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Opinión

24 de Abril de 2014

La literatura de Missana es, a falta de un mejor término, sólida

Sergio Missana debe ser uno de los pocos escritores relativamente jóvenes en este país que escribe con la pulcritud de un hombre maduro. Las estructuras de sus novelas están muy bien diseñadas, la obra gruesa no es inmediatamente perceptible; el argumento es casi siempre, para usar una palabra maligna, interesante; en su prosa hay frases […]

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Sergio Missana debe ser uno de los pocos escritores relativamente jóvenes en este país que escribe con la pulcritud de un hombre maduro. Las estructuras de sus novelas están muy bien diseñadas, la obra gruesa no es inmediatamente perceptible; el argumento es casi siempre, para usar una palabra maligna, interesante; en su prosa hay frases más o menos largas, palabras más o menos fuera del lenguaje coloquial pero también staccato, sencillez, precisión; los personajes son tan normales como puede ser una persona, aunque no les falta una nota de excentricidad. La literatura de Missana es, a falta de un mejor término, sólida.

“El discípulo” relata la historia de un plagio. Oliver Ryan, profesor de estudios religiosos en la universidad norteamericana L., muere repentinamente camino a una de sus clases. Polemista, mujeriego, católico irlandés, desordenado, Ryan es todo eso. Deja atrás a un par de hijas, Gwen y Hayden, y a su secretario personal, Max Infante, chileno, de clase alta, rubio. Sebastián Torres, candidato a doctor en literatura en la misma universidad y narrador de esta historia, se envuelve en esta trama de relaciones a propósito de su relación con Gwen. Parte a Estados Unidos a raíz de la muerte de su padre. Un par de meses luego de la muerte de Ryan, Infante alista la publicación de un libro en el que se dará a conocer una carta de Pablo, quizás apócrifa, descubierta por azar en la última página de un libro antiguo. Ryan es el maestro, Infante el discípulo.

“El discípulo” es una especie de thriller intelectual, en el que la universidad es el escenario del crimen (hasta en los templos del saber se esparcen vísceras). Es sutilmente borgeana en su afán por desestimar la veracidad y la autoría. La analogía con el infame poema “Instantes” es evidente. Atribuido a Borges, nada en él se puede vincular con su obra; llegado a cierto “instante”, hasta se podría pensar que fue el mismo Borges quien hizo circular el poema, iniciando así una especie de broma infinita. La novela de Missana es la contracara terrible de este apócrifo.

La novela amarra todos los hilos de la intriga con precisión. Hacia el final, entendemos las razones que tuvo Ryan para cometer su particular, envanecido, crimen; también logramos comprender a Torres, quien, solo una vez lejos de Chile, puede tener una perspectiva de su pasado y cómo negociar una tregua. Torres no es ni un fracasado ni un ganador: es uno de los tantos individuos que abandonan forzosamente la juventud cuando nace en ellos un sentido de la historia. Debajo de los líos de faldas y las intrigas académicas, en “El discípulo” se asoma una narración madura sobre la edad y el lugar que le cabe en el mundo a un tipo dotado con los atributos de la normalidad. Torres vuelve a Chile, se deduce, para poder ser un adulto.

“El discípulo” es también el reverso perfecto de Marcelo Rioseco publicada el año pasado. Si en la de Rioseco Estados Unidos y sus inmigrantes y la onda universitaria son descritos a la manera de una sátira sin filo, con una alarmante falta de humor y una nada desdeñable carga de racismo gratuito, en la de Missana hay una estimación justa de la vida en las universidades en Estados Unidos, de las tramas y los conflictos, de las ambiciones y los fracasos. Detrás de los misterios hay un fresco, o un mural, de los estudiantes sudamericanos, en cuerpo de Torres, y los departamentos de español gringos. Y también hay un relato muy oblicuo sobre la clase media chilena, sobre sus aspiraciones intelectuales, sobre el deseo de emigrar para siempre volver.

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