Juan-Carlos-Muñoz_Foto-Alejandro-Olivares

foto: alejandro olivares

“No tuve una infancia fácil. Fui de esos niños para los cuales el sistema educacional no está preparado. Yo era el típico despistado, un pintamonos con déficit atencional, por lo que pasé por múltiples colegios hasta que a alguien se le ocurrió medicarme. Los remedios me dejaron en un estado de frustración. En ese momento estaba cuando comencé a hacer circo. No recuerdo con exactitud cómo fue, pero sí que a los 13 años ya andaba con unas clavas en mi mochila.

En ese tiempo, el circo contemporáneo era incipiente y todo -libros, pelotas, y monociclos- había que traerlos de Europa. Comencé a ir a las convenciones internacionales de malabares que se hacían en Pirque y también me paseaba por algunas carpas viendo cómo los malabaristas ensayaban. Lo único que quería en la vida era ser payaso. En ese tiempo vi en la televisión un espectáculo del Cirque du Soleil, Alegría, y me propuse algún día llegar a ese escenario. Cuando cumplí 18 me fui a España a estudiar circo.

Primero llegué a Barcelona, a la escuela de Rogelio Rivel, y luego me fui a Carampa, en Madrid. Luego de un año, viajé por distintos festivales en Alemania, Francia, e Inglaterra, y en uno de ellos me encontré con un payaso que cautivaba al público sin hablar, ni moverse. Ahí conocí al clown. Me enteré que en Chile había una escuela donde uno se titulaba de clown, y me vine a estudiar a La Mancha. Volví con 24 años y no fue fácil sacar al payaso que todos llevamos dentro. Estoy convencido de que el clown habita en cada uno de nosotros desde que somos niños, y a medida que van pasando los años la sociedad comienza a echarle tierra a todos nuestros juegos, y nos convertimos en hombres llenos de prejuicios. Remover todas esas prohibiciones y convertirnos en seres libres es una tarea terapéutica.

El clown ha sido mi búsqueda de toda la vida. Gracias a él descubrí que en el error hay una fuerza narrativa tremenda de liberación. La sociedad, sin embargo, no valora el fracaso. En el colegio si te sacas un cuatro eres penca y si te sacas un tres te castigan. Aunque está comprobado que mientras más la cagas más capacidad tienes para enfrentar problemas, en la escuela nos hacen saber que la vida debe seguir el rumbo de la perfección. Cuando descubrí que eso no era así dejé de frustrarme y ahora me gano la vida con el error.

Mi clown tiene mucho de todos esos fracasos infantiles. De ese caldo de cultivo nació Merrindo, un payaso que creé en Italia, un ser que aburrido de tanto fracaso en su carrera artística decide crear su propio espectáculo, sin saber que la clave de su éxito radica en un nuevo fracaso. Ese soy yo: represento el error, la antítesis de un espectáculo.

Merrindo, el fracasado, me llevó al éxito. La primera vez que lo presenté, dos mil personas quedaron alucinadas con el espectáculo, que no es más que una sucesión de errores que van haciendo que el público normalice las frustraciones, que se dé cuenta que si uno la caga no pasa nada. Con esa idea en mi cabeza me presenté hace dos años en Madrid a un casting para el Cirque du Soleil. Llegamos 80 personas y a todos nos dieron dos minutos de tiempo para mostrar una rutina. Salí al escenario sin maquillaje, vestido con ropa normal y con una silla de playa en la mano. Me jugué la vida en 120 segundos con este personaje que es tan fracasado que ni siquiera puede hacer algo tan simple como sentarse. Nuevamente el error me llevó al triunfo y quedé seleccionado en una terna. Quedar seleccionado, sin embargo, no aseguraba nada. Los tres finalistas pasamos a integrar una larga lista de artistas que el Cirque maneja como staff. De allí van seleccionando dependiendo de las necesidades del espectáculo. Estuve un año en espera hasta que a mediados del año pasado me llamaron para hacer un personaje que estaba considerado dentro del espectáculo llamado Totem.

Cuando llegué a Canadá, un señor tenía un cartel con el logo del Cirque y mi nombre. Me llevaron a una enorme fábrica donde ensayaban los espectáculos y viví durante un par de meses en un hotel donde residen los artistas. Estar allí era alucinante, no sólo por el prestigio de esta industria del show, sino porque el nivel de producción era de otro mundo: compartí camarín con varios de los mejores gimnastas rusos, mi ropa fue diseñada por la vestuarista de las películas Matrix y Spiderman, y todos los días almorzaba con el coreógrafo de Madonna.

Estuve de gira como dos meses con el espectáculo por Santa Mónica, Hollywood y Portland. Luego volví a Chile y actualmente estoy en espera para participar en una próxima temporada. Como la búsqueda del clown es constante, no sé si lo que quiero hacer el resto de la vida sea estar en el Cirque du Soleil, pero sí tengo claro que quiero aprender de los maestros que allí hacen escuela, para yo también convertirme algún día en un maestro.

Aunque en mi oficio la madurez se alcanza luego de los cincuenta años, a mis 31 años he podido enseñar esta técnica a muchas personas. Por estos días estoy dando un taller para que más gente se encuentre con sus errores y logren sacar al clown que llevan dentro. Todos los adultos estamos llamados a jugar y a enseñarle a los niños que cagarla es parte de la vida, que no es necesario ser un ser perfecto lleno de herramientas tecnológicas. En vez de entender que los niños necesitan diferentes estímulos y métodos de aprendizaje, acá nos hemos esmerado en probar cuánto contenido han logrado memorizar en la escuela, y eso no sirve. Si los niños no juegan, el clown no sale, y el mundo está lleno de frustrados como para seguir sumando nuevos ejemplares.

El clown está llamado, entonces, a liberar a la sociedad, a luchar para que seamos nosotros mismos y no lo que la sociedad nos impone ser. Por eso hay que reírse del fracaso y estimular la creación de los más pequeños, regalarles más cajas de cartón para que jueguen, en vez de consolas que los aíslan del resto. El mundo, quizás, debería estar más lleno de clown: a mí me pagan por fracasar y hacerlo mal, mira qué lindo es que te pase eso”.