Especial aborto A1

En una pieza están Daniela* y sus hijos de 6 y 10 años con regalos para celebrar el día de la madre. “Feliz día mamá”, le dicen repetidas veces a Daniela. No obtienen ninguna respuesta, ni tampoco la tendrán: su madre está en estado vegetal debido a un derrame cerebral que tuvo hace seis años mientras estaba embarazada de su hijo menor.

Daniela tenía 36 años y dos meses de embarazo cuando sufrió el ataque cerebrovascular, “como el que le dio a Cerati, pero en el otro hemisferio”, cuenta su hermana mayor. Tenían dos opciones: operarla y que quedara con importantes secuelas, o dejarla morir.

Un respirador artificial era lo único que la hacía tener signos vitales. No la dejarían morir si tenía otro ser humano dentro de ella. “La entubaron sólo porque estaba embarazada”, asegura Lorena, agregando que “hay una cuestión de imposición legal donde tú no puedes tomar determinaciones. Aunque yo hubiera querido que la desconectaran, tampoco lo habrían hecho”.

Lorena* cuenta que la decisión que tenían que tomar era si la operaban o no, pero en base a argumentos que eran desconocidos, porque, según ellos, no sabían qué iba a pasar con ella, aunque dicen que sí sabían, sólo que no querían arriesgarse a que el feto muriera.

Si la operaban debía ser de urgencia, pero los doctores demoraron dos horas en realizarla. Primero había que firmar un consentimiento informado. “Ellos te hacen firmar no por el interés de la persona, sino por el de ellos, de protegerse a ellos y a la institución para la cual trabajan”, asegura Lorena.

“Los médicos no fueron capaces de tomar la determinación de operar cuando ellos sabían que debían hacerlo de manera urgente. Si no lo hacían al tiro, estaban conscientes de las secuelas con las que iba a quedar, cosa que no nos quisieron decir”, cuenta.

Finalmente fue operada y quedó en estado vegetal, sólo pudiendo mover sus ojos y sin poder disfrutar al bebé que dio a luz en esa oportunidad a las 31 semanas de embarazo, ni a su hija mayor, de 4 años en ese entonces. Su esposo la dejó y se llevó a sus hijos con él. Daniela vive con su padre de 80 años y su madre de 77. “Se sacrificó una vida completa, el daño es permanente”, dice su hermana.

Para Lorena, cuando un médico sabe más o menos las consecuencias que va a tener este tipo de derrames, lo mejor es dejarla morir. Pero al contrario, le hicieron reanimación dos veces sin el consentimiento de nadie, y la mantuvieron conectada durante tres meses y medio mientras en su vientre su hijo crecía.

“Me di cuenta de que la habían resucitado porque me di la paja de leer el detalle de la cuenta de la clínica -que eran como dos tesis completas- donde aparecen dos maniobras de resucitación, cosa que a mí me negaron”, cuenta Lorena, quien no quiso demandar a esta clínica privada para poder seguir recibiendo el reembolso de los casi 400 millones que salió la cuenta final, y asegura que “no sacaba nada con pelear contra el staff de abogados que tiene esta clínica. Yo creo que es más caro que todos los médicos que tienen ahí trabajando; están en extremo protegidos”.

Vegetal

Lorena asegura que si su hermana no hubiera estado embarazada el camino habría sido muy distinto, “tal vez habría quedado igual, pero me habrían permitido dejarla morir. Una de las cosas que pedí cuando entró a pabellón es que si se iba, que la dejaran morir, y no lo cumplieron”.

Afirma que de lo que se protegen los médicos no es de la ética, sino que de las leyes, “porque si ellos hubieran hecho un aborto en esas condiciones -aunque nadie se hubiera enterado-, si yo hubiera querido, los demando. Al médico y a la clínica, y los estrujo porque van en contra de la ley”.

Lorena asegura que si hubiera sabido desde un principio las consecuencias que la operación iba a tener para su hermana, habría dicho que no la hicieran, que la dejaran morir. “Mi mamá llegó a tal nivel de deterioro. Ella gritaba en la clínica, ‘¡háganle un aborto, sálvenme a mi hija por favor!’”, reclama Lorena.

“Hoy mi hermana no puede hablar, no puede moverse, tiene un nivel mínimo de conciencia de la realidad gracias a la operación, pero por momentos, no es una cosa constante. Ella es dependiente absolutamente de nosotros; tiene una vida indigna”, dice.

“En Chile, tú estás embarazada y dejas de ser un ser humano, pasas a ser un útero. Pierdes derechos porque se superponen los derechos de la guagua a los de la madre. Por culpa de esto ahora quedaron dos hijos sin madre, con un marido que abandonó a su esposa y que alejó a los hijos de ella. También quedó arruinada en términos económicos, porque además de todos los gastos que su estado implica, tiene acciones legales que van en contra de ella, donde los bancos la demandan porque debe plata”.

Daniela hoy, con 42 años, tiene una expectativa de vida normal: podría vivir hasta los 90 en estado vegetal. “Yo tenía una relación muy estrecha con mi hermana, ella jamás hubiera querido estar en las condiciones en que está, nunca”, dice Lorena.

Daniela recibe una pensión de invalidez de alrededor de 600 mil pesos, de los que 250 mil son descontados por el sistema de salud, además de tener que pagar mensualmente 700 mil por sus medicamentos, la consulta recurrente al kinesiólogo y 900 mil para una cuidadora que está con ella las 24 horas del día, “que nadie te lo reembolsa, porque si ella dependiera de una máquina para mantenerse viva, ahí sí tal vez necesitaría de una enfermera, pero en el caso de ella no, según la isapre”, dice Lorena.

Son los papás los que tienen que hacerse cargo de los 3 millones mensuales que necesitan para mantener a su hija. “Qué tan humanitario puede ser de parte del aparataje de la medicina en Chile, el mantener a alguien con vida en esas condiciones para siempre, y que nadie se haga cargo después”, denuncia Lorena.

Cuenta que el hijo que nació en esta oportunidad “conoce a su mamá porque se le ha dicho que es su mamá, pero nunca se ha podido relacionar con ella. Y su hija mayor sufre y llora por que la mamá se mejore, y no se va a mejorar”.

Lorena se declara evangélica y no le gusta la idea del aborto, pero cuenta que “hay situaciones en la vida que te confrontan con tus más profundos valores, y te cuestionan. Esta situación cambió cosas en mí, como el derecho a decidir. Dios, de acuerdo a lo que dice la Biblia, nos da libre albedrío. Y eso significa libertad de elección y de decisión, y si Dios nos da esa libertad para elegir lo que sea, ¿por qué nos la tenemos que negar nosotros mismos?”

Lorena tiene dos hijas, a las que, según dice, le gustaría ver llegar vírgenes al matrimonio, “con un príncipe azul a caballo, pero eso no va a pasar. Pero se cuidan y tienen clara la responsabilidad de tener un hijo. Más encima estoy traicionando mis principios con esto, pero estoy planteándome en base a una realidad que es la que vivimos hoy día, por más que a mí me guste el ideal. La gente se quiere tapar los ojos de que nadie se acuesta con nadie”, cuenta.

Afirma que para condenar a una mujer por hacerse un aborto terapéutico primero “hay que estar en el pellejo. Si a mí me dicen que el embarazo es inviable, que no voy a poder volver a tener hijos y que incluso hasta me muera, de qué me están hablando po’. Es vergonzoso que vengan a criticar en esas condiciones. Si yo me voy a morir o voy a quedar vegetal y estoy embarazada, y voy a dejar a mis otros hijos huérfanos, es una estupidez”, declara.

Además recalca el hecho de que después nadie se haga cargo de su hermana por no haberle permitido hacerse un aborto terapéutico. “No existe ninguna ley que proteja a mi hermana. Me estudié el código civil, la ley de familia, la ley de divorcio, todo. Me pude adelantar a procesos civiles donde el marido le pudo haber quitado los hijos, podría ni siquiera tener la posibilidad de verlos. Y la ley tampoco a mí me permite pedir visitas, ni el cuidado personal, porque cuando lo pedí, la jueza de familia ni leyó los antecedentes ni, ni el caso; nada. O sea ella no tiene idea si el hueón es un violador, si es un maltratador, nada. Da lo mismo, porque la ley lo ampara”.

*Daniela y Lorena son nombres ficticios.