Acabo de arreglar y pintar una pieza con un amigo. Puse tierra de color con cera en un cuarto que voy a usar de estudio monacal. Soy el Yakuza retirado que se exilia en Chile e instala un cyber café en el texto de Francisco Ide cuando imagino sangre en el piso al esparcir la tierra de color con cera con un escobillón o en cuatro patas. Es mejor que la sangre esté dentro de su envase, que es el cuerpo, obvio. No me gusta lo gore pero sí la plasticidad de las imágenes del rojo-gallo, rojo-aurora que tiñe el libro Pavana del Gallo y el Arlequín de Carlos de Rokha, el Crepusculario o el sonrojo repentino de una guapa durante la descarga eléctrica que gatilla una palabra. Pasaba el trapero con ese líquido y pensaba en la mujer que descuartizó y cocinó a su marido hace un par de semanas o en Molina. En Issei Sagawa, que se comió en forma de sushi parte de una mujer e inspiró la novela La Carta de Sagawa de Yuro Kara, quien recibiera un prestigioso premio en Japón que desató una polémica nacional ya que premiar al amigo de un caníbal no le parecía correcto a algunos, aunque Sagawa, el caníbal, aparecía luego en la televisión en programas de cocina gourmet.

No tengo plan de salud y fui al acupunturista del antiguo hospital San José, cuyas tejas coloniales imagino teñidas con la sangre de la peonada. Me percutieron la espalda con un martillito de siete puntas hasta sangrar y mi leve taquicardia y brote depresivo desaparecieron por arte de magia. ¿El mismo principio de los presos que se cortan? En alguna ocasión hice una clínica en una cárcel y los gendarmes me sacaron la latita del lápiz mina Staedler que sostiene la goma de borrar y me explicaron que con eso las presas se cortaban y además se facilitaban el adminículo y se cortaban varias, con el riesgo sanitario que eso implica, también papel y hasta el filo de un caramelo, que chupaban o partían de manera tal que lograran un filo y se cortaban y sentían quizás el mismo alivio que sentí con ese martillito que parece un cepillo de dientes con alfileres en vez de cerdas que picotean la parte superior de la espalda (no es doloroso, a todo esto); lo que me hace pensar que las autogflagelaciones cristianas tienen el mismo principio, que en mi aventurada hipótesis sería sacarse la sangre pecadora en ese caso, y el “sicoseo” que esta produce. Sangre residual que produce el pensamiento y el lavorare stanca. Por eso esos seres superiores y complejos que son las mujeres se deshacen de cierta sangre en su período. Hay un excedente que hubiera que quemar, sacrificar o desechar. Los presos se cortan y algunas terapias de acupuntura implican extracción.

¿Deja algún colesterol en la sangre el hecho de permanecer de pie a punta de esos papelitos motivacionales que llamamos literatura, bastones, textos de aguante? Quizás debería la máquina del cuerpo detenerse en el zafu que es el banco de la plaza. Una amiga decía que le cargaba el tema Pedro Navaja porque es largo y le daban ganas de abandonar el baile, pero no se atrevía, le resultaba grosero, pero no le gustaba bailar mecánicamente. Me parece que existe un tipo de sangre residual que se acumula por el uso constante de la máquina corporal y que debe ser desechada. Anoté:

Todo bien por esos tiempos: cumplía, resistía, ganaba. Pero durante la noche por un orificio de mi cabeza me salía un líquido espeso como petróleo usado o tinta de cartucho no original con un olor mareador no especialmente desagradable pero extraño. Cerraba el baño con llave. Abrazaba el wáter o el lavabo y dejaba que empezara la gotera, luego el chorro. Luego tiraba la cadena o daba el grifo. Me bañaba y quedaba sereno, con sueño, renovado. Me acuerdo ahora y pienso qué habría pasado si en ese trámite me hubiera encontrado el terremoto. Quizás habría salido con la cara como la de una Miss Universo llorona o la de un soldado carapintada del tiempo de mi adolescencia. Habría salido, sereno, claro está, pero con la cara y la camisa como dálmatas. “Oye, qué tienes en el rostro” Y qué habría respondido yo. Habrá pasado un año desde que me pasaba eso. Nunca antes lo había contado.

El doctor Ennio Vivaldi (hijo) dice que le llegan presos cortados y cuando les pregunta por qué lo hicieron le responden que es para relajarse, me dice que quizás los sentidos se concentran más en el cuerpo que en la mente, o que sucede algo como en el yoga en donde se dejan los pensamientos de lado. Suena, se liberan sustancias y el cuerpo se alivia. “¿El corazón se ralenta y relaja?” Le pregunto. “Creo que al contrario, se acelera y eso produce el alivio”. O quizás la mente queda en modo pausa. Me dice que en algunas medicinas primitivas era común extraer sangre. Agrega que donar sangre es bueno porque reduce las probabilidades de padecer accidentes cardiovasculares y elimina excedentes de hierro (parece que el excedente es el problema siempre: hay que comer menos y hasta respirar menos, creo a veces) y beneficia al aparato circulatorio. Donar sangre dos veces al año durante 6 años, reduce en casi un 90% la probabilidad de padecer enfermedades coronarias o circulatorias. Anoté:

Me sacudo la tinta como un pelícano el petróleo luego de un derrame en altamar: jugo de pila o batería obsoleta, especie de colesterol, el famoso fluido residual que emana de mi cuerpo, esta vez, desde mi oreja, una oreja que gotea plasma. Inclino la cabeza para que caiga la última gota de ese líquido al lavabo: cae ese jugo, y con él se va toda la mugre del día, todas las palabras imprecisas y, equívocas escuchadas desde la mañana. Luego quedaba limpio, vacío. Cero kilómetro, como un alcohólico recuperado luego del infierno de seis meses de abstinencia: un bebé.

La sangre es dinero, chupasangre para el mal jefe. A Shylock no le quieren pagar la plata que prestó y exige una libra de carne (pero sin sangre, le chamuyan, para cagárselo, porque la justicia existe sólo para algunos). La sabiduría popular conlleva una conciencia, una cultura y una forma de arte. Se va la sangre mala en una válvula de escape. Está inquieta dentro de un caballo pura sangre o un poodle y que se mueven nerviosos como gente necesitada de trabajo, ejercicio, sexo o una extracción que sosiegue.