores son justos sabrán reconocer que Pinochet haya dejado el país sólido económicamente. Bueno, eso será en el juicio final.

Para qué le pregunto si votó por el SÍ.
-Por supuesto que sí. Fiel a Pinochet. Me hubiese gustado que siguiera unos años más, pero con elección democrática. Yo soy de derecha, o sea, de centro. Y voto por personas y no por partidos.

¿Por quién ha votado?
-En la última elección, por supuesto, que voté por la Evelyn. Y me gustaba Golborne porque es un hombre de una línea. Y cuando me tocó verlo en el rescate de los mineros, siempre estuvo en segundo plano. Fortaleció la esperanza en la familia y eso, por supuesto, estaba en los planes de Dios. En ningún caso votaría por la izquierda.

¿Por qué no?
-No comulgo con sus principios en lo valórico que denigran al ser humano. O sea, hoy día a parte del pueblo chileno le gusta que todo se lo regalen. Los tienen mal enseñados. O sea, el hombre mucho no trabaja y espera que el gobierno de turno les dé o les regale. Eso habla muy mal de la persona.

¿Son flojos los chilenos?
-Sí. El hecho de que los de la izquierda no respeten los valores y no fomenten las virtudes, como que todo se le baja el pelo, se denigra. Ese doble estándar que tienen de estar con el pueblo y a la vez enriquecerse a costa de malversación de fondos. O sea, no. Y en ningún caso estoy a favor del aborto. O sea, la vida está desde el momento en que se concibe. Venga la guagua en buenas o malas condiciones. O sea, el Dios de la vida es dueño de la vida de los seres humanos. Es el ser supremo. Y tampoco estoy de acuerdo con la vida en pareja (de homosexuales). Y menos que adopten hijos. Y, lamentablemente, con mucho dolor, lo voy a contar, porque es la primera vez que lo digo, pero tengo una sobrina lesbiana, que vive con su pareja, y que se hizo un tratamiento de inseminación y tuvo un par de mellizos. Esos niños van a tener muchos problemas de grandes. No es normal que ellos conviden a gente y vean a dos mamás en vez de una mamá con un papá. Siendo hombres sus hijos, necesitan una mano fuerte, el ejemplo de un hombre, hábitos y costumbres propias de un hombre. Entonces, no.

¿Para usted la homosexualidad es una anormalidad?
-Sí. Yo defino la homosexualidad como una enfermedad.

Pero si es una enfermedad, ¿tiene solución?
-No tengo idea. Pero que quede claro que lo que más hago es respetarlos y aceptarlos.

Pero diciendo que son enfermos no los está respetando…
-Tienes razón. Pero no sé. Yo creo que nosotros hacemos mucho daño, porque a mí una persona me dijo “no te quiero ver más rodeadas de gay. Quizás van a pensar que tú eres lesbiana”. “No sé, es hilar demasiado fino y cada uno tiene que responder por sus actos y conductas”, le dije. Y me da mucha pena. Yo acepto cuando los chiquillos salen del clóset. Pero la gente de mi edad, lamentablemente, no ha salido del closet y no lo pasa bien. En cambio, los que sí lo han hecho se han sabido ubicar en la sociedad. Todos el mundo los quiere, los respeta, y ya. Me encantaría que mis amigos que lo son, me dijeran “mira, tengo una desviación sexual, soy gay y tengo mi pareja”.

LA CLASE

¿Qué es la clase?
– La clase es un gen, que uno hereda. Yo heredé ese gen y lo llevo en mi ADN. Nací con el don de gente.

¿En qué se traduce ese don de gente?
-Estoy dotada de tener simpatía, tengo buena llegada con toda la gente. Noto de repente envidia, porque me ven que tengo buena llegada con todo el mundo.

¿Y se ha ido perdiendo ese don de gente?
-Paulatinamente. Cuando comparto con mis sobrinos nietos, me inquieta un poco, por no decir irrita, lo relajados que son con los modales de sus hijos.

¿En qué la irritan?
-Me tocó hace poco días unos sobrinos nietos de visita en Chile y, claro, en el auto iban con las zapatillas arriba del asiento.

¿Y usted no les dijo nada?
-Delante del papá no, pero sí de sus hermanitos. Esto en inglés, porque ellos son ingleses. Lo mismo me pasa con la comida, los tuve acá y me dio lástima ver que coman mal. Les di pastel de choclo, una exquisitez, y sacaban el huevo, la aceituna, qué sé yo… a mí me miraban y ya bastaba. Sabían que no estaba bien. Al final terminó el papá comiéndose lo que dejó el hijo. Esos relajos, a la larga, hacen que la persona sea muy negligente el día de mañana.

¿Qué tiene que ver una cosa con la otra?
Saber ubicarse, sentirse cómoda…Yo, por ejemplo, dos o tres veces al año, llevo a mi nana al Tip y Top, porque nos encanta comer un bistec a lo pobre… eso yo no lo hago aquí.

¿Por qué no?
-Por el olor a fritura, no me gusta. Es rico que a una le sirvan de repente, entonces vamos las dos y chancheamos. O nos vamos al Dominó y nos comemos un italiano. Yo la tengo bajando kilos y ya ha bajado doce o catorce kilos, y se siente otra persona. Ha recuperado su dignidad. Mi Olguita es lo máximo, incluso la tengo puesta en mi testamento porque considero que ha sido una parte importante en mi vida.

Y volviendo al tema. Entonces, la clase se hereda.
-Pero también se puede hacer. Para mí, la clase es una persona que ha tenido la suerte de tener una buena escuela en su familia, estar rodeado de buenos amigos.

Cecilia Bolocco, cuando salió Miss Universo, dijo que uno nacía con clase y que la clase no la compraba la plata.
-Mira, conozco mucho a su madre, de quien soy una gran admiradora y a una de sus hermanas, pero de ella no me pronuncio.

¿Por qué no?
-Me ha desconcertado muchísimo. En alguna oportunidad tuve una empresa que me contrató para trabajar para ella en la parte de comunicaciones, y no fue una buena experiencia. Teníamos intereses muy distintos, empezando por como ella trataba a la gente, a los periodistas

¿Los trataba muy mal?
-Pésimo. En cambio, sus hermanas son mucho más ubicadas que ella. Su madre, que vive bastante cerca, me la topo bastante seguido. Le tengo cariño y admiración y es muy bajo perfil. Su hermano es un gran empresario, socio de uno de los mejores restaurantes del barrio y no sé, yo creo que ella se desubicó. Se le fueron los humos a la cabeza. No me gusta hablar en forma negativa de la gente pero de repente me gusta enviar mensajes. Si esto sirve, está bien.

Entonces, la clase no tiene que ver con la cuna en que se nació.
-No, nada qué ver. Mi nana tiene mucha clase y vive en Buin. Ha tenido la posibilidad, porque yo comparto mucho con ella.

¿Qué posibilidades ha tenido ella gracias a usted?
-Cuando llegó escasamente sabía lavarse los dientes. Era una mujercita muy robusta, joven y hoy me fascina. He podido transmitirle la mayoría de las cosas que aprendí de mis padres y con mucha suerte del Opus Dei. Incluso, yo veo que a ella le gusta vestirse como yo. Sí. Veo que ella me imita, estoy feliz y le voy dando ideas.

¿Qué ideas le ha dado?
-Que combine esta polera con esto o lo otro… Normalmente salgo con ella a comprar zapatos para ella. Veo que ha ido captando lo mejor de lo que yo le puedo transmitir o enseñar. Estoy muy orgullosa. Hoy día ella es propietaria, tiene su casa, es empresaria: hace delantales, uniformes, buzos, los trajes de huasa pal 18. Realmente para mí es un orgullo, tiene máquinas de coser Overlock.

¿Qué marca la diferencia entre una persona que nace con clase y otra que no?
-Para mí la clase no es andar de punta en blanco. Es andar ordenada, limpia, en las calles con una sonrisa en el rostro. Hoy vas por las calles y la gente va mirando el suelo o con cara de amargura. Entonces, tú cambias un poco y haces un switch. Y eso te lo da la clase.

¿Por qué usted nació con la clase y su nana no?
-Porque ella nació en provincia. Tal vez no tuvo la suerte de nacer en Providencia, como yo, ¿te fijas? Pero no por eso la miraré en menos. Más bien la clase es una cosa que uno la aprovecha o se la farrea. Yo, gracias a Dios, la supe aprovechar. Lo que hace un vacío o una diferencia, es que cuando se fomenta el odio de clases, como fue en los 20 años de la Concertación, la gente te mira así como arriba del hombro.

Ese odio de clase, ¿se lo han hecho notar?
-Lo he sentido, cuando entro a una tienda, la gente que atiende lo hace de muy mal modo, como a la fuerza. Ayer, precisamente, me tomé un café al paso y la persona que me atendió, lo hizo como diciendo “por qué te tengo que servir un café yo” y yo “bueno, te estoy pagando y con esa plata te estás haciendo un sueldo”.

¿No es clasista eso?
-No. Es algo que nace de adentro, de tu interior, es otra cosa.

Se ha puesto a pensar si usted hubiese sido nana.
-Sí, ser una buena cocinera es un lujo. Es como ser un ingeniero o médico. Es mirarlo desde otra perspectiva. Ayer tuve gente en mi casa y estuve feliz de atenderlos yo. Me organicé para que no se echara en falta a mi Olguita.

Eso no tiene mucho que ver con nacer y ser pobre…
-Pero la pobreza tiene que ver con la pobreza de espíritu.

Pero hay una pobreza material
-Sí. El otro día iba por la Ruta del Sol y me llamaba la atención que todavía hubiera esas casas… Es que a la gente le gusta coleccionar neumáticos, coleccionar cosas, o sea, no sé. Bueno, no han tenido la oportunidad de terminar su educación. La pobreza uno la puede vivir con dignidad.

¿Cómo?
-Cuando uno no anda dando lástima, anda bien lavado, bien limpio, ordenado, planchado, todo lo que hace la presentación de la persona.

LOS NUEVOS RICOS

¿Cómo son los nuevos ricos en comparación a los ricos tradicionales?
-Es un tema súper aspiracional, quieren tener mejores cosas, mejor calidad de vida. Lamentablemente, por lo poco que conozco ese ambiente, el tradicional es mucho más sencillo. Hoy día la poca gente que realmente tiene plata en este país, algunos grandes empresarios, no están saliendo en las revistas o en las portadas, son muy bajo perfil.

La plata ha provocado que se pierda la sencillez. Hay mucha ostentación.
-Absolutamente. Eso de andar mostrando la pulsera Montblanc o el reloj, no. Con respecto a la sencillez, aquí mismo en El Golf dan ganas de que si vienen a un concierto la gente sepa cuidar los bancos que con tanto esfuerzo han pintado artistas. Allí es donde se pierde la sencillez. Creen que porque ponen los pies encima van a ser más choros, más audaces, más dueños del mundo. Y no. Ahí están muy equivocados.

El lujo se ha ido acercando a la gente. Un ejemplo es el Distrito del Lujo, en el Parque Arauco.
-Tengo el honor de representar a Salvatore Ferragamo en Chile. Y es bueno que se esté democratizando. Tenían que pasar unos años para que el lujo no esté limitado a un grupo chico de personas.

¿Qué es el lujo? ¿Es tener una cartera Luis Vuitton?
-Para nosotros es un lujo. Pero el hecho que sea cara no significa que sea un lujo. El hecho que sea cara significa que detrás hay una persona que creó ese modelo y puso su nombre y el círculo se termina cuando la persona adquiere eso y lo usa. Ahora, con una buena cartera tú te puedes morir con ella. Me acuerdo cuando me compré mi primer abrigo en Max Mara en tres cómodos cheques. Y ese abrigo debe tener doce años. Es un abrigo clásico, de color pelo camello, precioso. Y cada vez que me lo pongo la gente se me acerca a alabármelo. Eso para mí no es lujo. Es una inversión.

¿Y qué pasa cuando es ostentación, como la que hacen los futbolistas?
-Los futbolistas y Vuitton son la misma cosa. Hoy vas a la tienda y si no es el futbolista es la señora del futbolista. Yo he visto comprándoles Vuitton a las niñitas. Y me parece absolutamente desubicado. La niñita, primero que nada, no tiene la cultura ni el conocimiento de lo que lleva puesto. Eso es siutiquería. Un descriterio. Ridículo y absurdo. Son poco sobrios.

¿Por qué?
-Pero ellos son dueños de hacer con su plata lo que quieran. Si ellos han hecho plata, producto de su buen trabajo, pueden comprarse el mundo si quieren, pero tienen que saber ubicarse. Son tantas cosas. ¿Y por qué tienen que tener más de una?

EL OPUS DEI

Usted estuvo 18 años como numeraria en el Opus Dei. ¿Cómo llegó a la Obra?
-Conocí la Obra cuando salí del colegio Villa María. Unas compañeras se iban de retiro del Opus Dei en Semana Santa. Y quise ir también. Y me sentí muy acogida, muy en mi ambiente, mucha gente con las mismas inquietudes que yo, como acercarse más a Dios, de conocerse más interiormente. Y después empecé a frecuentar unas charlas de estudio, donde se trataban temas de crecimiento personal y eso me fascinó. Me gustaba mucho ese lado humano de la gente de la obra. En esa época yo estaba pololeando y cuando fui conociendo más me sentí muy atraída, llamada, y terminé con él. Cuando hablé este tema con mis padres, mi madre nunca me dijo ni sí ni no, pero mi padre armó un gran escándalo.

¿Qué hizo?
-Pagó para que un pasquín de izquierda pusiera en la portada “Curas del Opus Dei raptan niña del barrio alto”, lo que me violentó mucho. Mi papá nunca lo entendió. Pero sí mi mamá y mis hermanos que vieron que yo era feliz.

Usted vivió en celibato de 18 años…
-Sí, porque yo entregaba esa parte, que era la posibilidad de formar una familia.

¿Y no se arrepiente?
-Nunca me lo he cuestionado. Pienso que Dios no me mandó hijos, porque quizá no tenía la paciencia.

Al Opus Dei se le critica por rol que cumplen las mujeres, casi de serviciales…
-¿Cómo una geisha, dices?

Sí.
-Primera vez que me toca oír ese comentario. Machismo no creo. Existe la sección femenina y masculina que camina en forma paralela. Ellos buscan crecer espiritualmente y la santidad a base de las cosas pequeñas. Y yo todavía tengo esa herencia. Para mí servirte un café bien era súper importante… Y veo que no has probado ni una galleta. Detalles, te fijas. Vivir en un lugar limpio, tener lo justo y lo necesario.

Usted dice que se farreó su vocación. ¿Por qué?
-No sé, no he podido dar con el tema puntualmente. Pero creo que fue soberbia, se me fueron los humos a la cabeza, quería más mandar que obedecer, no cacho. Arriba voy a saber. Hasta hoy quiero mucho y soy gran devota de San Josemaría Escrivá de Balaguer, a quien tuve la suerte de conocer cuando vino a Chile. Y espiritualmente no me he retirado, porque sigo viviendo la obra.

LA SOCIALITÉ

Usted transita entre dos mundos, el de la religiosidad del Opus Dei y la frivolidad de los eventos socialités.
-Siento que puedo aportar en ese mundo. Y hacer el bien. Por ejemplo, cuando me fui a trabajar a la municipalidad de Providencia con Herman Chadwick, él como alcalde y yo como asistente, y después con la Carmen Grez, tuve una escuela maravillosa de servicio público. Y, luego como directora cultural de Providencia, en inauguraciones de los policlínicos.

¿Le gusta que la consideren una socialité?
-No me considero socialité.

¿Por qué no?
-Es una siutiquería tremenda y fuera de tiesto. No me considero socialité, pero sí un referente de lo que soy, producto de mis años, mi experiencia y de mi amor a la vida. O sea, lo que hago lo hago con mucho amor. Además, el término socialité lo encuentro despectivo. Socialité es como decir “esta nueva rica o arribista”. Y no, no me veo en ese círculo. Sé que las hay. Pero yo no. No he heredado nada. Lo único es que está todo bien pensado, bien elegido, produce agrado, no sé. Y eso es parte de mi gen.

Han dicho que usted será la heredera de Julita Astaburuaga
-Mucha gente me lo dice. Y, más que heredera, la heredé a la Julita como amiga. Pero me enorgullece que digan que seré su heredera. Pero, antes que yo, habrán muchas más.

Hablando de la vida social, ¿cuál ha sido el evento más top al que ha asistido?
-A los Fashion Week, especialmente a los de Carolina Herrera. Soy muy cercana a ella: una persona muy amable, muy femenina, muy sencilla, muy natural y muy cálida. Y otro evento top es cuando voy a escuchar ópera todos los años a Nueva York, a andar en bicicleta por Central Park, visitar amigos e ir al MOMA.

¿En Chile los eventos son tan top?
-En algún momento, se hicieron cosas muy sofisticadas, finas, elegantes, donde uno se producía. Eso era cuando los embajadores abrían sus casas para hacer fiestas en beneficencia de alguna obra social. Pero ahora se ha perdido el refinamiento. La elegancia también. El martes fui con mucha ilusión a apoyar a la Majo Arévalo, la directora de Vistalacalle, por su exposición de sus diez años de trabajo, increíble y muy bien lograda, pero el público daba pena.

¿Por qué?
-Con algunas excepciones contadas con los dedos de una mano, pero era un circo. La gente disfrazada, una falta de respeto tremenda.

En los eventos, ¿picotea?
-Nada. Estoy saturada de los canapés, de los quesos, de todo eso. Está poco creativa la banquetería chilena. A lo más me tomaré una copa de champaña o una cerveza.

¿Le pagan por ir a eventos?
-Alguna vez me han ofrecido, pero no he aceptado. Prefiero que me inviten a que me compren. Hay gente que acepta por ir. Bueno, la mayoría de la farándula. Creen que eso da estatus y no. O sea, hay montones de empresas, como Pantene, que no hace nada si no tiene las estrellas de la tele. Eso lo encuentro último.

¿Qué le parece la farándula?
-Muy burda, ordinaria. Me da mucha pena que dediquen horas, meses y días a eso. Se ha chacreado mucho. El ambiente dentro de la televisión es funesto, vulgar.

Las mujeres de la tele están casi todas operadas…
-Una vez la Totó Romero me dijo si acaso me haría una cirugía. Por ningún motivo, le respondí. Uno tiene que saber envejecer con dignidad. Siento que las cirugías deforman a las mujeres y las hacen perder su belleza natural.

¿Cómo se visten las chilenas?
-Con muy pocas excepciones, se visten muy mal. Todas de bluyín. Para el fin de semana, para el campo y la playa, está bien. Muy poco femeninas. Se sientan con las piernas abiertas, no.

La Julita dice que Chile se ha puesto muy tropical por como nos vestimos.
-Me sumo. Somos bastante tropicales. La gente se chanta cualquier cosa. Mira (apunta a una mina treintona, teñida, un poco gorda, que viste bluyines apretados y polera blanca), cómo me vas a decir que esa señora se va a ver bien. No. Alguien, con cariño, tiene que saber decirle “mira, no te queda bien”. Y tal vez estaría mejor si bajara unos kilos. Yo lo he visto con mi nana, la Olguita, que ha bajado no sé cuantos kilos y se ve estupenda.